INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día
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Capítulo 16: Cimientos Nuevos y Promesas bajo el Sol
La noche del martes transcurrió entre risas infantiles y el aroma a pegamento escolar. Sentados en la alfombra de la sala de Juliana, con la pequeña Athenea y el pequeño Andreis Julián comandando la operación, lograron unir cada pedazo rasgado del dibujo hasta devolverle la vida al arcoíris sobre una cartulina nueva. Andrés observaba a Juliana de reojo mientras ella acomodaba con paciencia las esquinas rotas; verla reír en la intimidad de su hogar, sin la rigidez de los días anteriores, le devolvía la certeza de que cada paso al frente valía la pena.
Cuando los niños finalmente se quedaron dormidos, Andrés ayudó a Juliana a recoger los restos de papel de la mesa. El ambiente en la casa era de una calma profunda, pero Juli sentía que había una conversación pendiente que no podía postergar más. La transparencia que él había mostrado al despedir a Viviana merecía una respuesta de igual magnitud por su parte.
—Andrés, esperá un momento antes de irte —dijo Juliana con voz suave, apoyándose en el marco de la puerta de la cocina—. He estado pensando mucho en lo que hablamos el domingo sobre ir despacio... y en lo que pasó hoy con el dibujo.
Andrés se giró, guardando las manos en los bolsillos de su pantalón, mirándola con atención absoluta y respetuosa.
—Decime, Juli. Te escucho.
Juliana entrelazó sus dedos, buscando las palabras exactas, dejando que la madurez de sus treinta años guiara su voz.
—Sé que tu intención es que en algún momento volvamos a vivir bajo el mismo techo como una familia de verdad. Y quiero que sepas que ya no me niego rotundamente a esa idea... pero bajo una condición innegociable —Juliana lo miró fijamente a los ojos, con una seguridad que no dejaba espacio a las dudas—. Si nosotros llegamos a vivir juntos en el futuro, no va a ser en la casa donde viviste con Juliette. No quiero fantasmas del pasado, Andrés. No quiero entrar a un lugar que ya tiene la huella de otra historia, una historia que además me causó tanto dolor. Si vamos a dar ese paso, quiero que compremos o construyamos un lugar desde cero. Quiero que construyamos nuestros propios cimientos, algo que sea puramente nuestro.
Andrés contuvo el aliento por un segundo. La petición de Juliana no le pareció un capricho; al contrario, sintió un profundo respeto por su postura. Entendió que para sanar por completo, debían dejar atrás las estructuras del pasado, literalmente.
—Tenés toda la razón, Juli —respondió Andrés, acercándose un paso y mirándola con una ternura infinita—. Ese lugar está lleno de recuerdos de una etapa que ya se cerró. Vos te merecés un inicio limpio, y nuestros hijos también. Te prometo que, cuando llegue el momento y vos te sintás lista, vamos a diseñar y levantar una casa nueva. Nuestros propios cimientos, desde el primer ladrillo.
Juliana sonrió, sintiendo que un peso enorme se desprendía de sus hombros. Él la estaba entendiendo, la estaba cuidando.
Los días pasaron volando entre los ensayos de la academia y los toques finales para el gran evento. El sábado por la tarde, el salón principal de la academia de danza se transformó en un escenario de ensueño para celebrar los tres añitos de la hija de Emmeline. Globos en tonos rosa viejo y dorado decoraban las paredes, y una hermosa mesa de dulces diseñada por Juliana acaparaba las miradas.
La música infantil inundaba el lugar mientras los niños corrían de un lado a otro. El pequeño Máximo Alejandro, impecable con una camisa de cuello a sus cuatro años, corría detrás de su hermanita, tomándose muy en serio su papel de hermano mayor y vigilando que ningún invitado de la guardería tocara los juguetes de la cumpleañera. Por otro lado, la pequeña Athenea y Andreis Julián ayudaban a repartir los postres, comportándose como los primos mayores ejemplares.
Los adultos compartían en una esquina del salón. Entre las risas, se destacaba la figura de Lucía, a quien ya se le notaba la pancita de su embarazo doble, mientras Camilo no se apartaba de su lado, llevándole agua y asegurándose de que estuviera cómoda, provocando las bromas de Joaquín y Julia sobre la intensa etapa que les esperaba con los morochos. La energía del lugar era de pura felicidad; las tormentas de la semana anterior parecían haber quedado en el olvido, sepultadas por la alegría de la familia unida.
Andrés y Juliana compartieron miradas cómplices durante toda la fiesta. Él la ayudó a recoger las mesas, a cargar las cajas y a mantener el orden, siempre atento, siempre caballeroso, demostrando con hechos y no con contratos que su único norte era ella.
Tres días después de la fiesta, el martes por la noche, una brisa fresca recorría los jardines de la academia. Las clases habían terminado y el personal ya se había retirado. Juliana se encontraba en la recepción terminando de cerrar el sistema cuando vio a Andrés entrar por la puerta. No llevaba su traje de la constructora; vestía unos jeans y una chaqueta de cuero que lo hacía lucir imponente pero accesible. En su mano izquierda sostenía un pequeño ramo de gardenias, las flores favoritas de Juli.
—Buenas noches, directora —dijo Andrés con una sonrisa ligera, su voz grave resonando en el espacio vacío.
—Buenas noches, arquitecto —respondió Juli de lado, sintiendo que el corazón le daba un vuelco familiar—. ¿Qué hacés acá a esta hora? Los niños ya están con mis padres.
Andrés caminó hacia ella con paso firme, deteniéndose justo frente al escritorio. Dejó las flores sobre la madera y la miró con una fijeza tan madura y decidida que a Juliana se le cortó la respiración.
—Vine por vos, Juli —confesó, y su tono bajó a un registro más íntimo—. Hemos ido despacio, tal como lo acordamos. Hemos limpiado los malentendidos, despedí a Viviana, acepté tus condiciones sobre la casa y, sobre todo, he intentado demostrarte cada día que mi único deseo es hacerte feliz y cuidar lo que tenemos.
Juliana rodeó el escritorio, quedando a pocos centímetros de él. Sus ojos se cristalizaron sutilmente, no de tristeza, sino de la emoción de ver al fin al hombre que siempre había esperado.
Andrés tomó sus manos, encontrándolas cálidas esta vez. Las llevó hacia su pecho, permitiendo que ella sintiera los latidos acelerados de su corazón.
—Ya no quiero contratos legales, Juli. No quiero imponer casas compartidas ni presionar tus tiempos. Pero quiero hacer las cosas bien, como debí haberlas hecho hace cinco años —Andrés se aclaró la garganta, con una vulnerabilidad que lo hacía ver más guapo que nunca—. Juliana, frente a la historia que dejamos rota y frente al futuro que estamos construyendo... ¿querés ser mi novia formalmente? Empezar desde el principio, salir, cortejarte y ser compañeros de verdad.
Juliana miró sus manos unidas y luego el rostro del hombre que, a pesar de los errores del pasado, se había ganado a pulso el derecho de estar ahí. El miedo al sufrimiento se había evaporado por completo, reemplazado por una certeza limpia.
—Sí, Andrés —susurró Juli con una sonrisa radiante, dejando que las primeras lágrimas de felicidad rodaran por sus mejillas—. Sí quiero ser tu novia.
Andrés soltó un suspiro de alivio que pareció romper años de tensión. Acortó la distancia final, rodeó su cintura con sus brazos fuertes y la levantó sutilmente del suelo, uniendo sus labios en un beso profundo, lento y cargado de una promesa de eternidad. Los cimientos viejos se habían derrumbado, pero sobre la tierra limpia, su verdadera historia de amor por fin comenzaba a florecer.