Aún siento el frío del metal desgarrando mi piel y el dolor punzante en mi corazón; un dolor que no era por el acero, sino por algo más que aún no logro descifrar. En este limbo, donde no sé si estoy viva o muerta, mi único objetivo es salvar a mi hija y lograr que llegue a este mundo. Soy Amanda Leal, y esta es mi historia... una que apenas comienza con mi final.
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Capítulo XIX: Víbora al acecho
Punto de vista de Elisa
El sol de la mañana apenas empezaba a calentar la ciudad, pero dentro de la biblioteca de la hacienda Maldonado el ambiente era tan gélido como una cripta. Don Francisco permanecía sentado en su imponente sillón de cuero, con las manos apoyadas en el pomo de plata de su bastón y la mirada fija en el gran ventanal. El viejo lobo de los negocios no había pronunciado una sola palabra desde que llegué, pero la rigidez de su espalda delataba que la noticia de la gala ya había llegado a sus oídos.
—Te advertí que la querías fuera de la vida de mi hijo, Elisa, no que armaras un espectáculo público —soltó finalmente, con esa voz ronca y pausada que infundía terror en cualquiera.
—¡Yo no armé nada, Don Francisco! —exclamé, dando un paso al frente y olvidando por un segundo el protocolo—. Ella regresó. Esa maldita muerta de hambre está aquí, se hace llamar Victoria Arismendi y tiene a Andrés Ferrer cubriéndole las espaldas. Anoche humilló a Miguel frente a toda la Cámara de Comercio. Lo dejó como un loco.
Don Francisco entornó los ojos, y una chispa de pura malicia brilló en sus pupilas.
—Amanda Leal… —pronunció el nombre con desprecio, saboreando la ironía—. Así que la rata encontró un buen escondite en estos cinco años. Debí imaginar que el muchacho Ferrer guardaría el secreto. Pero dime, Elisa, ¿por qué estás tan alterada? Miguel la cree una aparecida, una usurparadora. ¿Qué es lo que te quita el sueño?
Tragué saliva, sintiendo que la garganta se me cerraba. Sabía que jugar con el viejo Francisco era peligroso, pero él era el único que compartía el peso de la verdad conmigo. El único que me ayudaría a enterrarla para siempre.
—Si ella decide hablar, Miguel sabrá lo que pasó la noche en que "desapareció" —dije en un susurro, asegurándome de que las puertas estuvieran bien cerradas—. Sabrá que nosotros planeamos todo. Sabrá que manipulamos los informes, sabrá que las fotos eran falsas y que fuimos nosotros los que montamos la trampa. Si Miguel descubre que su padre y su esposa planearon la muerte de su hija y el destierro de Amanda, nos va a destruir a ambos.
Don Francisco golpeó el suelo con su bastón, haciéndome dar un respingo. Se puso de pie lentamente, derrochando una autoridad implacable a pesar de sus años.
—A mí nadie me destruye, y mucho menos en mi propio territorio —sentenció el viejo, acercándose a mí con paso firme—. Los Maldonado no caen por los caprichos de una mujer resentida. Si esa infeliz cree que un apellido extranjero y una bata de médico la van a proteger, está muy equivocada.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunté, sintiendo cómo una chispa de esperanza y crueldad volvía a encenderse en mi pecho.
—Miguel está cegado por el orgullo, buscando actas y registros legales en Nueva York. Dejemos que pierda el tiempo en el tablero de las leyes —Don Francisco sonrió de medio lado, una mueca que me heló la sangre—. Nosotros jugaremos bajo nuestras propias reglas, las mismas que usamos hace cinco años. Voy a mover mis contactos en el bajo mundo. Necesitamos encontrar una debilidad, algo que Andrés Ferrer no pueda proteger con sus millones.
—Su debilidad es la niña, esa que hacen pasar por hija de ambos —añadí de inmediato, con una sonrisa maliciosa—. Andrés la tiene consentida en la mansión. Si le quitamos lo que más ama, Amanda se doblegará sola.
—Perfecto —concluyó el viejo, clavando sus ojos de águila en mí—. Prepárate, Elisa. Esta vez no habrá errores. Si Amanda Leal no quiso quedarse en la clandestinidad donde la pusimos, nos encargaremos de desaparecerla ahora mismo para siempre.
Sabía que el padre de Miguel no era un blandengue como su hijo; ese hombre odiaba a Amanda tanto como yo y, con su ayuda, esa mujer desaparecería de una vez por todas.
Luego de dejar la casa del viejo, fui a buscar a Andrés Ferrer. Él debía saber con qué clase de mujerzuela se había casado.
Al llegar a la empresa Ferrer me presenté en la recepción. El apellido de mi familia era reconocido y estaba segura de que Ferrer no se negaría a verme.
—Lo siento, señora, pero el señor Ferrer no la podrá atender —comunicó la recepcionista después de hacer una breve llamada interna.
—Eso es imposible. ¿Sabe quién soy yo? ¿Acaso el señor Ferrer no reconoció el apellido de mi familia? —pregunté, profundamente ofendida por el desplante.
—No lo sé, señora. Yo solo le comunico lo que el señor Ferrer ordenó.
Estaba furiosa; esto no se iba a quedar así. Mientras pensaba en la manera de llegar hasta Andrés, consideré que lo mejor por ahora era irme a mi casa y atender a mi hijo, calmando la rabia que me carcomía.
Sin embargo, justo al salir de la empresa, vi a la estúpida de Victoria Arismendi saliendo del brazo de Andrés. Se veían como la pareja perfecta, pero yo sabía que nada en este mundo era tan impecable. Esos dos debían estar ocultando algo muy grande, y yo me encargaría de descubrirlo.
Andrés debes hablarle más directo
te quiero te amo seamos una familia y un matrimonio real, necesita palabras más directas porque ella solo ve tu venganza y ella siendo una pieza 🤦🤦
ya va siendo hora 🫣🫣🫣
dos meses
que perro traidor 😡😡😡
espero que cuando te quites la venda de los ojos solo sea para ver la felicidad de Amanda