—¡Esto no es un cliché de reencarnación!
exclamó la protagonista reencarnada con todo los elementos que le hace un cliché.
Sin embargo, todo cambia cuando lo conoce a él. Su misterioso y falso “esposo"
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Capítulo 12: Las sospechas de la Princesa.
La mañana posterior a la tensa reunión del consejo imperial amaneció con un cielo despejado. En sus aposentos privados, Leonardo, el Emperador y Mago Supremo, buscaba un momento de tranquilidad. Vestido de forma informal, hojearía informes militares sin verdadero interés mientras disfrutaba de un té con galletas de mantequilla, intentando descansar tras la dura jornada de la noche anterior con los ministros y eruditos antes de las audiencias del mediodía.
Sin embargo, la paz duró poco. Las pesadas puertas dobles del despacho se abrieron de par en par con un estruendo dramático.
—¡Inaceptable! ¡Absolutamente inaceptable y escandaloso! —resonó una voz femenina.
Sin que los guardias pudieran detenerla, la Princesa Lilian, hermana menor de Leonardo, irrumpió en la habitación luciente un vestido color lavanda y dando zancadas decididas. Tras ella caminaba apresurado Cedric, el comandante de la guardia, con cara de resignación.
—Su Majestad... intenté informarle a la Princesa que usted requería un descanso —se disculpó Cedric—. Sin embargo, se negó a esperar.
—No te preocupes, Cedric —suspiró Leonardo cansado—. Ningún ejército ni hechizo de barrera en este continente puede detener a Lilian cuando decide ser insoportable.
—¡Oye! ¡Escuché eso! —protestó la joven, cruzándose de brazos—. No soy insoportable, soy una hermana preocupada. Aunque, considerando cómo te has comportado esta última semana, creo que la palabra adecuada es "indignada".
Lilian era la única persona en todo el Palacio Imperial que no temía al Mago Supremo. Sin esperar invitación, se dejó caer en el sillón frente a él, tomó una galleta del plato y le dio un mordisco antes de encararlo con sospecha.
—Así que... El gran Emperador Leonardo, que nunca abandona el palacio a menos que sea para una guerra, desaparece misteriosamente durante días, sin rastros ni escolta, y regresa en medio de la noche con una sonrisa boba en la cara.
—No tenía una sonrisa boba —corrigió él con voz serena—. Simplemente estaba descansando.
—¡Claro que sí la tenías! Cedric, no me dejes mentir —exclamó Lilian girándose hacia el comandante—. Tenía esa mirada que solo ponen los hombres cuando han visto algo extremadamente interesante. ¿No es verdad?
—La postura del comandante es mantenerse neutral en las apreciaciones de la familia real, Su Alteza —respondió Cedric con monotonía, mirando al techo para evitar el fuego cruzado.
—Cobarde —murmuró Lilian antes de volver a su hermano.
—Lilian —intervino Leonardo, tomando un sorbo de té—. ¿No tienes clases de etiqueta o de arpa?
La princesa fingió indignación, acusándolo de atacar sus talentos para desviar el tema.
—No me vas a engañar, hermanito. Sé bien lo que pasó anoche en el Gran Salón del Consejo. Dicen que anunciaste a los eruditos que encontraste a la mujer de la profecía, la chica que puede soportar tu sobrecarga de mana. Toda la corte está vuelta loca intentando adivinar de qué gran ducado proviene.
—No es una duquesa, ni pertenece a ninguna gran familia —admitió Leonardo para calmar su curiosidad—. Y no voy a darte más detalles.
—¡Lo sabía! ¡Existe! —Lilian dio un brinco de entusiasmo—. ¡Dime quién es! ¿Es hermosa? ¿Es una maga poderosa? ¡Soy tu hermana favorita!
—Eres mi única hermana —sentenció él.
—¡Razón de más para contarme todo! Si no me lo dices, voy a esparcir el rumor de que te vas a casar con una criatura mística del bosque.
Cedric disfrazó una risita con una tos al fondo de la estancia.
—Lilian, cálmate —ordenó el Emperador firmemente—. Ella no sabe quién soy. Ni siquiera sabe que soy un noble de la capital, y mucho menos el Emperador.
La princesa se congeló tres segundos antes de estallar en una carcajada que resonó por el corredor.
—¿El todopoderoso Mago Supremo está ocultando su identidad porque tiene miedo de asustar a una chica? ¡Esto es lo mejor del año!
—No es miedo, es prudencia —se defendió Leonardo frunciendo el ceño—. Ha pasado por situaciones difíciles en su país, donde los hombres de poder la trataban como un trofeo. Si llego presumiendo mi corona, se alejará. Quiero que me conozca como una persona normal.
Lilian dejó de reír y lo observó con asombro y ternura. Conocía la soledad y la gran carga que su hermano llevaba debido a su descomunal poder.
—De verdad te importa mucho esa chica, ¿verdad? —murmuró con suavidad.
Leonardo no respondió con palabras, pero el brillo suave en sus ojos ámbar fue respuesta suficiente.
—Bien —dijo Lilian, poniéndose de pie con elegancia—. Por esta vez seré una buena hermana y guardar el secreto. Pero en cuanto la traigas al palacio, seré la primera en conocerla. Y si me cae bien, le enseñaré cómo ponerte en tu lugar cuando te pones terco.
—Ella no necesita clases para eso, créeme —murmuró Leonardo, recordando la soltura de Claudia.
—¡Eso me gusta aún más! —exclamó la princesa con una sonrisa radiante. Antes de salir, añadió—: Por cierto, te robé la última galleta. Nos vemos en el almuerzo, "Señor Noble Normal".
Cuando las puertas se cerraron, el silencio regresó. Leonardo se recostó contra el respaldo dejando escapar una risa resignada.
—Es un terremoto —comentó.
—La Princesa Lilian solo desea su felicidad, Su Majestad —respondió Cedric acercándose—. Aunque la corte estará sumamente inquieta las próximas semanas.
—Que se inquieten todo lo que quieran —dijo Leonardo, tomando de nuevo sus papeles—. Cedric, prepara todo para mañana por la tarde. Usaremos el pasadizo discreto hacia el distrito comercial. Le prometí a Claudia un recorrido por la ciudad... Y un Emperador nunca rompe sus promesas.