"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".
Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.
Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.
Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.
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Capítulo 3
El impacto contra el suelo del patio exterior le sacó todo el aire de los pulmones, pero la adrenalina era lo único que mantenía sus piernas en movimiento. Pedazos de vidrio roto se habían clavado en sus brazos y en el uniforme de sirvienta, mezclándose con la sangre tibia de Gavin que ya empezaba a secarse e impregnarse en su piel.
Detrás de ella, los aullidos de los lobos de la guardia Ivanov rompieron el aire. Eran los ladridos de una cacería real: su propio padre había dado la orden de matarla.
Sofía corrió. Corrió como jamás lo había hecho en su vida, cruzando los límites texturizados de los jardines de la mansión y adentrándose en la espesura del bosque que rodeaba la manada. Casi al mismo tiempo, el cielo pareció escuchar su desgracia y se rompió por completo. Una lluvia torrencial, helada y violenta, cayó sobre los árboles, borrando los caminos y convirtiendo el suelo en un lodazal traicionero.
La tormenta era una espada de doble filo. Por un lado, el agua lavaba parte de la sangre en su ropa y diluía su rastro de olor, desorientando temporalmente a los rastreadores; por el otro, el frío extremo calaba hasta sus huesos y la falta de visión la hacía tropezar constantemente con las raíces expuestas.
—¡Busquen por el flanco este! ¡No dejen que cruce el río! —resonó la voz de un guardia a lo lejos, demasiado cerca para su propio bien.
Con el pecho ardiendo y las fuerzas disipándose, Sofía siguió avanzando a ciegas. Su loba interior, herida por el rechazo de Gavin y aterrorizada por el peligro, se encogía en un rincón de su mente, temblando, dejándola completamente desamparada en su cuerpo humano. El lazo roto con su mate era un agujero negro que le succionaba la energía con cada latido.
Cruzó el río con el agua helada hasta las rodillas, tiritando de forma violenta. Las fuerzas la abandonaron justo cuando sus pies resbalaron en una pendiente cubierta de musgo. Sofía cayó rodando por la colina, golpeándose contra las ramas bajas hasta quedar tendida boca arriba sobre la tierra húmeda.
El dolor era insoportable. Tenía la vista nublada por las lágrimas y el agua de la lluvia, el cuerpo cubierto de heridas y el corazón destrozado. Ya no escuchaba los ladridos, pero sabía que la muerte la encontraría si se quedaba allí. Intentó levantarse, apoyando las manos en el fango, pero sus brazos cedieron. La oscuridad comenzó a cerrarse alrededor de sus ojos, un cansancio absoluto y pesado que la arrastró hacia la inconsciencia mientras el sonido de la tormenta se desvanecía.
El olor a humedad y tierra mojada desapareció, siendo reemplazado por una fragancia cálida a lavanda, leña quemada y un toque dulce de manzanilla.
Sofía abrió los ojos de golpe, desorientada. Lo primero que vio fue un techo de vigas de madera oscura y alta, iluminado por el parpadeo suave de una chimenea cercana. No estaba en el suelo del bosque. Estaba acostada en una cama blanda, arropada con sábanas limpias de lino áspero pero reconfortante.
Soltó un gemido de dolor al intentar sentarse. Su cuerpo estaba vendado limpiamente y la ropa ensangrentada de la boda había sido reemplazada por una camisola de algodón sencilla y holgada.
—No te muevas tan rápido, niña. Tu cuerpo apenas está reteniendo el calor —dijo una voz madura, firme pero cargada de una extraña amabilidad.
Sofía giró la cabeza con miedo. Sentada en una silla de madera junto a la cama, una mujer de cabello canoso recogido en un rodete y manos curtidas por el trabajo la miraba con atención. Su mirada transmitía una sabiduría antigua y una calma que Sofía no había sentido en años.
—¿Dónde... dónde estoy? —consiguió articular Sofía, con la garganta seca—. ¿Quién es usted?
—Me llamo Greta —respondió la mujer, levantándose para acercarle un cuenco de sopa humeante que desprendía un aroma delicioso—. Y estás en el único lugar donde tus perseguidores jamás se atreverían a entrar a buscarte... si es que valoran sus vidas. Estás en el ala de servicio del palacio real. El territorio del Rey Lycan.
Sofía se tensó por completo, intentando retroceder en la cama hasta que su espalda chocó contra la cabecera. El pánico amenazó con asfixiarla de nuevo. ¿El Rey Lycan? Todo el mundo conocía las leyendas sobre César Dróvnikov; el monarca implacable, el alfa supremo que no conocía la piedad y que ejecutaba a los intrusos sin pestañear.
—¿Él... él sabe que estoy aquí? —preguntó Sofía, con la voz temblorosa, mirando hacia la pesada puerta de madera de la habitación.
Greta soltó un suspiro bajo y negó con la cabeza, manteniendo la voz en un susurro confidencial.
—No. Y por el bien de ambas, reza para que se mantenga así por un buen tiempo. Te encontré en el límite del bosque mientras recogía algunas hierbas medicinales antes de que la tormenta se pusiera peor. Estabas medio muerta, cubierta de sangre y con el aroma del rechazo de un mate pegado a la piel. No pude dejarte allí para que te devoraran las alimañas o tus propios demonios.
La anciana dejó el cuenco sobre la mesa de noche y miró fijamente a Sofía, evaluando el miedo en sus ojos.
—Sé que huyes de algo terrible, niña. La sangre en tu ropa no era tuya. Pero aquí no te haré preguntas. El palacio es enorme y el Rey César rara vez se digna a mirar a los ojos a quienes limpian sus pasillos o cocinan su comida. Si no tienes a dónde ir, puedes quedarte aquí. Te haré pasar por una huérfana de las Tierras Bajas que busca trabajo. Te daré un uniforme nuevo, te enseñaré las labores y te esconderás a plena vista de todos trabajando para el palacio. Pero debes prometerme una cosa.
Sofía tragó saliva, aferrándose a la manta.
—¿Qué cosa?
—Mantén la cabeza baja, no hables con los guardias y, sobre todo... jamás te cruces en el camino del Rey Lycan. César Dróvnikov tiene un olfato que puede oler el miedo a kilómetros y odia los secretos. Si te descubre, ni yo podré salvarte de su juicio. ¿Entendido?
Sofía asintió lentamente, sintiendo el peso de su nueva realidad. Había dejado de ser la paria de los Ivanov para convertirse en una fugitiva escondida en la guarida del lobo más peligroso del continente.