En su primera vida, ella muere de una enfermedad. Pero renace en un mundo nuevo, con posibilidades mágicas de cambiar su destino.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Primer Pueblo 2
La plaza del pequeño pueblo se transformó en una enfermería improvisada.
Los caballeros colocaron mesas y bancos.
Las doncellas que habían acompañado la caravana comenzaron a hervir agua y a preparar paños limpios.
Los habitantes esperaban pacientemente su turno.
Lila sonreía mientras atendía a una anciana.
—Déjeme ver esa mano.
La mujer obedeció.
Lila aplicó una pequeña cantidad de ungüento antes de dejar que un suave resplandor blanco envolviera la articulación inflamada.
—Mueva los dedos despacito.
La anciana obedeció.
Sus ojos comenzaron a abrirse con sorpresa.
—Ya... ya no duele.
Lila sonrió.
—Procure no cargar demasiado peso durante unos días.
La mujer tomó ambas manos de la joven.
—Muchas gracias... duquesa.
Lila parpadeó.
—¿Duquesa?
La anciana sonrió con picardía.
—Todos vimos cómo el duque la mira. Además llevan ropa combinada.
Lila no pudo evitar reír.
—Me temo que eso fue idea de la condesa Dempster.
La anciana guiñó un ojo.
—Claro... Si usted lo dice.
Antes de que pudiera seguir explicando, la mujer ya se alejaba comentando con otras vecinas.
—¡La duquesa hasta tiene sentido del humor!
Lila soltó un pequeño suspiro divertido.
[La condesa Dempster tenía razón...]
[Los chismes viajan muy rápido.]
Mientras tanto, varios niños observaban desde lejos.
Ninguno se atrevía a acercarse.
Lila los descubrió enseguida.
Sonrió y sacó unos pequeños caramelos de miel de uno de los bolsillos interiores de su túnica.
—¿Quién quiere ayudarme?
Los cuatro pequeños se miraron entre ellos.
Finalmente el más bajito dio un paso.
—¿Nosotros?
—Claro.
Necesito asistentes muy importantes.
Los niños corrieron inmediatamente hacia ella.
Lila les entregó una pequeña cesta.
—Cuando termine de atender a cada paciente, ustedes repartirán estos caramelos. Es un trabajo muy serio.
Los cuatro asintieron con enorme solemnidad.
Como si acabaran de recibir una misión de la mayor importancia.
Poco después una niña tiró suavemente de la manga de Lila.
—Señorita...
Ella se agachó hasta quedar a su altura.
—¿Sí?
La pequeña la observó con enorme admiración.
—¿Usted es un hada?
Lila sonrió.
—No. Solo soy una maga.
La niña negó rápidamente.
—No. Usted es el hada de los ojos violetas.
Los otros niños escucharon aquello.
Y enseguida comenzaron a repetirlo.
—¡Sí!
—¡El hada de los ojos violetas!
—¡Ella cura a todos!
Lila sintió que las mejillas se le calentaban un poco.
—No soy un hada.
Pero los niños ya no la escuchaban.
Desde ese momento comenzaron a correr por todo el pueblo anunciando la llegada del "hada de los ojos violetas".
Los adultos no tardaron en adoptar también aquel apodo con una sonrisa.
Liam observaba toda la escena desde unos metros más atrás.
No pudo evitar negar lentamente con la cabeza.
[Ella realmente...]
[Se gana el cariño de las personas demasiado rápido.]
Mientras Lila seguía atendiendo pacientes, Liam decidió recorrer el pueblo acompañado únicamente por el mayordomo y dos caballeros.
Se detenía frente a cada casa.
Preguntaba.
Escuchaba.
Tomaba notas.
Hasta que una conversación llamó especialmente su atención.
Un anciano de barba blanca lo observó con evidente desconfianza.
—¿De verdad quiere saber qué ocurrió?
Liam asintió.
—Para eso vine.
El hombre soltó una amarga risa.
—Entonces empiece preguntando dónde terminaron los carros con trigo que usted enviaba todos los inviernos.
Liam frunció el ceño.
—Llegaban hasta aquí.
El anciano negó lentamente.
—No. Hace años que dejaron de llegar.
El duque permaneció inmóvil.
—Eso es imposible.
—Ojalá lo fuera.
Otra mujer se acercó.
—También desaparecieron las herramientas para reparar el puente.
—Y las medicinas.
Añadió un hombre más joven.
—Nos dijeron que el ducado ya no podía seguir ayudándonos.
Liam sintió un nudo en el estómago.
—¿Quién les dijo eso?
Los habitantes intercambiaron miradas.
Finalmente una mujer respondió.
—El administrador regional.
—Siempre venía acompañado de soldados. Explicaba que usted había reducido los recursos. Que debía priorizar otras zonas.
Liam volvió lentamente la cabeza hacia el mayordomo.
El anciano tenía el rostro completamente pálido.
—Mi señor... Yo mismo preparé cada envío. Cada documento llevaba su sello.
Liam comprendió la verdad casi al instante.
Los recursos sí habían salido de la mansión.
Pero nunca habían llegado a su destino.
Alguien los estaba desviando.
Alguien que utilizaba su enfermedad y su ausencia para enriquecerse.
Apretó con tanta fuerza el bastón que los nudillos se volvieron blancos.
—¿Quién es el administrador de esta región?
El mayordomo respondió con voz grave.
—Lord Edwin Harrow.
Fue nombrado hace seis años, cuando su enfermedad empeoró y usted comenzó a delegar más responsabilidades.
Liam recordó vagamente aquel nombre.
Un noble menor.
Siempre correcto.
Siempre eficiente en los informes.
Informes...
De pronto comprendió algo.
Todos los documentos que llegaban a su escritorio hablaban de excelentes cosechas.
Puentes reparados.
Escuelas funcionando.
Pueblos prósperos.
Todo era mentira.
Había firmado aquellos informes confiando en personas que habían traicionado no solo su confianza...
Sino también a su pueblo.
Respiró profundamente.
Por primera vez en mucho tiempo, el dolor de sus músculos quedó completamente eclipsado por otra sensación.
Una profunda indignación.
Levantó la vista hacia la plaza.
Lila seguía atendiendo pacientes.
Reía con los niños que insistían en llamarla "el hada de los ojos violetas", mientras varias ancianas continuaban susurrando entre ellas que aquella muchacha, sin duda, terminaría convirtiéndose en la duquesa de Lovelace.
Liam observó aquella escena unos segundos.
Y comprendió algo importante.
Si no hubiera aceptado salir de la mansión...
Jamás habría descubierto la verdad.
Aquella lista que al principio le pareció una pérdida de tiempo acababa de revelar el primer gran problema oculto dentro de su propio ducado.
Y esta vez...
No pensaba quedarse sentado mientras otros decidían el destino de su gente.