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El Heredero Del Alfa

El Heredero Del Alfa

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Hombre lobo / Salvar al hijo enfermo
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Violeta. E

En la noche de su compromiso, Aeryn descubre la peor de las traiciones: su prometido y su propia hermana esperan un hijo juntos. Destrozada por el dolor, huye de la corte hacia los jardines olvidados del palacio, donde se entrega a una noche de pasión prohibida con un imponente Alfa desconocido para calmar su tormento. Al amanecer, abrumada por la realidad, recoge sus pocas pertenencias y escapa sin dejar rastro, ignorando por completo que el misterioso hombre al que abandonó en la penumbra es el temido y supremo Emperador Lycan

NovelToon tiene autorización de Violeta. E para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 3

El amanecer en los jardines olvidados del palacio ducal no trajo paz.

Trajo la fría, cruda y asfixiante realidad.

Los primeros rayos del sol se filtraron a través de los cristales rotos del invernadero, disipando la niebla nocturna y desnudando el caos que había quedado atrás.

Aeryn abrió los ojos con lentitud.

El peso de un brazo inmenso, firme y cálido sobre su cintura la mantuvo anclada al altar de mármol.

Giró la cabeza unos centímetros, con el corazón latiendo a un ritmo errático que nada tenía que ver con el romanticismo, sino con el pánico puro.

A escasos centímetros de ella, el Alfa dormía.

Su rostro, ahora completamente visible bajo la luz del alba, era de una belleza severa, aristocrática y devastadora. La mandíbula marcada que había adivinado en la penumbra lucía una sombra de barba de pocos días; las pestañas oscuras descansaban sobre una piel pálida, salpicada por un par de cicatrices finas cerca de la sien que hablaban de batallas reales, no de simulacros de la corte.

Su aroma ya no era una tormenta descontrolada.

Era un murmullo sutil de menta helada y ceniza volcánica que seguía envolviendo el cuerpo de Aeryn como una manta invisible.

Un aroma que exigía reverencia.

Un aroma que delataba un linaje tan absurdamente alto que hacía que el ducado de los Ash pareciera una simple choza de campo.

Aeryn contuvo la respiración, sintiendo una gota de sudor frío recorrer su columna.

—¿Qué demonios hice?... —se preguntó en el más absoluto silencio, sus pensamientos formulándose con la fría lucidez de una estratega que acaba de cometer el peor error de su vida.

La adrenalina del dolor, la rabia por la traición de su hermana y el despecho que la habían empujado a los brazos de este desconocido se habían evaporado por completo, dejando espacio únicamente al instinto de supervivencia.

No sabía quién era él.

Pero sabía perfectamente lo que le ocurriría a una Beta de su posición si la guardia la encontraba en ese estado. Su familia la arrastraría de regreso para salvar las apariencias, la obligarían a perdonar a Lucian y usarían este desliz para arrebatarle cualquier derecho sobre su herencia, tachándola de desequilibrada.

Y eso, en el vocabulario de Aeryn, no era una opción.

Con una lentitud, comenzó a deslizarse fuera del agarre del Alfa.

Cada centímetro de movimiento requería una concentración absoluta. El hombre soltó un gruñido bajo entre sueños, su agarre tensándose por un segundo antes de relajarse de nuevo, buscando el calor que ella estaba retirando.

Aeryn contuvo el aliento, inmóvil, hasta que logró poner los pies descalzos sobre el suelo de piedra fría.

El dolor físico en su cuerpo la hizo tambalearse un instante.

Se mordió el labio inferior para no emitir ningún sonido.

Miró a su alrededor, localizando los restos de su ropa. El vestido de compromiso, una obra de arte de seda y encaje que había tomado meses confeccionar, estaba inservible. Las costuras del corpiño estaban deshechas y la falda lucía manchas de tierra y savia de los rosales silvestres.

Se vistió como pudo, acomodando las telas rasgadas para cubrirse lo suficiente.

Buscó sus zapatos por los rincones del invernadero, no lo encontró.

—Perfecto. Regresaré al palacio como una pordiosera. Qué gran final para mi compromiso.

No miró atrás.

Sabiendo que cada segundo contaba, Aeryn le dio la espalda al durmiente Alfa y abandonó el pabellón de cristal, moviéndose entre las sombras de los rosales como un fantasma plateado.

El regreso a sus aposentos privados fue una prueba de resistencia.

Evitó los senderos principales, utilizando los pasillos de servicio que conocía de memoria gracias a sus años gestionando el palacio. Los sirvientes apenas comenzaban a encender las cocinas y los pasillos principales aún olían al vino rancio y al perfume barato de los nobles que se habían retirado a dormir unas horas antes.

Nadie la vio.

Cuando cruzó el umbral de su recámara y trancó la pesada puerta de madera, el aire regresó a sus pulmones en un suspiro tembloroso.

No había tiempo para llorar.

No había tiempo para procesar el desamor.

Aeryn caminó directo hacia su tocador, ignorando el espejo que reflejaba su cabello enredado y sus labios sutilmente hinchados. Abrió el doble fondo de su joyero y extrajo las escrituras de la villa costera del sur, junto con una pequeña bolsa de monedas de oro de alta denominación que había estado ahorrando en secreto.

Era su boleto de salida.

—Mara —llamó en voz baja, dirigiéndose a la habitación contigua donde su dama de confianza descansaba.

La mujer Beta se levantó de inmediato, sus ojos abriéndose con sorpresa al ver el estado de su señora.

—¡Mi lady! ¿Qué ha pasado? Toda la noche la estuvimos buscando... El duque y su hermana...

—No nombres a esa gente, Mara —la cortó Aeryn, su voz adquiriendo ese tono de hierro que utilizaba cuando dictaba leyes en el consejo—. Prepara solo lo esencial. Un baúl pequeño. Ropa de viaje. Nada de joyas familiares ni vestidos de la corte. Nos vamos.

Mara parpadeó, procesando la orden con la velocidad de quien ha servido a una mente brillante durante años.

—¿A la capital?

—No. Al sur. Lo más lejos que la frontera nos permita.

—Pero la ceremonia de matrimonio... los invitados...

—La ceremonia se cancela porque el novio ya encontró una sustituta en mi propia cama —respondió Aeryn con una sonrisa gélida, mientras comenzaba a trenzar su cabello con manos firmes—. Deja que se queden con el ducado. Deja que se queden con las deudas que Lucian no sabe que existen. Yo me retiro de este juego político.

Mara no hizo más preguntas. Asintió con firmeza y comenzó a empacar con una eficiencia silenciosa.

Media hora después, cuando el sol terminaba de teñir el cielo de un naranja encendido, un carruaje modesto y sin insignias nobiliarias abandonaba las caballerizas traseras del palacio ducal.

Aeryn miró por la pequeña ventana de madera mientras el carruaje ganaba velocidad en el camino empedrado.

A lo lejos, las torres del palacio comenzaban a empequeñecerse.

Dejó caer la cortina de tela, hundiéndose en el asiento acolchado. El aroma a menta y tormenta seguía impregnado en su piel, un recordatorio constante de la locura que había cometido bajo la luz de la luna, pero se obligó a ignorarlo, concentrándose en el traqueteo de las ruedas.

—Si tengo suerte, nunca volveré a ver a ninguno de ellos —murmuró para sí misma, cerrando los ojos.

La realidad, por supuesto, tenía planes muy diferentes para la Consejera de Hierro.

Pero en ese momento, mientras el carruaje avanzaba hacia el anonimato del sur, Aeryn Ash solo pensaba en una cosa: las vacaciones que tanto se había merecido y el absoluto silencio que le esperaba al final del camino.

O al menos, eso era lo que ella creía antes de que su cuerpo comenzara a cambiar unas semanas después.

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