Solo había amado una vez en la vida, solo a ella, y después de mucho tiempo lo descubrí, verlos juntos causó en mi desesperación y debo ganar esta lucha.
Debo ganar su amor.
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Cap 22
—Suegra, doña Martha... ¿Era Mark?
—Sí, mi niña. Tu esposo es muy celoso; como no respondías, me llamó.
—Mi teléfono... lo dejé cargando. Ya mismo le llamo.
—Vamos, déjalo. Le dije que estabas aquí. Despégate de ese niño un rato; por eso está así, tan enamorado que no te pierde el rastro —dijo ella con una sonrisa cómplice.
—No diga eso, que me avergüenza —le pedí, sintiendo el calor en mis mejillas.
—¿Por qué te avergonzarías? ¿Porque hablamos de tu esposo? Oh, vamos... Tantos años de casados y te me sonrojas así. Pensaré que algo está pasando.
Lo que más me dejó fría no fue el comentario de mi suegra, sino el rostro escrutador de Gaby, que no nos quitaba los ojos de encima.
—¿Qué? —inquirí, tratando de disimular.
—Algo está pasando, lo sé. Tu suegra tiene razón —insistió Gaby.
—No digan esas cosas.
—No te preocupes, niña —intervino doña Martha con tranquilidad—. Cuando uno se mezcla con la élite, siempre pasan cosas. Por eso mi esposo y yo siempre hemos sido así: discretos.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Ignórame. Tu esposo está bien, está organizando las cosas de ese proyecto —dijo sacudiendo las manos en el aire.
—El proyecto es importante —defendí.
—Sí, niña, lo sé. Sé que es importante. A mi hijo jamás le ha importado la vida social, pero se le olvida a qué mundo pertenece.
—No comprendo —Gaby fue la que habló ahora, completamente intrigada.
—Que mi hijo olvida que él también pertenece a una familia prestigiosa. Solo que nosotros somos muy discretos, niña. Sigamos.
A veces no la entiendo; tengo ocho años en esta familia y jamás la había escuchado hablar de esta manera. ¿Élite? ¿Familia prestigiosa? Una profunda duda se sembró en mi mente mientras intentaba concentrarme de nuevo en los catálogos de decoración.
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—Espero que estés bien —el señor Santiago Martínez estaba frente a mí, con una postura imponente—. ¿Está tu familia segura?
Asentí con la mandíbula tensa.
—Mi hija me comentó lo que pasó con tu esposa y mi yerno...
—Ex —aclaró Susana desde un rincón de la sala.
—Eso, exyerno. Aunque no se han divorciado legalmente —el viejo miró a su hija—. ¿Miento?
—Padre, por favor. Estamos aquí para aclararle al señor Jaraba la situación. No des rodeos.
—Estás aquí porque mi hija se preocupó por tu familia. Tienes una bella esposa y unas hijas hermosas, Jaraba.
—Sea claro, señor Martínez.
—No me gusta dar rodeos, y seré claro como pides. Tus padres me pidieron ayuda, o más bien, me pidieron que pagara una deuda de contactos. Así que ya lo hice. Tu familia está protegida hasta que esto pase. También quiero que tengas claro que no me agrada lo que está sucediendo; ese muchacho ya hizo mucho daño y no se quedará quieto.
—Se refiere a Cristopher.
—Sí, me refiero a él. Susana, sal. Quédate, Samuel.
—Padre, tengo derecho a estar aquí —protestó ella.
—Prefiero que salgas, niña —ordenó el mayor.
Su hija se fue dando un portazo. Sabía que no se atrevería a regresar; en la puerta había dos hombres enormes custodiando el lugar. Santiago se reincorporó en su asiento.
—Seré claro. Nunca me gustó ese hombre, pero ese no es su problema; el problema es usted y su mujer. Susana los eligió para el proyecto.
—Sí, y lo hizo con la intención de que su yerno nos tuviera en la mira, dejando a mi familia en peligro —aclaré con ironía.
—No. Susana ha sido una chica muy fuerte. Después de la muerte de su madre ha sido solitaria, fuerte y terca. Cuando ella los eligió, fue porque su proyecto era el mejor. Si usted verifica la invitación, la hizo el Grupo Martínez; los Toledo no aparecen en ningún lugar.
—Eso vi —respondí. Tenía mucha ira contenida, solo quería irme a mi casa y ver a mis hijas.
—Mi hija los contactó porque le gustó la propuesta de usted y la de su esposa. Déjeme decirle que ella es muy talentosa. Pero ese no es el punto aquí. Cuando el padre de ese niño se enteró de que ustedes habían ganado la licitación, le mostró estas fotos a mi hija.
El viejo deslizó un sobre. Las fotos mostraban a Cristopher con Verónica, en una escena que parecía reciente. Recordé que ella había salido de viaje hacía un par de meses y Gaby había ido con ella, pero Verónica jamás habría hecho una cosa así.
—Esta no es mi esposa —declaré, aclarándome la garganta.
—Sí, sí es su esposa. Pero el hombre con el que está originalmente no es Cristopher, es mi hijo, Samuel —Mire al desgraciado de Samuel, quien permanecía de brazos cruzados.
—¿Se encontró con mi esposa a escondidas? ¿Y por eso me trató así en su oficina? —reclamé furioso.
—No discutiré mi encuentro profesional con la señora Verónica —respondió Samuel con frialdad.
—El hecho es que en esa foto ahora está Cristopher, ¿sabe por qué? Porque Toledo es un hombre tramposo —interrumpió el patriarca—. Quiero que se siente, mire estas otras fotos y me diga: ¿es usted?
El señor Martínez desplegó ante mí una cantidad de fotografías de Verónica conmigo, besándonos y tomados de la mano. Lo desconcertante era que las fotos parecían de hace muchos años.
—Es imposible. No somos mi esposa y yo en esa época.
—¿Por qué lo dice? ¿Por qué está seguro de que no son ustedes?
—Porque en ese tiempo mi esposa era novia de su exyerno. Alguien alteró esto y no me gusta. Si estas fotografías salen a los medios, van a afectar a Vero.
—Por eso está aquí. Quiero exponer su relación, demostrar públicamente que su esposa era novia de mi exyerno antes de estar contigo.
—No —me negué rotundamente.
—Entonces saldrán estas otras —Santiago sacó un último fajo de imágenes. Eran fotografías de Vero cuando era más joven, en ropa interior, abrazada por alguien. No éramos ni Cristopher ni yo; era otro de nuestros amigos de la juventud.
—¿Quién hizo esta porquería? ¡Por Dios! —exclamé, sintiendo que la sangre me hervía.
—Eso lo hizo el padre de Cristopher, el suegro de mi hija. Está dispuesto a publicar todo esto para dañar la imagen de su esposa.
—¿Qué tiene que ver mi esposa en todo esto?
—Este proyecto vale mucho dinero, y si su hijo queda fuera del Grupo Martínez, los Toledo lo pierden todo. Por eso han hecho esto: por dinero. Pretenden chantajearnos. La única forma de frenarlos es adelantarnos y exponer a Cristopher primero.
—Debo hablar con Verónica —dije, tratando de mantener la cordura—. Yo no puedo tomar una decisión que la involucre de esta manera.
—Entonces hágalo rápido, Jaraba. El tiempo corre.