Loretta, condesa Russell. Tiene otra oportunidad para arreglar su matrimonio y salvar a su hijo que lleva en su vientre
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5: El banquete de las víboras
Los siguientes días fueron extrañamente tranquilos.
Demasiado tranquilos.
Loretta sabía que la tranquilidad rara vez duraba en la mansión Russell.
Por eso aprovechó cada hora disponible.
El ala oeste de una propiedad secundaria perteneciente a la familia fue acondicionada exclusivamente para Elias Hartmann. Los trabajos comenzaron apenas se firmó el contrato; mesas nuevas, estanterías, instrumentos importados, recipientes de vidrio y una biblioteca especializada que costó una pequeña fortuna.
La mayoría de los administradores pensó que la Condesa había perdido el juicio.
Loretta escuchó los rumores.
Y siguió adelante.
Aquella mañana supervisaba personalmente la instalación de los últimos muebles cuando Elias entró en la sala.
El médico se detuvo en seco.
Durante varios segundos permaneció inmóvil.
Observando.
Procesando.
Intentando comprender.
—¿Todo esto... es para mí?
Loretta levantó la vista de unos documentos.
—Para tu trabajo.
—Esto es más grande que cualquier laboratorio que haya visto.
—Entonces aprovéchalo. Así investigaras con mayor rapidez.
Elias recorrió la estancia lentamente.
Parecía un hombre que había pasado años caminando por el desierto y acababa de encontrar agua.
—Lady Russell...
—¿Sí?
—¿Por qué está haciendo esto?
Loretta conocía la respuesta.
“Porque un día descubrirás la medicina que necesito. Porque no permitiré que mueras olvidado."
Pero ninguna de esas razones podía ser pronunciada.
—Porque creo en tu talento. Ya te lo dije.
El hombre bajó la mirada.
Claramente no estaba acostumbrado a escuchar algo así.
—No la decepcionaré.
—Espero que no.
—Trabajaré día y noche.
—También espero que duermas algunas horas.
Aquello provocó una pequeña sonrisa.
—Intentaré obedecer.
Mientras conversaban, una figura observaba desde la entrada.
Carter.
Había llegado unos minutos antes.
Y no intervino.
Simplemente permaneció allí.
Callado.
Escuchando.
Observando.
En circunstancias normales habría considerado absurdo gastar semejante cantidad de dinero en un investigador desconocido.
Sin embargo, algo dentro de él le decía que Loretta no estaba actuando impulsivamente.
Aquella seguridad resultaba difícil de explicar.
Porque él también conocía cosas que nadie más conocía.
Detalles.
Pequeñas intuiciones como según dice ella.
Aunque también reconocer a un hombre brillante cuando lo ve.
Y aquel médico tenía los ojos de alguien obsesionado con su trabajo.
No los de un estafador.
Elias terminó marchándose hacia una de las salas interiores.
Loretta revisó algunos documentos más antes de notar la presencia de Carter.
—Llevas un rato ahí.
—Sí.
—Eso es un poco inquietante.
—Me dijeron que estabas construyendo un palacio para un médico.
—Exagerados.
Carter recorrió la estancia con la mirada.
—No demasiado.
Ella sonrió.
—¿Vienes a detenerme?
—No.
—¿A cuestionarme?
—Tampoco.
—¿Entonces?
—Tenía curiosidad.
Loretta cerró una carpeta.
—¿Y quedaste satisfecho?
—Todavía no. Quiero ver sus resultados.
—Qué exigente.
Los labios de Carter se movieron apenas.
Una reacción mínima.
Pero ya era mucho más de lo que ella obtenía en su vida anterior.
—Hartmann parece honesto.
—Lo es. Confío en él.
Carter la observó durante unos segundos.
Otra vez.
Aquella certeza.
Aquella convicción.
Como si conociera resultados que todavía no existían.
Resultaba desconcertante.
Y fascinante.
—Espero que tengas razón.
—La tengo.
—Qué peligrosa es esa confianza.
—Todavía no has visto nada.
La respuesta salió tan natural que ambos terminaron sonriendo.
Después regresaron juntos a la mansión.
Tres días más tarde llegó una invitación que ninguno podía rechazar.
Un banquete real.
La capital celebraría una reunión de nobles aliados de la corona y la presencia de los Russell era obligatoria.
Cuando Loretta recibió la carta, recordó inmediatamente aquella noche.
En su vida anterior había sido humillada.
Ridiculizada.
Convertida en objeto de burlas.
Y ella les había dado motivos.
Era inmadura.
Arrogante.
Incapaz de responder.
Aquella vez sería diferente.
Muy diferente.
La capital estaba llena de carruajes cuando llegaron.
La mansión donde se celebraba el evento brillaba bajo cientos de lámparas.
Música.
Vino.
Nobles.
Sonrisas falsas.
Exactamente igual que en sus recuerdos.
Carter descendió primero del carruaje.
Después le ofreció la mano.
Loretta la aceptó.
Un gesto sencillo.
Pero suficiente para llamar la atención.
Varias personas lo notaron.
Porque los Russell eran conocidos por la distancia existente entre marido y mujer.
Y aquella pequeña cortesía no pasó desapercibida.
Dentro del salón principal las conversaciones fluían sin descanso.
Algunos nobles saludaron a Carter inmediatamente.
Otros dirigieron su atención hacia Loretta.
La mayoría con curiosidad.
Algunos con evidente desprecio.
Ella reconoció varios rostros.
Todos estaban exactamente donde recordaba.
Lord Edwin Lancaster.
Vizconde Hargreaves.
Lady Miriam Cole.
Personas que años después terminarían involucradas en escándalos cuidadosamente ocultos.
Secretos que todavía nadie conocía.
Secretos que ella sí.
La primera ofensiva llegó apenas veinte minutos después.
Lord Lancaster sonrió mientras sostenía una copa.
—Lady Russell, escuché que ahora administra parte del ducado.
Loretta sostuvo una sonrisa tranquila.
—Así es.
—Qué admirable.
Aquello sonó cualquier cosa menos admiración.
Alrededor comenzaron a reunirse varios espectadores.
Esperando.
Observando.
—Aunque me resulta curioso —continuó él—. Creí que las finanzas eran asuntos complejos.
—Lo son.
—Y usted es bastante joven e inexperta.
Algunas risas suaves aparecieron entre los presentes.
Carter sintió cómo su paciencia comenzaba a agotarse.
Conocía aquel tono.
Lo había escuchado demasiadas veces.
Estaban intentando humillarla.
Otra vez.
Su mandíbula se tensó.
Estaba a punto de intervenir.
Entonces sintió una presión ligera sobre su brazo.
Loretta.
Ella ni siquiera lo miró.
Solo sonrió.
Y Carter entendió el mensaje.
“Déjame hacerlo"
El Conde guardó silencio.
Lord Lancaster continuó.
—Por supuesto, quizá exagero. Tal vez los números sean más sencillos de lo que pensábamos.
Varias personas rieron.
Loretta tomó una copa de una bandeja cercana.
Bebió un pequeño sorbo.
Y después habló.
—Tiene razón.
El hombre parpadeó.
—¿Perdón?
—Los números son sencillos.
—Me alegra que estemos de acuerdo.
—Especialmente cuando se trata de calcular deudas de juego.
El silencio cayó sobre el grupo.
Instantáneamente.
La sonrisa de Lancaster desapareció.
Solo un poco.
Pero desapareció.
Loretta continuó hablando con calma.
—Aunque imagino que usted es un experto en ese tema.
El hombre palideció.
Muy discretamente.
Nadie entendió por qué.
Excepto él.
Porque efectivamente tenía enormes deudas ocultas.
—No entiendo a qué se refiere.
—Entonces olvídelo. Si no quiere que medio salón se entere que debe cien de oro. Eso sí es una fortuna mal gastada. Ups, lo dije sin discreción.
La sonrisa de Loretta permaneció intacta.
Alrededor comenzaron a intercambiar miradas.
La situación acababa de cambiar.
Y apenas era el comienzo.
Lady Miriam intentó intervenir.
—Qué respuesta tan interesante.
—Gracias.
—Aunque me preocupa que una mujer tan joven tenga demasiadas responsabilidades.
Loretta la observó.
Recordó perfectamente al amante secreto que aquella mujer escondía.
—A mí me preocupa más la honestidad en el matrimonio.
La noble se quedó inmóvil.
—¿Perdón?
—La fidelidad es muy importante. ¿No crees?
Miriam bajó la mirada hacia su copa.
Incómoda.
Muy incómoda.
Ahora sí comenzaron los murmullos.
Porque algo extraño estaba ocurriendo.
Loretta parecía conocer exactamente dónde golpear.
Sin levantar la voz.
Sin perder la compostura.
Sin cometer errores.
El Vizconde Hargreaves intentó unirse al ataque.
—Parece que la Condesa disfruta haciendo comentarios ambiguos.
—Solo respondo preguntas del mismo estilo.
Algunas personas soltaron risas.
Esta vez dirigidas hacia él.
La expresión del vizconde se endureció.
—Quizá la administración le resulte más sencilla que la diplomacia.
—Quizá.
Loretta inclinó ligeramente la cabeza.
—Aunque considerando ciertas inversiones fallidas en el puerto oriental, no estoy segura de que usted sea la persona adecuada para dar consejos financieros.
El hombre quedó blanco.
Completamente blanco.
Porque aquella inversión existía.
Y había sido un desastre.
Un desastre que todavía no se había hecho público.
Los murmullos crecieron.
Ahora nadie reía.
Todos observaban.
Intentando comprender.
Intentando descubrir cómo aquella joven aparentemente ingenua estaba desarmando uno por uno a nobles mucho más experimentados.
Carter tampoco apartaba la mirada.
Y algo comenzó a cambiar dentro de él.
Respeto.
Profundo respeto.
Porque no estaba siendo cruel.
No estaba humillándolos.
Simplemente respondía.
Con inteligencia.
Con precisión.
Con una elegancia que nadie esperaba.
Durante años había pensado que Loretta evitaba involucrarse porque no le interesaba.
Ahora empezaba a sospechar que jamás había querido intentarlo.
Y esa diferencia era enorme.
Cuando finalmente la conversación terminó, varios nobles buscaron excusas para retirarse.
Otros comenzaron a acercarse.
Con interés genuino.
Loretta había cambiado el equilibrio de la sala.
Y todos lo sabían.
Más tarde, mientras la música continuaba sonando, Carter se acercó a ella cerca de uno de los balcones.
—Esa fue una masacre.
Loretta soltó una pequeña risa.
—Qué forma tan elegante de describirlo.
—Intentaron atacarte.
—Lo sé.
—Y los destruiste.
—Un poco.
Ella giró para mirarlo.
Los ojos azules del Conde permanecían fijos en ella.
Había algo distinto allí.
Algo que antes no existía.
—¿Qué ocurre? —preguntó Loretta.
Carter tardó varios segundos en responder.
—Creo que llevo años subestimándote.
Aquellas palabras tuvieron más valor que cualquier elogio.
Porque Carter no era un hombre que alabara por compromiso.
Cada frase suya tenía peso.
Loretta sintió una emoción inesperada.
Y tuvo que apartar la vista.
Porque sabía algo que él todavía ignoraba.
Aquella admiración que comenzaba a crecer en sus ojos sería mucho más difícil de detener de lo que cualquiera de los dos imaginaba.
Y lo más peligroso era que ella tampoco estaba segura de querer detenerla.