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La Esposa Inesperada del Señor Ferreira

La Esposa Inesperada del Señor Ferreira

Status: Terminada
Genre:CEO / Amor tras matrimonio / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:321
Nilai: 5
nombre de autor: Sylvia Rosyta

Camila Ríos creía tener la vida resuelta: una boda a días de celebrarse, un prometido al que había apoyado desde cero y una mejor amiga que era como una hermana. Todo se derrumba en una sola noche cuando descubre que Diego Mendoza y Valeria Soto la traicionaron a sus espaldas. Frente a los vecinos, Diego confiesa sin remordimiento que nunca la amó. La conmoción provoca un infarto fulminante en don Ramón, el padre de Camila, quien termina al borde de la muerte en un hospital.

Mientras Camila vela a su padre sin saber si volverá a abrir los ojos, un jet privado aterriza en la ciudad. Santiago Ferreira —heredero único del Grupo Ferreira Internacional, una de las fortunas más grandes de El Cairo— regresa después de años con un solo propósito: declararse a la mujer que amó en secreto desde la preparatoria. Al enterarse de la tragedia de Camila, Santiago le ofrece lo único que puede salvar a don Ramón: costear la operación cardíaca que ella jamás podría pagar. A cambio, le propone matrimonio.

Camila acepta sin amor, solo por su padre. Pero la paciencia inquebrantable de Santiago, su ternura silenciosa y su negativa a presionarla comienzan a derribar las murallas que el dolor levantó. Desde la boda improvisada en la habitación del hospital hasta el vuelo a El Cairo, desde la mansión Ferreira hasta la sala de juntas del corporativo, Camila descubre que este hombre poderoso lleva años guardándole un lugar en su vida —y en su corazón.
Mientras tanto, la vida de Diego se desmorona: pierde su carrera, su madre sufre un derrame y Valeria lo abandona. El karma cobra cada deuda con intereses.

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Capítulo 9

Santiago, que había dado un paso al frente por impulso, se quedó inmóvil. Camila no advirtió su presencia. Tenía la mirada perdida, fija en algún punto al frente, como si en realidad no viera nada a su alrededor. Caminaba despacio, casi sin rumbo, igual que alguien que acaba de recibir la peor noticia de su vida.

Dentro de su cabeza, la voz del médico volvía a resonar.

Tiene que prepararse para cualquier eventualidad.

Esa frase era como un cuchillo que le desgarraba el corazón una y otra vez. Camila apretó el bolso pequeño que llevaba en la mano, aferrándose a él como si fuera lo único que la mantenía en pie. Su padre estaba grave. Su padre podía irse en cualquier momento.

Y ella estaba completamente sola. Los pasos de Camila vacilaron; estuvo a punto de tropezar, pero logró sostenerse para no caer. Le temblaban los labios, aunque los contuvo. No podía llorar otra vez. Ya no le quedaban lágrimas después de lo del consultorio.

Santiago la observaba sin parpadear. Cada detalle de lo que Camila sentía en ese momento —la cabeza gacha, el pecho que subía y bajaba conteniendo la respiración, las manos temblorosas— le golpeaba más fuerte que cualquier otra cosa. La mujer que antes siempre se mostraba alegre y entera, que sonreía aun cuando estaba agotada, ahora se encontraba frente a él al borde del derrumbe.

Los separaban apenas unos metros, pero a Santiago le parecía que entre ambos se abría un abismo. Quería llamarla por su nombre. Quería dar un paso y detenerla. Quería decirle que no estaba sola, que él estaba ahí. Pero las piernas le pesaban como plomo. La garganta se le cerró. Camila siguió caminando con la mirada vacía, sin percatarse de que el destino acababa de reencontrarla con alguien de su pasado: alguien que, en silencio, siempre la había amado.

Santiago avanzó un paso sin pensarlo. Pero se frenó en el acto cuando Camila estuvo a punto de pasar de largo junto a él. Los separaba apenas un brazo extendido, y aun así ella no notó que estaba ahí. Como si el mundo a su alrededor se hubiera difuminado, dejando un vacío ocupado solo por el miedo y la pérdida.

—Camila… —la llamó con la voz casi quebrada.

Ella se detuvo. Por un instante permaneció inmóvil, como si necesitara confirmar que lo que había oído era real y no un truco de su mente exhausta. Ese nombre había sonado en un tono demasiado familiar. Poco a poco, Camila giró la cabeza. Y en ese preciso segundo, el mundo a su alrededor pareció dejar de girar. Los ojos se le abrieron grandes. El aire se le atascó en la garganta. El rostro que durante años solo había aparecido en retazos de recuerdos lejanos estaba ahí, de carne y hueso, frente a ella. Más adulto, más duro y, a la vez, desconocido.

—¿San… Santiago? —la voz apenas le salió, como si temiera que al pronunciar el nombre más fuerte, la figura frente a ella fuera a desvanecerse.

Santiago asintió despacio. La mirada firme, cargada de una emoción que no intentó disimular.

—Sí, soy yo, Camila. Santiago.

Camila parpadeó varias veces. Sentía el pecho apretado. El corazón le latía desbocado. Lo recorrió con la mirada de pies a cabeza —el cabello, el traje, los zapatos caros—, asegurándose de que aquello no fuera una alucinación provocada por el insomnio y el llanto.

—¿Qué… qué haces aquí? —preguntó al fin. Su voz sonaba frágil, muy lejos de la Camila de siempre.

Santiago tragó saliva. Verla así de cerca resultaba mucho más doloroso de lo que había imaginado. Los ojos hinchados. El rostro pálido. Los hombros caídos, como si soportaran una carga demasiado pesada para llevarla a solas.

—Supe lo que le pasó a don Ramón —respondió con franqueza—. Vine a verlo. Estaba… preocupado.

Un silencio se instaló entre ambos. Las pisadas de la gente en el corredor y las voces de las enfermeras se oían distantes. Pero para Camila, todo aquello provenía de otro mundo.

—No hacía falta —soltó Camila de golpe, con rapidez, como si temiera que un segundo más de silencio bastara para derrumbar lo que le quedaba de compostura—. Mejor vete.

Santiago se quedó callado. Frunció levemente el ceño.

—Camila…

—Por favor —lo cortó ella. Los dedos se le crisparon con más fuerza alrededor de la correa del bolso—. No quiero… no quiero a nadie aquí. No quiero… —la voz se le atoró. Aspiró hondo, obligándose a mantenerse erguida—. No quiero que me veas así.

Santiago dio un paso hacia ella, lo bastante cerca para que Camila percibiera su presencia.

—No me pidas que me vaya —dijo con firmeza, aunque el tono permaneció suave—. No puedo.

Camila sacudió la cabeza. Las lágrimas empezaban a acumularse en sus ojos, pero las retuvo con todas sus fuerzas.

—Estoy bien —suplicó en un hilo de voz—. Quiero estar sola.

Santiago negó con decisión.

—No. No estás bien —replicó—. Y no voy a dejarte pasar por todo esto sola.

Las palabras eran sencillas. Sin embargo, fueron justo la última grieta que necesitaba el muro de Camila. Exhaló temblorosamente. Los hombros le vibraron. Los labios intentaron esbozar una sonrisa, pero fracasaron. Las lágrimas que había contenido durante tanto rato se derramaron al fin.

—Tengo miedo… —la voz se le quebró—. Tengo mucho miedo, Santiago.

El cuerpo de Camila se aflojó. Las manos temblorosas soltaron el bolso. El pecho le subía y bajaba de forma irregular. El llanto que había reprimido durante horas estalló sin que pudiera frenarlo.

En un solo movimiento rápido pero cuidadoso, Santiago la atrajo hacia sí y la envolvió en un abrazo firme y protector, como queriéndole decir que él estaba ahí, con ella. Camila se sobresaltó un instante, pero al siguiente se rindió. Le aferró la solapa del saco con ambas manos. Hundió el rostro en su pecho. El llanto se desbordó por completo, sacudiéndole el cuerpo con sollozos contenidos demasiado tiempo. Santiago la estrechó con más fuerza; una mano le recorría la espalda con suavidad mientras la otra le sostenía la cabeza contra su pecho.

—¿Por qué nunca me dijiste que estabas pasando por algo así, Camila? ¿Por qué preferiste cargar con tu dolor a solas en vez de compartirlo conmigo? —le pidió Santiago, y aquello hizo que Camila descargara aún más el peso que le oprimía el corazón.

—No quiero que los demás sepan lo que siento… No quiero ser una carga con mis problemas —respondió Camila entre hipidos, y cada sollozo le taladraba el pecho a Santiago.

—¿Por qué? ¿Por qué siempre piensas así, Camila? ¿No te das cuenta de que en este mundo todavía hay alguien a quien de verdad le importas? —le dijo con ternura, y eso hizo que ella se separara poco a poco del abrazo, una vez que se sintió algo más tranquila.

—Lo sé, pero aun así no quiero causarles problemas a quienes se preocupan por mí —musitó Camila.

Seguía de pie frente a Santiago con los hombros ligeramente caídos, la respiración todavía entrecortada. Tenía el rostro bañado en lágrimas que aún no se había enjugado. Los ojos rojos, hinchados, cargados de un agotamiento profundo. Durante unos segundos, se limitaron a mirarse en silencio.

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