En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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La caída del rey de papel
Freja Nyström no perdía. Nunca. Bajo ninguna circunstancia, en ningún tablero y mucho menos… por alguien como ella. El apellido Nyström no se asociaba con la derrota, se asociaba con la conquista silenciosa.
—Te estás distrayendo de una manera ridícula, Axel —dijo ella, yendo directo al grano, sin los rodeos estéticos que solían usar en los salones de Berlín.
Axel ni siquiera levantó la mirada de la pantalla de su celular, donde el cursor parpadeaba sobre un mensaje sin enviar.
—No.
—Sí, lo estás haciendo.
—Te digo que no, Freja.
—Axel.
Silencio. El aire de la biblioteca privada se volvió denso. Axel exhaló un suspiro largo, bloqueando el teléfono con un golpe seco antes de cruzarse de brazos.
—¿Qué es exactamente lo que quieres, Freja?
Ella cruzó los brazos sobre su abrigo de lana italiana, mirándolo desde su altura perfecta.
—Quiero saber por qué sigues alargando esta farsa. El plazo del System se está venciendo y tú sigues arrastrando los pies con la becada.
—Porque el proceso requiere tiempo. Aún no termina.
—Claro que ya terminó —respondió ella, esbozando una sonrisa fría que no auguraba nada bueno—. Ya la tienes donde querías. Está colgada de ti. Cualquiera con dos dedos de frente puede verlo. Cóbrate la apuesta y cerremos este capítulo de París.
Axel levantó la mirada finalmente, y sus ojos grises eran dos témpanos de hielo.
—No es tan simple como crees.
—Lo es —Freja dio un paso hacia él, el eco de sus tacones resonando como una cuenta regresiva—. Confía en mí, querido. Sé perfectamente cómo funcionan estas cosas, estos caprichos de invierno.
—No es “estas cosas”, Freja —cortó él, con una aspereza inusual en su voz.
—¿Ah, no? ¿Entonces qué es?
Silencio. Un silencio pesado, acusador, que se instaló entre los dos como una barrera de hormigón. Axel no respondió. No pudo encontrar ninguna de sus respuestas corporativas en su almacén mental. Y esa falta de reacción… fue más que suficiente para ella.
Freja lo observó con una atención microscópica. Demasiada. Sus ojos azules leyeron la rigidez de sus hombros, el ligero temblor en su mandíbula.
—Te gusta.
No fue una pregunta. Fue un diagnóstico clínico, una sentencia dictada con la frialdad de un juez.
Axel soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humor.
—No digas malditas tonterías, Freja. Es un juego.
—No es ninguna tontería, Axel —se acercó aún más, invadiendo su espacio vital con su perfume embriagador—. Es ridículamente obvio.
—No.
—Sí.
—Freja, basta—
—La miras diferente, Axel. La miras como si fuera real.
Un golpe. Directo al mentón. Axel apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un dolor sordo en los oídos.
—Estás imaginando cosas que no existen. Estás aburrida y necesitas drama.
Freja inclinó la cabeza hacia un lado, analizándolo como a un espécimen de laboratorio que empezaba a mutar.
—¿Ah, sí? Entonces demuéstralo. Demuéstrame que sigo siendo la dueña de tus estrategias.
Silencio. El segundero del reloj de pared parecía martillar el cerebro de Axel.
—¿Cómo quieres que lo demuestre?
Freja sonrió. Y no era una sonrisa bonita, no era la que salía en las revistas de sociedad. Era la sonrisa peligrosa de quien está a punto de tirar la primera ficha del dominó.
—Termina el juego de una vez por todas. Hoy mismo.
me gustó mucho