En la noche de su compromiso, Aeryn descubre la peor de las traiciones: su prometido y su propia hermana esperan un hijo juntos. Destrozada por el dolor, huye de la corte hacia los jardines olvidados del palacio, donde se entrega a una noche de pasión prohibida con un imponente Alfa desconocido para calmar su tormento. Al amanecer, abrumada por la realidad, recoge sus pocas pertenencias y escapa sin dejar rastro, ignorando por completo que el misterioso hombre al que abandonó en la penumbra es el temido y supremo Emperador Lycan
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Capitulo 17
El sol de la tarde iluminaba con luz dorada los jardines traseros del palacio. Era un sector privado, protegido por altos muros de piedra y arbustos de rosas, lejos de las miradas curiosas de los nobles y los sirvientes.
Ian corría sobre la hierba verde intentando atrapar una mariposa de alas azules. Sus risas infantiles resonaban por todo el lugar. A pocos pasos, Mara caminaba despacio, atenta a cada movimiento del niño para asegurarse de que no tropezara con las piedras del camino.
Aeryn caminaba un poco más atrás, disfrutando de la brisa fresca de la tarde. Llevaba un vestido sencillo de color verde claro y el cabello suelto, sintiendo por primera vez en muchos días una verdadera sensación de paz.
A su lado, Magnus caminaba con paso tranquilo. El Emperador había dejado de lado las túnicas formales y llevaba una camisa ligera sin abrochar del todo en el cuello. Su presencia al lado de ella ya no provocaba miedo ni desconfianza, sino una cálida seguridad.
—Mira, mamá —gritó Ian emocionado, corriendo de regreso hacia ellos con una flor silvestre en la mano—. Encontré esta en el pasto.
El niño se detuvo frente a ellos y le entregó la flor a Aeryn con una gran sonrisa.
—Es hermosa, mi amor —dijo Aeryn, agachándose para darle un beso en la mejilla—. Muchas gracias.
Ian miró hacia arriba, hacia Magnus, y tiró suavemente del borde de la camisa del Emperador.
—¿Tú puedes enseñarme a usar una espada de madera como los guardias? —preguntó el pequeño con los ojos carmesí muy abiertos, llenos de curiosidad.
Magnus sonrió con una dulzura absoluta que le suavizó todos los rasgos del rostro. Se hincó sobre una rodilla frente a su hijo y le revolvió el pelo oscuro con la mano.
—Claro que sí, pequeño —respondió Magnus con voz suave—. Mañana mismo le pediré al carpintero que haga una espada pequeña para ti. Y te enseñaré a defenderte como un verdadero caballero.
—¡Sí! —gritó Ian, dando un salto de alegría antes de salir corriendo de nuevo hacia donde estaba Mara para contarle la noticia.
Aeryn se puso de pie despacio, viendo a su hijo jugar a lo lejos. Sintiéndose observada, giró la cabeza y se encontró con los ojos rojos de Magnus fijos en ella.
—Gracias —murmuró Aeryn con una sonrisa sincera—. Hacía mucho tiempo que no lo veía sonreír así.
—No tienes que darme las gracias —dijo Magnus, poniéndose de pie y recortando la distancia que los separaba—. Ian es mi hijo, pero ver que tú estás tranquila aquí es lo que más me importa.
Magnus le ofreció el brazo y Aeryn lo tomó sin dudarlo. Empezaron a caminar despacio por un sendero de piedra rodeado de flores, mientras Mara cuidaba a Ian a una distancia prudente.
Sin el estrés de los libros de cuentas ni la sombra de los Ash, el ambiente entre los dos era cómodo y cálido.
—Aeryn —habló Magnus con tono serio pero tranquilo mientras caminaban—, necesito pedirte perdón por lo que pasó hace seis años.
Aeryn se detuvo en el camino y lo miró sorprendida.
—En ese momento yo era un gobernante joven, rodeado de enemigos y obsesionado con el control del imperio. Fuí a la mansión Ash solo para divertirme—continuó el Alfa, tomándole las dos manos con delicadeza—. Cuando huiste, me di cuenta de lo mucho que te había asustado el hecho del rechazo. Fui un estúpido por no entender tu valor. No debí dejar que te fueras esa vez.
Aeryn sintió un nudo en la garganta. Escuchar al hombre más poderoso del imperio admitir sus errores sin excusas le llegó directo al corazón.
—Huí porque tenía miedo de perder mi vida, y cuando me dí cuenta de mi embarazo también la de mi hijo—respondió Aeryn con la voz suave—. Pero estos días me has demostrado que eres un hombre diferente. La forma en que cuidas a Ian y cómo me has tratado a mí me demostró que no me equivoqué al confiar en ti esa noche en el despacho.
Magnus levantó una mano y le acarició la mejilla con los nudillos, sintiendo la suavidad de su piel. Aeryn cerró los ojos un segundo, disfrutando del contacto.
—No quiero que te quedes en el palacio por obligación —susurró Magnus, acercándose a ella hasta que sus frentes se tocaron—. Quiero que te quedes porque sientes que este es tu hogar, a mi lado.
—Todavía le tengo miedo a la corte, Magnus —admitió Aeryn, abriendo los ojos para mirarlo—. Pero ya no te tengo miedo a ti.
Magnus sonrió y la besó con una ternura infinita en los labios. Fue un beso lento, dulce y lleno de promesas, muy diferente a la pasión desenfrenada de la noche anterior. Aeryn le devolvió el beso pasando una mano por el cuello del Alfa, sintiendo el latido constante de su corazón.
A lo lejos, Ian reía mientras corría detrás de Mara, y el sol de la tarde terminaba de ocultarse detrás de los muros del palacio.