Durante veinte años, un matrimonio arreglado unió el destino de dos de las familias más poderosas del país. La elegida siempre fue la hija menor de los Moretti. Pero cuando oscuros rumores sobre la crueldad del heredero Volkov salen a la luz, los Moretti toman una decisión despiadada: proteger a su hija favorita… sacrificando a la mayor. Ivonne nunca imaginó que sería entregada como moneda de cambio por las mismas personas que juraron amarla. Sin embargo, descubrirá que el verdadero peligro no siempre se encuentra en el hombre con el que debe casarse, sino en la familia que la abandonó. Porque algunas alianzas se firman con tinta… Y otras, con sangre.
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La casa de los Volkov
—Bienvenida al ala principal.
Ivako abrió unas enormes puertas de madera oscura.
Ivonne dio un paso al frente y no pudo evitar quedarse inmóvil.
Era más un palacio que una casa.
Los techos altos estaban decorados con molduras antiguas, enormes ventanales dejaban entrar la luz de la mañana y una escalera de mármol dividía el vestíbulo en dos.
—Creo que la palabra “casa” se queda un poco corta.
Ivako la miró de reojo.
—Mi abuelo decía lo mismo.
Comenzaron a caminar.
—En esta planta están el comedor principal, el salón de música, la biblioteca, dos salas de reuniones y el despacho de mi padre cuando viene de visita.
—¿Dos salas de reuniones?
—Sí.
Ivonne soltó una pequeña risa.
—Definitivamente vivimos en mundos distintos.
Él arqueó una ceja.
—Tu familia también tiene una mansión.
—Sí, pero no dos salas para discutir contratos.
Ivako no respondió.
Solo siguió caminando.
Llegaron a la biblioteca.
Era enorme.
Dos pisos de estanterías repletas de libros rodeaban la habitación.
Una escalera de hierro permitía alcanzar los estantes superiores.
Los ojos de Ivonne brillaron.
—¿Todos estos libros…?
—Pertenecían a mi abuelo.
Ella caminó lentamente entre los estantes.
Pasó los dedos por algunos lomos.
Historia.
Arte.
Economía.
Novelas.
Filosofía.
—Aquí hay primeras ediciones…
Murmuró casi para sí misma.
Ivako la observó en silencio.
Era la primera vez desde que la conocía que la veía completamente absorta.
Sonreía mientras recorría los títulos.
—¿Le gusta leer?
Ella lo miró como si la respuesta fuera obvia.
—Muchísimo.
Tomó un libro con cuidado.
—Este autor es uno de mis favoritos.
Ivako se acercó.
—No lo conozco.
Ivonne abrió los ojos con sorpresa.
—¿Nunca lo leyó?
—No suelo leer novelas.
—¿Entonces qué lee?
—Biografías.
Informes.
Historia económica.
Ella hizo una mueca divertida.
—Qué emocionante.
Él entendió el sarcasmo.
—Supongo que no tanto.
Los dos rieron.
Continuaron el recorrido.
Atravesaron una galería llena de retratos familiares.
Ivonne se detuvo frente a uno.
En él aparecía un niño rubio de unos diez años con expresión seria.
Vestía un pequeño traje azul.
—¿Es usted?
Ivako observó el cuadro.
—Sí.
Ella sonrió.
—Tenía cara de estar enojado con el pintor.
—Lo estaba.
Ivonne lo miró divertida.
—¿Por qué?
—Me obligó a posar durante cuatro horas.
Ella soltó una carcajada.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Cómo cuáles?
—Ahora entiendo por qué en casi todas las fotografías sale tan serio.
Por primera vez desde que se conocieron…
Ivako rió con ganas.
No fue una sonrisa discreta.
Fue una risa breve, sincera.
Uno de los empleados que pasaba por el pasillo se detuvo un instante.
Jamás había escuchado al joven señor reír de esa manera.
Siguieron caminando hasta llegar al jardín trasero.
En el centro había un lago rodeado de cerezos.
Un pequeño puente de madera cruzaba el agua.
Ivonne quedó maravillada.
—Es precioso…
—Era el lugar favorito de mi madre.
Ella giró la cabeza.
Era la primera vez que Ivako mencionaba a su madre.
—¿Le gustaba venir aquí?
Él asintió.
—Decía que era el único rincón de la casa donde nadie hablaba de negocios.
Hubo un breve silencio.
—¿Hace mucho que falleció?
—Yo tenía quince años.
Ivonne bajó la mirada.
—Lo siento.
—Gracias.
No hubo dramatismo.
Solo una tristeza tranquila que todavía permanecía en él.
Ella comprendió que no debía hacer más preguntas.
Se apoyó sobre la baranda del puente.
—Creo que a ella le habría gustado este lugar incluso sin el lago.
—¿Por qué?
—Porque transmite paz.
Ivako la observó unos segundos.
—Mi madre habría dicho exactamente lo mismo.
Los dos permanecieron en silencio, contemplando el agua.
Por primera vez desde que comenzó aquella historia…
Ya no estaban hablando como dos personas obligadas a compartir un matrimonio.
Simplemente eran un hombre y una mujer conociéndose.