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La Fugitiva Del Rey Lycan

La Fugitiva Del Rey Lycan

Status: En proceso
Genre:Arrogante / Hombre lobo / Posesivo
Popularitas:12k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalia Hache

"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".

Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.

Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.

Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.

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Capítulo 20

El ala este del palacio noble era un laberinto de pasillos de mármol veteado en negro y antorchas empotradas en las paredes que proyectaban una luz dorada y vacilante. El contraste con el subsuelo de servicio era aplastante; aquí no olía a hollín ni a sosa, sino a madera de cedro, tapices antiguos y al sutil aroma a poder que impregnaba cada rincón de la corte real.

Lord Kaelen caminaba un paso por delante de Sofía, con la mano izquierda apoyada firmemente en la empuñadura de su espada. Sus pasos pesados resonaban con un eco rítmico en la solemnidad del corredor vacío. Los guardias con los que se cruzaban se cuadraban de inmediato, clavando miradas llenas de curiosidad y desconfianza en la muchacha que iba detrás: una sirvienta de cocina, con el vestido gris arrugado y el cabello trenzado a la prisa, custodiada personalmente por el Beta del reino.

Finalmente, Kaelen se detuvo ante una pesada puerta de madera tallada con relieves de lobos en carrera. Sacó una llave de hierro de su cinto, hizo girar la cerradura con un chasquido seco y empujó la hoja hacia el interior.

—Tus nuevos aposentos, señorita Ivanov —dijo Kaelen, apartándose a un lado para dejarla pasar. Su tono ya no tenía la condescendencia que usaba con "Elena", pero seguía siendo la voz fría de un soldado que vigila a un prisionero de alto valor.

Sofía cruzó el umbral con cautela. La habitación era inmensa, tres veces más grande que todo el ala de dormitorios del servicio. Había una cama con dosel cubierta de pesadas mantas de piel y sábanas de seda oscura, un tocador de madera pulida, un gran ventanal que ofrecía una vista vertiginosa del acantilado y las montañas del norte, y una bañera de cobre que ya desprendía el vapor del agua caliente. Sobre un diván cercano, descansaban varios vestidos de telas finas en tonos verde oliva y azul medianoche, listos para ser usados.

—El ama de llaves enviará a alguien a retirarle esta ropa de servicio —anunció Kaelen, señalando el vestido gris de Sofía—. Y se le traerá la cena de inmediato. El Alfa Supremo ha sido muy claro: no tiene permitido salir de estas habitaciones sin escolta militar. Cualquier intento de fuga será considerado un acto de hostilidad contra la corona Lycan, y los guardias tienen órdenes de actuar en consecuencia.

Sofía se giró hacia el Beta, apretando los puños a los costados. Su voz, que había permanecido enterrada por tantos días, se sintió áspera en su garganta, pero no estaba dispuesta a mostrarse débil ante el segundo al mando.

—¿Actuar en consecuencia significa que me matarán? —preguntó, con una fijeza que sorprendió sutilmente a Kaelen—. Pensé que mi valor para su rey radicaba en que estuviera viva para firmar ese contrato matrimonial.

Kaelen la observó durante unos segundos, evaluando la altivez en los ojos oscuros de la joven. Debajo de la capa de miedo y el cansancio, se notaba la sangre de un Alfa en sus venas, una dignidad que el rechazo de su manada no había logrado erradicar.

—El rey César es un estratega implacable, señorita. Si usted intenta huir y un rastreador de su padre la encuentra primero en nuestros bosques, habremos perdido la ventaja política —explicó Kaelen, estrechando los ojos—. Pero si usted muere bajo el cielo del norte por desobedecer una orden directa, el rey aun así podrá usar su cadáver para culpar a Borís Ivanov de negligencia y reclamar las tierras de la frontera como compensación por el insulto. Con el Alfa Supremo, nunca hay un cabo suelto. Le sugiero que coopere.

Sin esperar una respuesta, Kaelen retrocedió hacia el pasillo y cerró la puerta con llave desde el exterior. El sonido del cerrojo encajando golpeó el pecho de Sofía como un mazazo.

Sola en la inmensidad de la habitación de lujo, Sofía caminó lentamente hacia el gran ventanal. Apoyó la frente contra el vidrio helado, contemplando la negrura de los bosques del norte que se extendían bajo la luna. El peligro había cambiado de forma: ya no corría por su vida en medio de una tormenta, oculta entre la maleza, ni dependía del silencio de una despensa. Ahora estaba en el corazón del imperio más poderoso del continente, transformada a la fuerza en el peón de un rey que pretendía usar su tragedia familiar para devorarlo todo.

Se abrazó a sí misma, sintiendo el vacío de su lazo roto y el dolor del recuerdo de Gavin, mientras se preparaba mentalmente para el amanecer, sabiendo que el juego que se jugaría al día siguiente requeriría de toda su astucia para no terminar destruida entre la ambición de César Dróvnikov y la crueldad de su propio padre.

El sonido del cerrojo volviendo a girar hizo que a Sofía se le helara la sangre. La pesada puerta se abrió y la imponente figura de César entró a la habitación, llenando el espacio con su sola presencia. Sofía se levantó rápido de la cama y lo miró, obligándose a sostenerle la mirada a pesar del temblor que amenazaba con traicionarla.

César cerró la puerta detrás de él y avanzó un par de pasos, cruzándose de brazos mientras la recorría con sus afilados ojos grises.

—¿Qué estabas esperando realmente? ¿Estar aquí como fugitiva y seguir viéndome la cara de estúpido? —soltó él, con una voz gélida que cortaba el aire.

Sofía negó frenéticamente con la cabeza, dando un paso al frente para defenderse.

—Greta me salvó y me trajo aquí. No sabía que era su reino hasta que ella me lo dijo —explicó, intentando que la verdad en su voz aplacara un poco la hostilidad del Alfa.

César se acercó a ella con pasos lentos y peligrosos, deteniéndose a escasos centímetros. Su olfato se expandió, pero de inmediato frunció el ceño con evidente fastidio.

—Date un baño y sácate ese maldito olor. No puedo descifrar tu verdadero aroma —ordenó él, refiriéndose al persistente rastro de alcanfor y menta con el que Greta la había camuflado.

Sofía asintió en silencio, dispuesta a retirarse de inmediato hacia la zona de la bañera de cobre para huir de su agobiante cercanía, pero antes de que pudiera dar el primer paso, la mano de César se estiró con la rapidez de un rayo, tomándola del antebrazo.

—Espera —la detuvo, y su tono se volvió aún más sombrío—. Hay algo que realmente la ley no puede borrar, y es un crimen.

Sofía sintió que la indignación le ganaba al pánico. Intentó zafarse de su agarre, mirándolo con pura frustración.

—Ya dije que no asesiné a Gavin —declaró firmemente.

César la soltó, pero no se alejó. Su mente calculadora ya estaba hilando los siguientes movimientos del tablero.

—Hablaré con mi manada. Vamos a redactar un acuerdo en donde te podamos proteger mientras estás bajo investigación en mi propio reino —anunció él, entrelazando las manos a la espalda.

Sofía lo observó, confundida y cansada de los giros de la situación. Dejando el miedo a un lado por primera vez, enderezó la espalda y clavó sus ojos oscuros en los del soberano.

—¿Soy su prisionera o su futura esposa? Póngase de acuerdo —desafió, con una chispa de la sangre Alfa que corría por sus venas.

Un gruñido bajo y animal vibró en el pecho de César. En un pestañeo, el rey acortó la distancia que los separaba, pegando su rostro al de ella tanto que Sofía pudo sentir el calor de su respiración y ver el destello dorado que amenazaba con encender sus pupilas grises.

—Te haces ahora la valiente porque no te arranco la cabeza del cuello —gruñó él, con una promesa de violencia implícita que le erizó la piel a la joven—. Necesito las Tierras Bajas. Tienen muchas riquezas que quiero obtener, y por eso me vas a ayudar. Y míralo como un favor... si eres inocente, lo descubriremos.

La distancia entre ambos era tan corta que Sofía podía contar las pestañas del hombre que ahora gobernaba su destino. Su loba interior guardó un silencio sepulcral, abrumada por la mezcla de peligro, ambición y la fría promesa de una justicia que, de una forma u otra, César estaba dispuesto a usar a su favor.

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Florinda Morales
Excelente. Todo. El tema, la redacción, la ortografía, los personajes, la trama, el desarrollo, la expectativa que genera cada capítulo. De los mejores que he leído en esta plataforma. Lo recomiendo ampliamente sobre todo a quienes le gustan este género
Dalia Hache: Muchas gracias 🥰
total 1 replies
María del Carmen Hernandez
excelente novela 👍 👏
Milagros Sanabria
me encantó tu novela. esta muy buena, cada párrafo te va atrapando cada ves mas muchas felicitaciones 👏🥰
Miriam Lenny Miranda
Espero con ansias el próximo capítulo
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