Un matrimonio nacido de un acuerdo silencioso parecía destinado a la distancia, hasta que una decisión amenazó con arrebatarles todo. Entre ruinas, lágrimas y un campo de tulipanes, David y Elena descubrirán que el amor verdadero no nace perfecto, sino que se construye cuando el mundo se desmorona. A veces, el invierno más frío de la vida es solo la antesala de un nuevo florecer. Esta es la historia de una promesa rota por el miedo, un diagnóstico que cambió sus destinos y un amor inquebrantable que, treinta años después, sigue respirando en el corazón de quienes más los aman.
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2
David
Hice lo único que me pareció lógico: salí de la habitación ardiendo en rabia. Esa mocosa insolente se había atrevido a morderme; retiro todo lo que pensé sobre ella en el ascensor. Creí que era linda, pero no, es una loca desalmada. ¿Cómo se le ocurre morderme? ¡No soy un perro!
Me rehúso rotundamente a casarme con ella. Mis padres me siguen en silencio, con una calma que me irrita. Al llegar a nuestra habitación reservada, me dirijo directo al armario para cambiarme. Al salir, encuentro a mi madre riendo junto a mi padre, lo cual es inquietante; papá jamás sonríe.
—¿Qué les parece tan gracioso?
—Esa chica te convenció de usar esa ropa, de eso nos estamos riendo —responde mi madre, divertida.
Los miré con el ceño fruncido y negué con la cabeza.
—No, ella no me convenció. La vi vestida así y decidí hacer lo mismo. No sabía que esa mocosa insolente era mi prometida —dije, destilando veneno al recordar el ardor en mi cuello por el mordisco.
Papá me miró seriamente, escrutándome.
—¿Ya la llamas prometida?
Me quedé en silencio, golpeado por la realidad de que lo había admitido sin querer.
—No me casaré. Ya se los dije, no quiero.
Mi madre se puso de pie y, con una suavidad que me desarmó, tomó mi rostro entre sus manos.
—David, ya eres un hombre, no un niño. Siempre has sido un buen hijo. Sé que esto no es lo que deseas, pero quiero verte formar un hogar, quiero conocer a mi nieto —dijo con una sonrisa que, a mis ojos, parecía más falsa que el disfraz que me puse.
Desde hace un tiempo, mamá se ha obsesionado con casarme. He conocido a muchas chicas, pero ninguna lograba interesarme; Elena fue la primera que me pareció atractiva, pero ahora sé que es una loca sin remedio. La miré fijamente, tratando de resistir.
—Ella no me gusta.
—Pero es un buen partido.
—Sí, claro. ¿Acaso no viste lo que hizo?
—Lo hizo porque, al igual que tú, no quiere casarse. Por eso actuó así, para cancelar el compromiso.
Suspiré, derrotado. A mi madre no puedo negarle nada.
—Si ella va así vestida a mi boda, juro que no me caso —amenacé. Mamá río, satisfecha.
—Te prometo que será la novia más hermosa que hayas visto.
Me quedé en silencio. Mis padres se alejaron, visiblemente aliviados, y papá fue a contactar a la familia de Elena. Sé que es una mala idea, pero por ella haré lo imposible. Conozco bien el motivo oculto detrás de su urgencia, y eso me destroza.
Me fui del restaurante y me encerré en mi coche. Pensar en lo que se avecina —en lo que perderé— me desborda. No pude evitar que las lágrimas rodaran; el corazón me duele con una punzada real, cruda. Duele porque ella se irá, y solo quiero aferrarme a un recuerdo bonito.
Mientras lloraba desconsolado, alguien tocó la ventanilla. Me giré bruscamente y me quedé pasmado: Elena me observaba fijamente con una sonrisa irónica en los labios. Me limpié las lágrimas de un golpe, ocultando mi vulnerabilidad, y bajé del coche.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, tratando de recuperar la compostura.
—Vi que te sentías mal, por eso quise hablar.
—No es por ti —espeté.
—Ah... pensé que te seguía doliendo el cuello —dijo, agachando la mirada con una falsa inocencia.
—No, pero ¿cómo se te ocurre morderme? —le dije, jalando un mechón de su cabello.
—¡Oye! —me golpeó el brazo—. ¡Eso duele!
—Pues a mí me dolió tu mordida.
—Soy mujer, ¡no puedes hacer eso!
—Es igualdad de género —repliqué, irritado. Ella soltó una carcajada estridente.
—Eres un...
No terminó la frase; sus ojos se posaron en mi cuello, su expresión cambiando a una de genuino pesar.
—Se ve horrible... lo siento —dijo, tendiéndome una pomada.
La tomé y leí el nombre.
—Esto me dará alergia —le reclamé.
Ella sonrió con picardía.
—Póntela; así tus padres se asegurarán de no casarnos —dijo, guiñándome un ojo.
Me sentí descolocado. Era increíble lo rápido que pasé del llanto al enojo, y ahora a una extraña diversión frente a esta chica caótica.
—No, no me la pondré. Porque me voy a casar contigo —dije, solo para verla reaccionar.
Ella me miró fijamente, con el fuego regresando a sus ojos.
—No te atrevas.
—Lo siento, pero es así.
—Oye, te mordí, te hice pasar vergüenza... lo haré las veces que sean necesarias.
—No me importa. A fin de cuentas, serás mi esposa.
Me alejé de ella y regresé a mi coche, ocultando una sonrisa. Recordar su cara de furia era, extrañamente, lo más divertido de mi día.
### Elena
Con rabia, tiré mi bolso sobre la cama. Ese idiota realmente cree que me voy a casar con él. Mamá me llamó minutos después: la familia Rodríguez aceptó el compromiso. Mordí la almohada con una frustración que me quemaba la garganta. Ese hijo de...
—Juro que se va a arrepentir de haber aceptado.
—No es para tanto, es solo un matrimonio por conveniencia. Puedes llegar a un acuerdo con él —dijo Kim, mi amiga, mientras leía una de sus novelas románticas, ajena al caos real.
—No es fácil. ¿Qué tal si tiene dobles intenciones? —cuestionó Eli, sentada mientras devoraba palomitas, observándome con curiosidad.
—Yo creo que le gustas, por eso aceptó —comentó Dani desde su cama, aunque intentaba estudiar para el próximo examen.
Todas vivíamos juntas en la universidad, cada una con un mundo distinto: Kimberly, nuestra aspirante a escritora; Elizabeth, la calculadora administradora; Daniela, la fotógrafa que seguía el camino de sus padres por inercia; y yo, que estudiaba administración creyendo, estúpidamente, que eso me salvaría del altar.
Necesitaba concentrarme en el examen final, pero mi mente estaba en el futuro: me casaría después de la graduación. Probablemente no necesitaría dinero, así que mi carrera se quedaría como un simple adorno. Iba a darle la peor vida posible a mi futuro esposo. Sonreí con malicia.
—Ya lo aceptó —dijo kim, cerrando su libro.
—Sí, ya se hizo a la idea de que tendrá una novia muy obstinada —añadió Eli.
—¿Qué has planeado? —preguntó Dani.
—Haré que se arrepienta de casarse conmigo. Lo haré firmar el divorcio apenas pueda.
Todas sonreímos con la misma perversidad.
### Una semana después
Al salir del examen final, mis amigas me rodearon, compartiendo el alivio del deber cumplido.
—Estoy agotada —suspiró Eli.
—Fue eterno —coincidió Kim.
—Para mí fue relajado, solo mostré una fotografía de nosotras y listo —presumió Dani. Todas reímos.
—Bueno, ya nos vamos de aquí —dije.
—Pero, ¿ahora dónde viviremos? Los dormitorios ya no nos aceptarán.
—Tengo un apartamento —respondí.
—Te vas a casar, no podemos vivir en tu casa.
—¿Quién dijo que viviré en mi apartamento? Para eso mi esposo comprará una casa —dije con una sonrisa ladina.
Mis amigas negaron con la cabeza, riendo.
—A veces me das miedo por cómo piensas —bromeó Kim.
Nos detuvimos en seco al ver a David frente a mi coche, sosteniendo un ramo de rosas blancas. Las miradas de los estudiantes curiosos caían sobre nosotros.
—¿Qué haces aquí?
—Felicidades por aprobar el examen.
—¿Cómo sabes que aprobé?
Se encogió de hombros con indiferencia.
—Mi mamá me pidió venir por ti, quieren almorzar contigo —dijo, entregándome el ramo de mala gana.
—Traje mi coche.
—Dile a tu amiga que lo lleve, tú vienes conmigo —ordenó, tomándome de la mano y tirando de mí.
Le entregué las llaves a Kim y subí al coche de David.
—Odio las flores blancas, son para muertos —dije, arrojando el ramo a los asientos traseros.
Él me miró por el retrovisor, sorprendido.
—La florista dijo que a todas les gustan las rosas.
—A mí me gustan los tulipanes amarillos, rojos y rosados. Nunca blancos —sentencié.
Él sacó una libreta, anotó algo, le tomó una foto y envió un mensaje.
—¿Qué haces?
—Cambio las flores de la boda.
—¿Qué?
—Pedimos rosas blancas. Las cambiaré por tulipanes amarillos —dijo, sin apartar la vista del teléfono.
El resto del camino fue un silencio tenso. Al llegar a su casa, me quedé sin aliento. No aparentaba lo que tenía; la mansión brillaba con una pulcritud intimidante, elegante, costosa. Cada pieza de arte gritaba lujo.
Me llevó de la mano hacia la sala, donde su madre nos esperaba rodeada de otras mujeres.
—Bienvenida —dijo mi suegra con una sonrisa estudiada.
—Buenas tardes —saludé, sintiéndome pequeña y fuera de lugar bajo las miradas punzantes de las invitadas.
—Ella es mi prometida. Les pido que la traten bien —dijo David, alzando nuestras manos unidas.
Observé cómo las señoras cambiaban sus expresiones de desdén por sonrisas falsas para complacerlo. Genial, pensé. No les caigo bien... esto será una guerra.