Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 21
Irina sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo ante sus palabras. La posesividad de Damian, lejos de intimidarla como en otras ocasiones, en ese instante le dio el suelo que tanto necesitaba para no caer. Sostuvo su mirada oscura, dándose cuenta de que la brecha entre la pasante y el Alfa supremo se había roto de forma definitiva en esa oficina.
—No voy a flaquear —prometió ella en un susurro cargado de determinación, enderezando la espalda—. Si me das el respaldo para salvar a mi padre, yo te daré la mejor temporada que esta textilera haya visto en su historia. Ni los Rivera ni nadie van a poder tirarme abajo.
Damian sonrió de medio lado, una expresión ladina y fascinada. Sus dedos se deslizaron con suavidad desde sus hombros hasta su cuello, rozando la piel sensible antes de obligarla a dar un paso atrás cuando el teléfono de su escritorio comenzó a sonar con insistencia.
—Ese debe ser Marcello con la confirmación de la ruta de despegue —dijo él, rompiendo el contacto físico con renuencia, aunque sus ojos no se apartaron de ella hasta que tomó la línea fija.
Irina se cruzó de brazos, observándolo hablar con monosílabos firmes y autoritarios al teléfono. Mientras él coordinaba los últimos detalles con el aeropuerto, ella caminó hacia el gran ventanal de la oficina presidencial. Desde el último piso, Roma se extendía inmensa, majestuosa y llena de peligros ocultos. Pensó en Vittoria Galo, en la advertencia del viejo Rivera en el lobby y en la oferta clandestina de Antonio. Todos ellos movían sus hilos creyendo tener el control del tablero, pero ninguno se imaginaba que las reglas del juego acababan de cambiar por completo.
Damian colgó el aparato con un golpe seco y se giró hacia ella.
—El jet médico despega en quince minutos —anunció, caminando hacia donde ella estaba—. Las autorizaciones están listas y el doctor Franco ya tiene a su equipo de cirujanos en alerta. Ahora, lo único que tienes que hacer es ir a tu departamento, armar una maleta para tu madre y esperarme. Yo mismo pasaré a buscarte en un par de horas para que vayamos a la pista privada a recibirlos.
Irina asintió, tomando su carpeta de documentos con una mano que ya no temblaba. Se colocó la chaqueta gris de sastre, alisando las arrugas con pulcritud, recuperando esa estampa de mujer fuerte e imperturbable que la caracterizaba.
—Nos vemos en un par de horas, señor Galo —dijo Irina con una chispa de complicidad brillando en sus ojos oscuros, usando el tono corporativo solo por si alguien escuchaba en el pasillo.
—Camina con cuidado, Duarte —replicó él con su barítono bajo y posesivo, viéndola avanzar hacia la salida con un orgullo innegable.
Irina empujó las dobles puertas de la oficina presidencial con paso firme. Al cruzar el área de secretaría, ignoró la mirada atónita de Carmen y caminó directo al ascensor. El miedo y la desesperación de la mañana se habían transformado en un fuego frío y calculado. Sabía que la guerra con la familia Rivera estaba por estallar con fuerza y que meterse en la cama y en los negocios de Damian Galo traería consecuencias brutales, pero en ese momento, con la certeza de que su padre venía en camino a Roma para salvarse, Irina se sintió lista para quemar el mundo si era necesario.
Al salir del edificio de la textilera, el aire de la tarde parecía menos denso. Irina caminó con paso rápido y decidido hacia la estación del metro, con la mente fija en la lista de cosas que debía preparar para la llegada de sus padres. Ya no había espacio para las lágrimas; la acción y la adrenalina habían tomado el control total de su cuerpo.
Llegó a su departamento en tiempo récord. Al cruzar el lobby, el guardia de seguridad de la noche anterior ni siquiera se atrevió a sostenerle la mirada, probablemente aún intimidado por el recuerdo de la visita del señor Rivera. Irina subió en el ascensor, entró a su casa y dejó la carpeta sobre la mesa.
Sin perder un segundo, sacó una maleta mediana del armario de su habitación. Empezó a guardar ropa cómoda para su madre, sabiendo perfectamente que la mujer se negaría a separarse del lado de su padre durante los primeros días en la clínica privada. Guardó artículos de aseo, mudas de ropa limpias y algunos cargadores de teléfono. Cada movimiento era frío, calculado y eficiente.
Justo cuando estaba cerrando la cremallera de la maleta, su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón. Era un mensaje de texto de un número desconocido.
Irina frunció el ceño y abrió el mensaje:
> *"Me enteré de lo que intentaste hacer en el banco esta mañana, señorita Duarte. Es una lástima que los Galo tengan las manos tan atadas por la burocracia. Recuerde que mi oferta sigue en pie, y mis cuentas no tienen cláusulas de bloqueo para el talento que realmente lo merece. Piénselo. — Antonio."*
Irina soltó una risa seca, llena de desdén, y guardó el teléfono sin molestarse en responder. Antonio llegaba tarde. Su red de espías en la ciudad podía ser rápida, pero el Alfa de la competencia no tenía idea de que Damian ya había movilizado un jet médico hacia Alemania.
El sonido de una bocina potente y distinguida resonó desde la calle, interrumpiendo sus pensamientos. Irina caminó hacia el ventanal y miró hacia abajo. El imponente auto negro de lujo de Damian estaba estacionado justo frente a la entrada principal del edificio, con los cristales tintados reflejando la luz de la tarde romana.
Tomó la maleta de su madre, su bolso personal y se aseguró de cerrar bien la puerta con llave. Al bajar al lobby, el chofer de Damian ya la esperaba junto a la puerta de cristal, abriéndola de inmediato para recibir la maleta.
—Buenas tardes, señorita Duarte. El señor Galo la está esperando en el asiento trasero —dijo el hombre con respeto.
Irina asintió, caminó hacia el vehículo y, en cuanto el chofer abrió la puerta trasera, se deslizó hacia el interior del habitáculo. El aroma a sándalo y triunfo la envolvió de golpe, trayéndole una extraña sensación de seguridad.
Damian estaba sentado allí, con la tableta corporativa en una mano y un teléfono satelital en la otra. Había dejado de lado la chaqueta de su traje, y las mangas de su camisa oscura estaban remangadas hasta los antebrazos. Al verla entrar, apagó la pantalla del dispositivo y la miró fijamente, evaluando su postura.
—¿Tienes todo listo? —preguntó él, con su barítono rasposo y espeso.
—Todo listo —respondió Irina, acomodándose en el asiento de cuero y sosteniéndole la mirada con firmeza—. Mi madre tiene ropa y los documentos esenciales están conmigo.
Damian le dedicó una leve sonrisa de satisfacción, esa mirada ladina que demostraba lo mucho que le gustaba su temple de acero. Estiró su mano grande y la colocó sobre la rodilla de Irina, dándole un apretón firme y posesivo que le erizó la piel.
—Acaban de informarme que el jet médico ya despegó de Múnich con tus padres a bordo. El vuelo está programado para aterrizar en la pista privada de Roma en cuarenta minutos. Vamos directo hacia allá. La ambulancia de alta complejidad ya está en posición.
Irina soltó un suspiro largo, sintiendo cómo el último rastro de tensión en su pecho se disolvía ante la certeza de que su padre estaba a salvo en el aire. Miró la mano de Damian sobre su pierna y luego lo miró a él, con los ojos oscuros brillando con una intensidad renovada.
—Gracias, Damian —dijo en un susurro sincero, usando su nombre sin barreras corporativas—. Te prometo que no te vas a arrepentir de haber hecho esto por mí.
—Sé que no lo haré, preciosa —replicó él, acercándose un poco más, su aroma a tormenta volviéndose denso y envolvente dentro del auto en movimiento—. Pero mantén la guardia alta. En cuanto el viejo Rivera y Vittoria se enteren de que usé los recursos médicos de la familia Galo para salvar a tu padre, van a entender que te has convertido en mi prioridad. Y la guerra en Roma se va a poner muy sucia.