La vida nunca fue fácil para Verónica Castillo. Desde niña aprendió a crecer entre ausencias y silencios, creyendo que algún día el amor le daría el hogar que siempre soñó. Por eso, cuando decidió formar una familia con Héctor, pensó que por fin había encontrado su lugar en el mundo.
Pero los sueños también pueden romperse.
Entre infidelidades, desprecios y promesas vacías, Verónica terminó atrapada en una vida donde el amor dejó de existir. Hasta que una noche, cansada de las heridas y pensando en el futuro de sus dos hijos, tomó la decisión más difícil de todas: marcharse y empezar de nuevo.
Con Samuel y Rodrigo como su única fuerza, Verónica deberá reconstruir su vida desde cero, enfrentándose a sus miedos, a un pasado que insiste en perseguirla y a un hombre que solo entenderá lo que perdió cuando ya sea demasiado tarde.
Porque a veces la vida primero te rompe… para después enseñarte a renacer.
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Domingo.
El domingo amaneció diferente. No había prisa, no había fogón encendido desde la madrugada, ni el corre corre de los días anteriores. Solo el sonido tranquilo del barrio despertando poco a poco, el canto lejano de algún gallo y el murmullo de una brisa suave que se colaba por la ventana.
Verónica abrió los ojos despacio, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que su cuerpo no estaba tan pesado. Giró la cabeza y miró a sus hijos, dormidos aún, abrazados entre ellos sobre la cama que tanto había tardado en conseguir.
Sonrió.
—Gracias, Dios por este nuevo día… —susurró, llevándose una mano al pecho.
Se levantó con cuidado, recogió un poco la habitación, organizó la ropa en las cajas que aún hacían de “closet” y luego salió a lavar. El agua fría le recorrió las manos, pero no le molestó. Ese día todo se sentía más liviano.
Un rato después volvió al cuarto.
—Mis amores… —dijo con dulzura, tocando suavemente a Samuel—. Despierten, que hoy vamos a salir.
Samuel abrió los ojos primero.
—¿A dónde, mami?
—Al centro… vamos a comprar unas cositas.
Rodrigo se incorporó de golpe.
—¿De verdad? ¿Vamos a salir?
—Sí, mi vida —respondió ella sonriendo—. Pero primero a alistarse.
Los niños se levantaron emocionados, y aunque la ropa no era nueva, se arreglaron con entusiasmo. Para ellos, ese simple plan ya era una fiesta.
...
El mototaxi los dejó en el centro. El sol caía fuerte, el ruido de la gente, los vendedores, los carros… todo era movimiento. Verónica caminaba con sus hijos de la mano, observando precios, comparando, contando mentalmente cada peso.
Entraron a una tienda.
—Mira, mami… —dijo Rodrigo señalando un juguete más grande de lo que podían pagar—. Yo quiero ese…
Verónica se agachó frente a él, acariciándole el rostro.
—Mi amor… ese está un poquito caro para nosotros ahora… pero mira estos —tomó otros más pequeños—. También están bonitos, ¿sí?
Rodrigo hizo un pequeño puchero.
Samuel intervino, poniendo una mano en su hombro.
—Escoge uno de estos, Rodri… igual podemos jugar juntos.
El pequeño dudó… pero al final asintió.
—Bueno…
Verónica sintió un nudo en la garganta, pero sonrió.
—Gracias por entender, mis amores.
Compraron un balón, unos carritos, ropa interior, unas chancletas sencillas y dos conjuntos económicos para cada uno. Nada de marca… pero todo elegido con amor.
Más tarde entraron a una panadería. El olor a pan recién horneado los envolvió.
—¿Qué quieren? —preguntó Verónica.
—Pan de jamón y queso —dijo Samuel.
—¡Yo también! —agregó Rodrigo.
Verónica sonrió.
—Bueno… tres entonces y una poni malta.
Se sentaron en una mesa. Era un momento simple… pero lleno.
—Mami… —dijo Rodrigo con la boca llena—. Esto está rico.
—Sí —respondió ella—. Aprovechen.
Estaban riendo cuando por la puerta del lugar apareció un hombre… y Verónica levantó la mirada sin saber por qué.
Y ahí estaba Adrián.
Entró con una niña de la mano, pequeña, de cabello rizado negro y un vestido amarillo que parecía iluminar todo a su paso.
—¡Papi, helado! —dijo la niña jalándolo con emoción.
Verónica no pudo evitar sonreír.
Adrián levantó la mirada… y sus ojos se encontraron.
Se reconocieron al instante. Una sonrisa suave nació en ambos. Él dudó un segundo… pero decidió acercarse.
—Hola… —dijo con voz tranquila.
—Hola —respondió Verónica.
—¿Cómo estás?
—Bien… ¿y tú?
—Bien… —miró a los niños—. Hola, campeones.
—Hola —respondieron ellos.
—Ella es mi hija —dijo señalando a la niña—. Se llama Sara.
La pequeña sonrió.
—Hola.
—Hola, princesa —respondió Verónica con dulzura—. Ellos son Samuel y Rodrigo.
—¿Quieres ver mi muñeca? —preguntó Sara de inmediato.
Rodrigo se animó.
—¡Y nosotros tenemos un balón!
Los niños conectaron en segundos.
Adrián sonrió.
—¿Les molesta si nos sentamos?
—No… claro que no —respondió Verónica.
Se acomodaron. Dos mesas juntas. Como si el destino hubiera querido eso.
La conversación fluyó natural.
—¿Cómo te fue con los pasteles? —preguntó Verónica.
Adrián se apoyó en la mesa.
—Muy bien… mejor de lo que esperaba. La gente… —hizo una pausa— la gente lo agradeció mucho.
—¿Sí?
—Sí… niños, adultos mayores… muchos no comían bien hace días.
Verónica bajó la mirada, conmovida.
—Qué bonito…
—Lo que ustedes hicieron también lo fue —respondió él—. No todos se toman el tiempo de hacer algo así.
Ella no supo qué decir.
Solo sonrió.
—Gracias…
Hubo un pequeño silencio… de esos cómodos.
Luego Adrián preguntó:
—¿Y el papá de ellos?
Verónica lo miró, sin incomodarse.
—Está… en otro departamento.
Samuel intervino con naturalidad.
—Mi mamá es la que trabaja.
Adrián asintió, entendiendo más de lo que se decía.
—Eres muy valiente —le dijo a Verónica, con sinceridad.
Ella sintió algo en el pecho… algo distinto.
—¿Y la mamá de Sarita?—preguntó Verónica.
—Se fuera a vivir a Venezuela hace como cuatro años. Nos separamos y no quiso quedarse con la niña, así que desde entonces la he tenido yo con ayuda de mi madre.
—Oh, ya veo. Yo no podría separne de mis hijos ni un solo día.
—Eso se nota —dijo Adrián. Se miraron a los ojos y esa chispita volvió a saltar.
Después de un rato, los niños ya jugaban como si se conocieran de toda la vida. Risas, juguetes compartidos, inocencia pura.
—Papi, mira —decía Sara.
—Mami, mira esto —decía Rodrigo.
Y en medio de todo eso… ellos dos se miraban de vez en cuando.
Sin prisa.
Sin presión.
Solo… sintiendo.
—Mami, vamos a llevarles de esas galletas a la abuela —dijo Samuel señalando unas galletas de chispas de chocolate.
—Bueno mi amor, vamos a pedirlas.
Cuando llegó el momento de pagar, Verónica sacó su dinero.
—No, tranquila —dijo Adrián.
—No… no, yo pago lo mío.
—Déjame invitar —insistió él.
Ella dudó.
—Está bien… pero solo esta vez.
—Solo esta vez —repitió él con una pequeña sonrisa.
Al salir, el sol comenzaba a bajar.
—Nos vemos —dijo Adrián.
—Sí… que estén bien.
Sara abrazó a Rodrigo.
—Adiós.
—Adiós…
Samuel levantó la mano.
—Chao.
Y Verónica solo lo miró una última vez.
—Cuídate.
—Tú también.
Mientras caminaban de regreso, Rodrigo dijo:
—Mami… él es bueno.
Samuel asintió.
—Sí.
Verónica no respondió de inmediato. Solo miró al frente… con una pequeña sonrisa que hacía mucho no aparecía así.
Rosa esta novela con esta trama de superación me fascinó te felicito gracias por compartir tu talento con todas las lectoras que Dios te bendiga siempre saludos desde 🇻🇪🤗😘🙏🏻🌷
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bendiciones