Aún siento el frío del metal desgarrando mi piel y el dolor punzante en mi corazón; un dolor que no era por el acero, sino por algo más que aún no logro descifrar. En este limbo, donde no sé si estoy viva o muerta, mi único objetivo es salvar a mi hija y lograr que llegue a este mundo. Soy Amanda Leal, y esta es mi historia... una que apenas comienza con mi final.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo I: El dolor de la traición
La noche se sentía fría, desolada, cargada de un aire denso que amenazaba con romper mi tranquilidad. Miraba fijamente el reloj en la pared, contando los minutos mientras lo esperaba a él... al amor de mi vida: Miguel Maldonado.
Cerré los ojos, refugiándome en el recuerdo de nuestro primer encuentro. En ese entonces, ambos éramos universitarios; él estudiaba Administración de Empresas y yo, Medicina. Jamás imaginé que un Maldonado se fijaría en mí. Ellos eran la familia más poderosa del país, mientras que yo solo era una estudiante becada que intentaba salir adelante.
Sin embargo, el destino nos unió en una noche tan oscura como esta. Cuando me sentía acorralada por las sombras, él apareció, rescatándome de aquellos delincuentes que pretendían hacerme daño.
Él llegó en el momento preciso, cuando yo luchaba por sacarme de encima a uno de esos desgraciados que querían abusar de mí. Todo fue tan rápido, Miguel se enfrentaba a esos sujetos, mientras yo permanecía en un rincón temblando del miedo.
De repente el ruido de golpes y gritos cesaron, me sentí perdida pensando que quizás esos dos ruidofianes habían logrado someter a Miguel; quien se encontraba solo y desarmado y nuevamente mantuve mis ojos cerrados llena de miedo, pero la voz grave de un hombre me hizo reaccionar.
—Eres una completa decepción —, dijo haciendo que abriera los ojos. —Casi muero por ti y tú solo te mantuviste ahí sentada temblandodo como animal acorralado.
Mis ojos se posaron fijamente en los de Miguel, el miedo que había sentido segundos antes se desvaneció y fue precisamente en ese momento cuando mi corazón quedó unido al de él por toda la eternidad.
Se acercó con lentitud, mientras esos dos sujetos nefastos seguían inmóviles en el suelo, Miguel tendió su mano hacia mi. Dude un poco el aceptar, pero algo me decía que confiara, que él nunca me lastimaría.
Finalmente, acepté su amabilidad, tome su mano la cual se sentía cálida y al mismo tiempo firme.
—Gracias —, susurré mientras caminábamos hacia su auto.
Él no dijo nada, solo mantuvo sus pasos firmes, mientras yo solo temblaba por el miedo y el frío que me envolvía.
—Te llevaré a tu casa —dijo, abriendo la puerta de su auto.
Pude ver que sus nudillos están lastimados, sin embargo, él no demostraba tener algún dolor.
—Estás lastimado —, susurré acariciando su mano.
—No es nada —respondió con brusquedad, retirando la mano de mi agarre como si mi tacto le estorbara—. Sube al auto.
Esa noche, a pesar de su frialdad y de sus duras palabras, decidí creer que su actitud era solo el resultado de la adrenalina. Me enamoré de mi salvador, sin saber que, años después, su imponente presencia se convertiría en mi mayor terror.
Un fuerte trueno resonó en el exterior, obligándome a abrir los ojos de golpe. El recuerdo se disipó, dejándome nuevamente sola en la inmensidad de nuestra lujosa sala. Miré el reloj: las dos de la mañana.
Llevé una mano a mi vientre, sintiendo una pequeña patadita en mi interior. Mi pequeña... el único rayo de luz en este matrimonio que se había transformado en mi prisión. Los Maldonado nunca me aceptaron, pero yo había resistido por ella.
De pronto, las luces de un auto iluminaron los grandes ventanales. La puerta principal se abrió con un golpe seco, y por ella entró Miguel. Su traje perfecto estaba ligeramente desarreglado, pero lo que me heló la sangre fue su postura: rígida, imponente, emanando un aura de peligro que jamás le había visto. No se veía cansado; se veía peligrosamente letal.
—¿Qué haces despierta, Amanda? —preguntó. Su voz no era arrastrada por el alcohol, era un susurro frío que cortaba el aire.
—Te estaba esperando, Miguel. Estaba preocupada...
—Ahorrate las mentiras —me interrumpió, dando un paso firme hacia mí. Sus ojos, usualmente indescifrables, brillaban con una furia contenida que me hizo retroceder—. Sé perfectamente lo que has estado haciendo a mis espaldas. Sé quién eres realmente.
Me quedé paralizada. No entendía a qué se refería, pero la seguridad y la fuerza con la que lo decía no daban espacio a réplicas. El hombre que tenía enfrente no era un títere de sus padres; era un Maldonado en su estado más puro y despiadado, listo para destruir lo que consideraba una traición.
—¿De qué estás hablando, Miguel? ¡No he hecho nada! —alcancé a decir, mientras el aire se me escapaba de los pulmones. Mi mano se posó instintivamente sobre mi vientre, protegiendo a nuestra hija.
Él no gritó. Su furia era silenciosa, lo que la hacía mil veces más aterradora. Sacó un sobre de su saco y lo arrojó sobre la mesa de centro con desprecio.
—No vuelvas a mirarme con esa cara de inocencia. Las pruebas no mienten, Amanda. Me traicionaste de la peor manera, a mí y a mi familia. Y un Maldonado jamás perdona una traición.
Quise acercarme, quise tomar el sobre para entender qué locura estaba pasando, pero él me dio la espalda de forma tajante. Su imponente silueta se dirigió hacia la puerta.
—Quédate aquí. No intentes salir, no intentes llamar a nadie. Mañana mismo me encargaré de que pagues por cada una de tus acciones.
La puerta se cerró con un eco seco, rotundo. Escuché el rugido del motor de su auto alejándose a toda velocidad por el camino de piedra. Miguel se había ido, dejándome atrapada en una pesadilla que no comprendía, consumida por el miedo y la confusión.
¿Qué le habían dicho? ¿Qué pruebas tenía?
No pasaron ni diez minutos cuando el silencio de la casa se rompió. No fue el motor del auto de Miguel regresando. Fueron pasos extraños, rápidos y amortiguados en el pasillo principal.
Antes de que pudiera ponerme en pie, la puerta de la sala se abrió de golpe. Dos siluetas oscuras, con los rostros cubiertos, irrumpieron en el lugar. No mediaron palabra. No venían a robar; sus movimientos eran fríos, calculados, precisos. Los reconocí de inmediato: eran los rostros sin nombre de los hombres que trabajan para la seguridad de la familia Maldonado. Los mismos que obedecían ciegamente las órdenes del patriarca... o de Miguel.
Traté de correr, pero uno de ellos me alcanzó con facilidad, acorralándome contra la pared.
—Órdenes del señor Maldonado —susurró una voz áspera cerca de mi oído.
Y entonces, el dolor llegó.
Aún siento el frío del metal desgarrando mi piel, el dolor punzante en mi corazón, aunque no era el dolor del acero, era algo más que aún no logro descifrar: era la certeza de que el hombre que una vez me rescató de la oscuridad, me estaba hundiendo en ella para siempre.
En este momento en el que no sé si estoy viva o muerta, rodeada por un charco de mi propia sangre mientras la oscuridad me reclama, mi único objetivo es salvar la vida de mi hija. Que logre llegar a este mundo.
Soy Amanda Leal, y esta es mi historia... la historia de cómo renací para vengarme del hombre que juró amarme.
Andrés debes hablarle más directo
te quiero te amo seamos una familia y un matrimonio real, necesita palabras más directas porque ella solo ve tu venganza y ella siendo una pieza 🤦🤦
ya va siendo hora 🫣🫣🫣
dos meses
que perro traidor 😡😡😡
espero que cuando te quites la venda de los ojos solo sea para ver la felicidad de Amanda