NovelToon NovelToon
BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5 LAS COSAS QUE MATEO CALLA

La primera señal no llegó en forma de una confesión.

No hubo una fotografía encontrada en un teléfono.

No hubo una mujer llamando a la puerta.

No hubo un mensaje que dijera claramente: “Te estoy engañando.”

La primera señal fue mucho más pequeña.

Una factura.

Una cantidad de dinero.

Un nombre que Lucía no reconocía.

Y, sobre todo, una explicación que no encajaba.

Todo comenzó un lunes por la tarde.

Lucía había salido de la oficina unos minutos después de las seis. El día había sido pesado. Habían recibido varios pedidos atrasados y su jefe llevaba horas reclamando por unos documentos que, en realidad, había enviado otra persona.

Llegó a la parada del autobús cansada.

Sacó el teléfono.

Tenía un mensaje de Mateo.

“Hoy no puedo pasar por ti. Tengo que resolver algo.”

Lucía frunció el ceño.

Habían quedado en encontrarse.

Ella había planeado comprar algunas cosas para la boda.

Respondió:

“¿Todo bien?”

La respuesta llegó después de unos minutos.

“Sí. Solo trabajo.”

Lucía guardó el teléfono.

Últimamente todo parecía ser trabajo.

Trabajo.

Reuniones.

Llamadas.

Problemas.

Cosas que nunca podía explicar del todo.

Pero no quería convertirse en una novia desconfiada.

Así que subió al autobús.

Y trató de no pensar en ello.

Cuando llegó a casa, encontró a Teresa revisando unas cuentas sobre la mesa.

—¿Qué haces?

—Calculando.

—¿Qué?

—Cuánto vamos a gastar este mes.

Lucía dejó el bolso.

—¿Y?

—No alcanza.

Lucía suspiró.

—¿Otra vez?

—Sí.

Teresa empujó las hojas hacia ella.

—La luz subió.

—¿Cuánto?

—Poco.

—Entonces no es grave.

—También vino el recibo del agua.

—Lo pago yo.

—No.

—Mamá.

—Tu boda está cerca.

—Eso no significa que no pueda ayudar.

Teresa la miró.

—Quiero que guardes tu dinero.

—Lo hacemos las dos.

—No.

Lucía se sentó.

—Mamá.

Teresa sonrió.

—Está bien.

La conversación continuó.

Números.

Gastos.

Comida.

Transporte.

El alquiler.

Una reparación.

Cosas normales.

Lucía tomó una calculadora y comenzó a hacer cuentas.

Era buena para eso.

No porque disfrutara de los números.

Sino porque había aprendido a tratar con ellos desde pequeña.

Cuando terminó, levantó la mirada.

—Podemos ajustarlo.

—¿Cómo?

—Este mes reduzco algunos gastos.

—No.

—Mamá.

—Ya estás gastando demasiado con la boda.

—La boda no es solo mía.

—Pero el vestido.

—No es tan caro.

Teresa sonrió.

—Eso dices ahora.

Lucía se rio.

—Bueno, quizá un poco.

En ese momento se abrió la puerta.

Era Roberto.

—Buenas noches.

—Hola, papá.

Roberto dejó las llaves.

—¿Ya cenamos?

—Todavía no —respondió Teresa.

—Me muero de hambre.

Diego apareció detrás.

—Yo también.

Lucía sonrió.

—Entonces preparen la mesa.

—¿Quién cocina?

—Mamá.

Teresa lo miró.

—¿Y por qué yo?

—Porque yo no sé.

—Aprende.

—Tengo veinte años.

—Precisamente.

Todos rieron.

Era otra noche normal.

Otra conversación cualquiera.

Otra cena.

Y todavía nadie sospechaba cuánto iba a cambiar aquella casa.

A las ocho y media, Mateo llamó.

Lucía contestó.

—Hola.

—Hola.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Terminaste?

—Más o menos.

—¿Qué significa eso?

—Que todavía tengo algunas cosas pendientes.

—¿Vas a llegar tarde?

—Sí.

Lucía guardó silencio.

—No pasa nada —dijo él.

—No dije que pasara algo.

—Te escuché.

—¿Escuchaste qué?

—Tu silencio.

Lucía sonrió.

—Estoy cansada.

—Lo siento.

—Está bien.

—Mañana sí paso por ti.

—Está bien.

Hubo una pausa.

—Te extraño.

Lucía cerró los ojos.

—Yo también.

—Te amo.

—Yo también.

Colgaron.

Lucía se quedó mirando el teléfono.

Sentía alivio.

Cada vez que hablaba con Mateo, sus dudas desaparecían.

Era extraño.

Pero también era importante.

Porque una parte de ella quería creer que todo estaba bien.

Y cuando alguien que amas te da una explicación que deseas creer, a veces eliges esa explicación aunque existan otras posibilidades.

Al día siguiente, Lucía salió temprano de la oficina.

Había quedado con Mateo para revisar el presupuesto de la boda.

Esperó cuarenta minutos.

Él no llegó.

Le escribió.

No respondió.

Lo llamó.

Nada.

A las siete y diez recibió un mensaje.

“Perdón. Se complicó todo.”

Lucía apretó los labios.

Escribió:

“¿Otra vez?”

No hubo respuesta.

Regresó a casa.

Esa noche apenas hablaron.

Mateo la llamó cerca de las diez.

—Lo siento.

—Está bien.

—No pude salir.

—Entiendo.

—No quiero que estés molesta.

—No estoy molesta.

—Sí lo estás.

Lucía suspiró.

—Un poco.

—Te compensaré.

—No necesito que me compenses.

—Entonces ¿qué necesitas?

Lucía tardó unos segundos.

—Que seas claro conmigo.

Silencio.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

—Lucía.

—Solo digo que últimamente tienes demasiadas cosas.

Mateo respiró profundamente.

—Estoy tratando de arreglar algunas cuestiones antes de casarnos.

Ella se quedó quieta.

—¿Qué cuestiones?

—Trabajo.

—¿Problemas?

—No exactamente.

—Entonces ¿qué?

—Deudas.

Lucía frunció el ceño.

—¿Deudas?

—Sí.

—¿Cuánto?

—No es tanto.

—Mateo.

—No quiero preocuparte.

—Si vamos a casarnos, debería saberlo.

Él guardó silencio.

—¿Cuánto?

—Unas cosas pendientes.

—Eso no es una cantidad.

—Lucía...

—No estoy intentando controlarte.

—Lo sé.

—Solo quiero saber.

Mateo respondió finalmente:

—No mucho.

—¿Cuánto?

Otra pausa.

—Unos seis mil.

Lucía sintió que algo le caía en el estómago.

—¿Seis mil?

—Sí.

—¿Soles?

—Sí.

Lucía se quedó pensando.

Seis mil no era una cantidad imposible.

Pero tampoco era pequeña para ellos.

—¿A quién le debes?

Mateo no respondió.

—Mateo.

—Es una deuda del trabajo.

—¿Cómo que del trabajo?

—No quiero hablar de eso por teléfono.

Lucía cerró los ojos.

—Está bien.

—Mañana hablamos.

—Sí.

La conversación terminó.

Lucía no pudo dormir.

Seis mil.

Una deuda.

Un asunto del trabajo.

¿Por qué no se lo había contado antes?

Intentó convencerse de que aquello era simplemente un problema que podía solucionarse.

Pero algo no encajaba.

Al día siguiente, Mateo llegó a casa de Lucía.

Traía una expresión cansada.

Teresa estaba en la cocina.

Roberto había salido.

Diego estudiaba.

Lucía llevó a Mateo a la sala.

—Cuéntame.

Mateo se sentó.

—No es tan grave como parece.

—Entonces explícame.

—Hace unos meses hubo un problema con unos pagos.

—¿Qué tipo de problema?

—Un error administrativo.

—¿Y por qué tú debes seis mil?

Mateo se quedó callado.

—No los debo exactamente.

Lucía frunció el ceño.

—¿Entonces?

—Tengo que responder por una diferencia.

—¿Qué diferencia?

—Dinero.

—Eso ya lo entendí.

—Fue un asunto complicado.

—Mateo.

Él se pasó la mano por el rostro.

—Hubo un movimiento que no estaba bien registrado.

—¿Y tú lo hiciste?

—No.

—Entonces ¿por qué eres responsable?

—Porque yo estaba encargado de esa parte.

Lucía lo miró.

—¿Y la empresa no se hace responsable?

—No quieren.

—¿Y tú aceptaste?

—No tenía opción.

Lucía se quedó pensando.

—¿Ya pagaste algo?

—Sí.

—¿Cuánto?

—Dos mil.

—¿Con qué dinero?

Mateo evitó su mirada.

Lucía sintió una pequeña alarma.

—¿Pediste un préstamo?

—Sí.

—¿A quién?

—A un amigo.

—¿Qué amigo?

—No lo conoces.

—¿Cómo se llama?

Mateo la miró.

—¿Por qué necesitas saber su nombre?

La pregunta la sorprendió.

—Porque te prestó dinero.

—No es importante.

Lucía guardó silencio.

—Está bien.

—Lucía.

—¿Qué?

—No quiero que pienses mal de mí.

Ella lo miró.

—No pienso mal de ti.

—Pero preguntas demasiado.

Lucía sintió una punzada.

—Pregunto porque vamos a casarnos.

—Lo sé.

—Entonces no debería molestarte.

Mateo bajó la mirada.

—No me molesta.

—Parece que sí.

Él se acercó y tomó sus manos.

—Perdóname.

Lucía lo miró.

—Solo necesito que seas sincero conmigo.

—Lo soy.

Ella respiró.

—Está bien.

Otra vez.

La misma sensación.

Una parte de ella dudando.

Otra parte queriendo confiar.

Ganó la segunda.

Como casi siempre.

Una semana después, Lucía fue a la pequeña tienda donde compraban algunas cosas para la boda.

Había acordado con Mateo comprar bebidas y parte de la decoración.

Mientras esperaba, revisó los precios.

El teléfono vibró.

Era una notificación bancaria.

Lucía abrió la aplicación.

Había una transferencia de su cuenta.

Ella frunció el ceño.

No reconocía el movimiento.

Era una suma pequeña.

No demasiado.

Pero no la había realizado ella.

Revisó nuevamente.

Transferencia realizada.

La fecha era de dos días atrás.

Lucía sintió una presión en el pecho.

Volvió a mirar.

El destinatario aparecía con un nombre que no conocía.

V. R.

Lucía se quedó inmóvil.

No tenía idea de quién era.

Llamó al banco.

Le explicaron que la operación había sido realizada desde un dispositivo registrado.

Un dispositivo que, según el sistema, había sido utilizado anteriormente.

Lucía pensó.

Su teléfono.

Su computadora.

Y entonces recordó algo.

Meses atrás había cambiado de teléfono por un problema técnico.

Mateo la había ayudado a instalar la aplicación bancaria.

Había sido él quien configuró algunas cosas.

Lucía sintió un pequeño escalofrío.

Pero inmediatamente buscó una explicación.

Quizá había sido un pago que habían hecho juntos.

Quizá era un error.

Quizá...

Entonces vio la cantidad.

No era grande.

Pero era suficiente para que alguien pudiera pensar que no valía la pena discutir.

Tomó una captura.

Le escribió a Mateo.

“¿Reconoces este nombre?”

No obtuvo respuesta.

Pasaron diez minutos.

Veinte.

Treinta.

Finalmente respondió:

“¿Qué nombre?”

Lucía envió la imagen.

El mensaje quedó visto.

No hubo respuesta durante varios minutos.

Luego:

“Debe ser un error.”

Lucía escribió:

“¿Sabes quién es?”

Esta vez tardó más.

“No.”

Lucía observó la pantalla.

Algo dentro de ella se tensó.

Porque había visto el cambio.

La demora.

La respuesta demasiado breve.

Y aquella extraña sensación de que Mateo estaba intentando decidir qué decir.

Esa noche él fue a su casa.

Lucía lo esperaba.

—Necesito hablar contigo.

Mateo dejó las llaves.

—¿Qué pasa?

—La transferencia.

—Ya te dije que no sé.

—¿Seguro?

—Sí.

Lucía sacó el teléfono.

—V. R.

—No conozco esas iniciales.

—¿Ninguna persona con esas iniciales?

—No.

—¿Valentina?

Mateo se quedó inmóvil.

Solo un segundo.

Pero Lucía lo vio.

—¿Quién es Valentina? —preguntó.

Mateo reaccionó.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque lo pensaste.

—No.

—Sí.

—Lucía.

—¿Quién es?

Mateo respiró profundamente.

—Una persona de la empresa.

—Entonces sí la conoces.

—Sí.

—¿Y por qué dijiste que no?

—Porque no entendí a quién te referías.

Lucía lo observó.

—¿Valentina Ríos?

Mateo tardó en responder.

—Sí.

—¿Te suena?

—Sí.

—¿Y por qué recibió dinero de mi cuenta?

—No sé.

—Mateo.

—No sé.

—¿Hablas con ella?

—A veces.

—¿A veces?

—Por trabajo.

—¿Entonces por qué no me habías hablado de ella?

Mateo levantó la voz ligeramente.

—¡Porque no es importante!

Lucía se quedó callada.

Nunca le había hablado así.

No directamente.

No de esa manera.

Mateo pareció arrepentirse inmediatamente.

—Perdón.

Lucía bajó la mirada.

—Está bien.

—Estoy estresado.

—Lo sé.

—No quiero discutir.

—Yo tampoco.

—Confía en mí.

Lucía cerró los ojos por un instante.

Otra vez.

La misma frase.

Confía en mí.

La dijo con una ternura que casi logró destruir todas sus dudas.

—Está bien —murmuró ella.

Mateo la abrazó.

Lucía permaneció inmóvil durante unos segundos.

Después le devolvió el abrazo.

Pero esta vez no sintió la misma seguridad.

Había aparecido una pequeña distancia.

Invisible.

Pero real.

Dos días después, Lucía recibió una llamada.

Era de su banco.

Le preguntaron si reconocía otra operación.

Ella abrió sus registros.

Había otra transferencia.

Esta vez, el monto era diferente.

El destinatario también.

Lucía sintió frío.

No había hecho ninguna de las dos.

Y ambas se habían realizado desde el mismo dispositivo.

Su corazón comenzó a latir rápido.

Recordó cómo Mateo había configurado la aplicación.

Recordó que, durante unos días, había tenido acceso a su teléfono cuando ella estaba en el trabajo.

No quería pensar lo peor.

Pero ya no podía ignorarlo.

Esa noche, abrió su computadora.

Revisó sus movimientos.

Había pequeños gastos que no recordaba.

No eran grandes.

Un pago aquí.

Otro allá.

Cantidades que podían confundirse con cualquier compra cotidiana.

Pero juntos mostraban algo.

Alguien había estado utilizando su cuenta.

Lucía sintió miedo.

No de perder dinero.

Del significado.

Si Mateo realmente había usado su cuenta, ¿por qué?

¿Para pagar una deuda?

¿Para ayudar a alguien?

¿Para ocultar algo?

Se quedó sentada frente a la pantalla.

Y entonces recordó algo.

Una frase de Teresa:

“El problema no es equivocarse. El problema es tener que esconder el error.”

Lucía cerró la computadora.

No quería acusarlo.

No todavía.

Necesitaba saber la verdad.

Por primera vez desde que conocía a Mateo, decidió que tendría que observar antes de hablar.

Los días siguientes fueron extraños.

Mateo continuaba comportándose con normalidad.

La llamaba.

Le decía que la amaba.

Hablaba de la boda.

Incluso hizo bromas sobre el futuro.

Pero Lucía comenzó a notar cosas.

Cuando sonaba su teléfono, salía de la habitación.

Cuando ella preguntaba por el trabajo, cambiaba de tema.

Cuando hablaban de dinero, parecía ponerse nervioso.

Y había algo todavía más extraño.

A veces miraba a Lucía como si quisiera decirle algo.

Pero nunca lo hacía.

Una noche estaban sentados en el automóvil.

Habían ido a comprar algunas cosas para la boda.

Mateo estaba en silencio.

Lucía lo miró.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Otra vez.

—No pasa nada.

—Me estás mintiendo.

Mateo la miró sorprendido.

—¿Qué?

Lucía se arrepintió inmediatamente.

—No sé.

—¿Por qué dices eso?

—Porque últimamente siento que hay algo que no me estás contando.

Mateo permaneció en silencio.

No discutió.

No se enojó.

Solo miró hacia adelante.

—Lucía...

Ella esperó.

—Hay cosas que no puedo explicarte todavía.

El corazón de Lucía dio un pequeño golpe.

—¿Por qué?

—Porque intento solucionar algo.

—¿Qué?

—No quiero involucrarte.

—Ya estoy involucrada si vamos a casarnos.

Mateo cerró los ojos.

—Lo sé.

—Entonces dime.

Él la miró.

Durante unos segundos pareció dispuesto a hablar.

Pero finalmente negó con la cabeza.

—Pronto.

—¿Cuándo?

—Pronto.

Lucía bajó la mirada.

Aquella palabra la acompañaría durante semanas.

Pronto.

Como si la verdad pudiera posponerse.

Como si los secretos pudieran esperar.

Como si el tiempo fuera un aliado.

Aquella noche, Lucía abrió nuevamente su cuaderno.

No escribió sobre la boda.

No escribió sobre la lista de invitados.

No escribió sobre el vestido.

Por primera vez escribió otra cosa.

Mateo está ocultando algo.

Se quedó mirando la frase.

Luego agregó:

No sé qué.

Y después de unos segundos escribió:

Necesito descubrirlo.

Cerró el cuaderno.

Lo guardó.

No sabía todavía que aquella decisión cambiaría su vida.

Porque desde ese momento ya no sería únicamente una mujer que esperaba casarse.

También se convertiría, sin saberlo, en alguien que estaba comenzando a buscar respuestas.

Y las respuestas que encontraría no serían las que esperaba.

Aquella misma noche, Mateo estaba con Valentina.

No en un lugar romántico.

No como dos personas enamoradas.

Estaban sentados en una cafetería casi vacía, en una mesa apartada.

Valentina parecía nerviosa.

—Esto ya no puede seguir así.

Mateo miró hacia la puerta.

—Baja la voz.

—Estoy cansada.

—Yo también.

—Entonces termina con esto.

Mateo la miró.

—No es tan fácil.

—Para mí sí.

—No entiendes.

—Entiendo perfectamente.

Valentina sacó un sobre de su bolso.

Lo dejó sobre la mesa.

—Toma.

Mateo no lo tocó.

—¿Qué es?

—Lo que me pediste.

Mateo miró el sobre.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Alguien te vio?

—No.

Mateo lo tomó.

Valentina lo miró fijamente.

—¿Qué vas a hacer con ella?

Mateo no respondió.

—Mateo.

Él guardó el sobre.

—Nada que te afecte.

Valentina soltó una risa amarga.

—Eso dijiste la primera vez.

Mateo se quedó callado.

—¿Ella sabe algo?

—No.

—¿Lucía?

—No.

—¿Y la boda?

Mateo miró hacia la ventana.

—La boda sigue.

Valentina bajó la mirada.

—Entonces estás loco.

Mateo no respondió.

Porque, por primera vez, incluso él estaba empezando a creerlo.

En su casa, Lucía dormía.

El cuaderno azul descansaba dentro del cajón.

La frase seguía allí:

Mateo está ocultando algo.

Ella todavía no sabía que la verdad estaba mucho más cerca de lo que imaginaba.

Tampoco sabía que había otra mujer.

No sabía qué significaban las iniciales.

No sabía qué había dentro del sobre que Mateo acababa de guardar.

No sabía quién estaba detrás de las amenazas.

No sabía por qué su nombre aparecía vinculado a cosas que nunca había hecho.

Todavía no.

Pero la felicidad tiene una manera cruel de desaparecer.

No se apaga de golpe.

Primero pierde un poco de brillo.

Después aparece una grieta.

Luego una segunda.

Y un día, cuando finalmente miras alrededor, descubres que la vida que creías sólida llevaba mucho tiempo sosteniéndose sobre algo que ya estaba roto.

Lucía todavía estaba parada sobre aquella superficie.

Todavía sonreía.

Todavía amaba.

Todavía planeaba su boda.

Pero debajo de sus pies, sin que pudiera verlo, la verdad ya comenzaba a moverse.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play