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El capitán que perdió el control por mí

El capitán que perdió el control por mí

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Aventura de una noche / Amor-odio / Completas
Popularitas:13.5k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

...Val....

Tres tequilas.

Eso llevaba cuando lo vi entrar.

O cuatro. Ya no sé. Después del segundo dejé de contar porque la voz de Luciano no paraba de repetirse en mi cabeza.

«Estás loca, Valentina. Siempre lo has estado.»

«Nadie te va a aguantar. Sin mí no eres nada.»

Me tomé lo que quedaba en el vaso de un trago. Ardió. Bien. Prefería eso a seguir sintiendo la humillación pegada a la garganta como algo que no puedes tragar ni escupir.

Bar Vuelo Nocturno. Jueves. Medio vacío. Me daba igual. Lo único que quería era emborracharme hasta que la cara de Luciano se borrara de mi memoria junto con las capturas de pantalla que Camila me mandó.

—Otro —le dije al barman, golpeando el vaso contra la barra.

Me sirvió sin preguntar. Bien.

Tres años con Luciano Reyes. Tres años con un tipo que no era ni bueno ni malo. Era nada. Como un mueble caro que está ahí y te acostumbras.

Pero hoy descubrí que el mueble hablaba de mí a mis espaldas.

Camila, mi media hermana, me metió al grupo de WhatsApp de los amigos de Luciano. Dos minutos. Me bastaron para leer todo.

«La Valentina está cada vez peor de la cabeza, ¿no? Ayer se puso a llorar porque se le quemó el arroz. Yo creo que en serio necesita un psiquiátrico.»

«Jajajaja y tú por qué sigues con ella bro?»

«Pues ya sabes, es que es Mendoza. Si la dejo, el viejo me quita el contrato.»

«Ah o sea que estás con ella por el billete del papá?»

«Digamos que es un paquete: la loca viene incluida con la firma. Igual tampoco es que sea fea, algo hay que aprovechar jajaja.»

Camila me sacó del grupo antes de que pudiera escribir nada. Después me llamó con su voz de víbora buena.

—Ay, perdón hermanita, no sabía que te iban a agregar, qué horrible lo que dijo Luciano, ¿verdad?

Lo hizo a propósito. Como todo lo que hace. Pero eso ya daba igual. Lo que importaba eran esas palabras en burbujas grises que veía cada vez que cerraba los ojos.

Loca. Paquete. Algo hay que aprovechar.

Levanté el vaso.

—Por los hombres honestos —brindé sola—. Los tres que existen en el mundo y que no me tocaron a mí.

—Cuatro, contándome a mí.

Esa voz. La habría reconocido en cualquier parte. Borracha, sobria, en medio de un terremoto. Hay voces que se te meten en el cuerpo y se quedan ahí, en un lugar que no es la memoria sino algo más abajo, más animal.

Giré en el taburete.

Sebastián del Fuego.

No podía ser. De todos los bares de esta ciudad, mi compañero de pupitre del bachillerato —el tipo más arrogante, irritante y ridículamente guapo que había conocido en mi vida— estaba parado a medio metro de mí, con chamarra de cuero negra y la misma sonrisa de mierda que tenía a los diecisiete.

—¿Mendoza? —Me reconoció. La sorpresa le duró dos segundos y después vino la diversión—. Valentina Mendoza. No me jodas.

—Del Fuego. —Lo dije como si su apellido fuera una grosería.

—¿Estás bebiendo sola un jueves? —Se sentó a mi lado sin pedir permiso. Así era él. Sebastián del Fuego no pedía permiso para meterse en tu espacio—. Eso es nuevo. La Valentina que yo recuerdo no tomaba ni agua sin gas.

—Esa Valentina tenía diecisiete años. Han pasado cosas.

—Se nota —dijo, y me recorrió con los ojos de una forma que sentí en la piel.

Lo miré de vuelta porque no soy cobarde. Ya no era el flaco alto que me robaba el primer lugar en los exámenes. Era más ancho, más duro de mandíbula, más oscuro en la mirada. Había algo en él que antes no estaba. O que yo era muy chica para notar.

—¿Qué haces aquí? —pregunté. El barman le puso un whisky sin que lo pidiera, lo que me dijo que venía seguido.

—Descanso entre vuelos. —Se llevó el vaso a la boca—. ¿Y tú? ¿Celebras o te ahogas?

—Lo segundo.

—¿El novio?

No contesté. Mi silencio dijo todo.

—Entiendo —dijo, y por primera vez la arrogancia se le bajó de la voz—. A veces necesitas un lugar donde nadie te conozca.

—Tú me conoces.

—No. —Me miró a los ojos y algo cambió en el aire—. Te conocía. Hace diez años. La que eres ahora no la conozco.

—Mejor. No te caería bien.

—Ya no me caías bien antes y aún así no podía quitarte los ojos de encima.

El calor me subió a la cara. O fue el tequila, o fue lo que dijo, no sé. Lo miré esperando el sarcasmo, la burla. Pero tenía los ojos serios.

Nos quedamos así. Mirándonos. Diez años de distancia y sin embargo estar frente a él se sentía como algo que mi cuerpo reconocía aunque mi cabeza dijera que no.

No sé quién se acercó primero. Yo estaba borracha y sin filtros. Él nunca fue de los que esperan.

Lo que sí sé es que cuando nos besamos, no fue bonito. Fue un choque. Él sabía a whisky, yo a tequila y a decisiones que iba a lamentar. Me agarró la cara con las dos manos y me besó como si tuviera diez años de ganas acumuladas, y yo le devolví el beso con la misma fuerza porque en ese momento me daba igual todo: Luciano, Camila, mi padre, mi vida entera.

—Esto es una pésima idea —dije contra su boca.

—Pésima —dijo él, y me apretó la cintura.

—Te odio, Del Fuego.

—Lo sé, Mendoza.

Y nos fuimos del bar.

El hotel estaba a dos cuadras. No hablamos en el camino. Su mano estaba en mi espalda baja y yo sentía el calor de sus dedos a través de la tela como si me estuviera quemando.

La puerta de la habitación apenas se cerró y ya me tenía contra la pared. Me besó el cuello, la mandíbula, ese punto detrás de la oreja que me aflojó las rodillas. Sus manos me recorrieron por encima de la ropa, la cintura, las caderas, subiendo por los costados, y cada lugar que tocaba se me encendía la piel.

—Espera —dije, pero mis manos ya le estaban quitando la chamarra.

—¿Quieres que pare? —Su boca estaba en mi clavícula. Su voz vibró contra mi piel.

—No.

Me quitó la blusa por la cabeza. Me miró. Nadie me había mirado así antes — no como Luciano, que me miraba como quien revisa una compra. Seb me miraba como si estuviera memorizando cada centímetro.

—Deja de mirarme así —murmuré.

—¿Así cómo?

—Así.

No dejó de mirarme. Me recorrió la boca con el pulgar, despacio, y el gesto fue tan íntimo que sentí más desnudez ahí que en estar sin blusa frente a él.

Le quité la camisa. Tenía el pecho duro, la piel caliente, una cicatriz pequeña debajo de las costillas que quise tocar y toqué. Él cerró los ojos un segundo cuando mis dedos pasaron por ahí, como si le doliera, pero no de dolor.

Me cargó. Así de fácil, como si no pesara nada. Mis piernas se enredaron en su cintura por instinto y me llevó a la cama sin dejar de besarme. El colchón me recibió en la espalda y el peso de su cuerpo encima del mío me sacó el aire de los pulmones.

Se tomó su tiempo. Eso fue lo que más me desarmó. Luciano siempre tenía prisa, como si el sexo fuera una casilla más que tachar en su lista de pendientes. Seb no. Seb me besó el estómago, la curva de la cadera, el interior del muslo, y cada beso era lento, húmedo, deliberado. Como si estuviera aprendiendo mi cuerpo con la boca.

—Del Fuego —dije, y mi voz ya no sonaba a mí—. Apúrate.

—No.

—Te odio.

—Ya me dijiste.

Su boca bajó más y yo dejé de hablar.

Cuando por fin estuvo dentro de mí, solté un ruido que no sabía que podía hacer. Él me tapó la boca con la suya y empezó a moverse despacio, demasiado despacio, hasta que le clavé las uñas en la espalda y le dije al oído que dejara de torturarme.

No dejó de torturarme. Cambió de ritmo sólo cuando quiso, y cada vez que yo estaba a punto de llegar él paraba, me miraba con esos ojos oscuros y volvía a empezar. Como si supiera exactamente dónde estaba mi límite y se divirtiera llevándome hasta ahí para después retroceder.

—Eres un maldito —le dije, y se rió contra mi cuello.

Cuando me dejó terminar, fue con todo el cuerpo. Me arqueé contra él, apreté los ojos, le clavé los dedos en los hombros y sentí que algo se rompía dentro de mí que no tenía nada que ver con el sexo. Era más grande que eso. Era soltar algo que llevaba cargando mucho tiempo.

Él terminó después, con la cara hundida en mi cuello, respirando pesado, diciéndome algo que no alcancé a escuchar pero que sentí en la piel como una marca.

Nos quedamos así. Sudados, jadeando, enredados. Su mano me hacía círculos en la cadera con el pulgar y yo tenía la cara contra su pecho escuchando cómo se le normalizaba el corazón.

No hablamos. No hacía falta.

Me dormí sin darme cuenta. Y la última cosa que registré fue su boca en mi pelo y su brazo apretándome contra él como si alguien pudiera venir a quitarme.

Desperté con el sol en la cara.

Me dolía todo. La cabeza, el cuerpo, partes que no sabía que podían doler así. La boca me sabía a arrepentimiento con tequila.

Giré. La cama estaba vacía. Sólo la marca de su cuerpo en la almohada. Y una nota en la mesita de noche.

Un número de teléfono con letra firme. La misma caligrafía que tenía en el bachillerato. Abajo, una línea:

«Para cuando dejes de mentirte. — S.»

La miré cinco segundos.

La hice pedazos, me vestí con lo que me quedaba de dignidad y salí de ahí sin mirar atrás.

Fue una noche. El tequila tuvo la culpa. Yo fui la víctima. Punto.

No iba a llamarlo. No iba a buscarlo. Sebastián del Fuego fue un error de una noche y yo no repito errores.

O eso creía.

En el estacionamiento del hotel, me vibró el teléfono. Luciano.

«Muñeca, te fuiste sin decirme nada. ¿Podemos hablar? Te amo.»

Lo leí. Me reí. Lo borré.

Encendí el auto y manejé al aeropuerto. Tenía que trabajar. Sentarme en la torre de control y hacer como que mi vida no se estaba cayendo a pedazos.

Pero mientras manejaba, su voz seguía ahí.

«Ya no me caías bien antes y aún así no podía quitarte los ojos de encima.»

Maldito imbécil.

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Isabel Cristina Sinza
Me gusta como inicio, te deja intrigada! vamos a continuar y lo mejor ya está terminada, muchas gracias a la escritora!🥰
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