El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 20
El aire de la noche turinesa se había vuelto denso y fresco tras la llovizna. La terraza privada del restaurante, elevada sobre los tejados del antiguo palazzo, ofrecía una vista panorámica de las luces doradas de la ciudad y de las sombras del río Po a lo lejos.
Fabiola permanecía de pie junto a la balaustrada de piedra, sosteniendo su copa de *Barolo*. Llevaba un abrigo negro de corte impecable sobre los hombros que apenas cubría la seda de su vestido. La brisa nocturna le acariciaba el rostro, pero por dentro, la tensión con el hombre que caminaba tras sus pasos encendía cada una de sus fibras.
El sonido firme de los zapatos de Alejandro sobre las losas de piedra rompió el murmullo de la noche.
Alejandro se acercó por la espalda sin prisa, sosteniendo su propia copa. Su presencia era imponente, cargada de esa autoridad peligrosa que Fabiola ahora entendía con perfecta claridad: la aura del *Don* que no necesitaba alzar la voz para dominar un habitación.
—La ciudad se ve distinta desde aquí arriba —dijo Alejandro, deteniéndose justo a su lado, tan cerca que Fabiola podía sentir el calor que emanaba de él—. Desde esta altura, las mentiras de abajo parecen insignificantes.
Fabiola giró la cabeza despacio, mirándolo de reojo con una sonrisa felina.
—Las mentiras nunca son insignificantes, Santamaría —respondió ella, dando un sorbo lento al vino—. Son la moneda de cambio en este mundo. Tú lo sabes mejor que nadie.
Alejandro dejó su copa sobre la mesa de teca a un costado. Sin pedir permiso, dio un paso más, acortando la última barrera entre ambos. Su mano derecha, grande y de dedos firmes, se posó en la balaustrada, atrapando a Fabiola contra el borde de la terraza, mientras que la otra mano subió lentamente por el cuello de la heredera, rozando con la yema de sus dedos la piel pálida antes de ahuecar su mejilla.
—Llevas todo el día provocándome, Fabiola —murmuró Alejandro, bajando la voz a un susurro denso, rasposo y cargado de una amenaza eléctrica—. En la pista, en el auto, en la mesa... ¿Cuánto más vas a tensar la cuerda antes de romperla?
Fabiola sostuvo su mirada sin pestañear. Podía ver el abismo oscuro en las pupilas de Alejandro, la mirada de un cazador que creía tener acorralada a su presa. Pero ella no era una presa. Sabía quién era él, conocía el monstruo que escondía tras la seda del traje y, lejos de espantarla, esa revelación volvía la atracción entre ambos algo adictivo y salvaje.
—Inténtalo, Santamaría —desafió ella, apoyando una mano sobre el pecho de él, sintiendo el latido firme y pesado de su corazón—. Rompe la cuerda si te atreves.
Alejandro no esperó un segundo más.
Se inclinó y atrapó sus labios en un beso feroz, hambriento e intenso. No hubo delicadeza ni vacilación; fue un choque directo de voluntades, un reclamo de dominio cargado de la adrenalina silenciada durante semanas. Su mano en la nuca de Fabiola se enredó en su cabello rojo, sujetándola con fuerza posesiva para no dejarla escapar.
Fabiola sintió una descarga eléctrica atravesarle la columna. Lejos de apartarse o jugar a la esquiva como en el circuito, deslizó los dedos por el cuello de la camisa de Alejandro, tirando de él hacia ella para profundizar el contacto. Le correspondió el beso con la misma agresividad provocadora, mordiendo suavemente su labio inferior y dejando que el sabor del vino y la ambición se mezclaran entre sus bocas.
El beso se volvió una batalla en la penumbra de la terraza: las manos de Alejandro bajaron hacia la cintura de ella, pegando su cuerpo contra el suyo con una urgencia que amenazaba con devorar las máscaras de frialdad que ambos habían llevado puestas. Por un instante, la guerra por la empresa, el fantasma de las traiciones y la sangre en las manos de Alejandro desaparecieron, sofocados por el fuego puro de dos monstruos que se reconocían en la oscuridad.
Cuando finalmente se separaron apenas unos milímetros, Fabiola respiraba con agitación, con los labios entreabiertos y húmedos, pero sus ojos oscuros brillaban con un triunfo calculador.
Alejandro la miró desde arriba, con la respiración entrecortada y la mirada encendida por una fascinación peligrosa.
—Eres un veneno, Fabiola —susurró él contra sus labios, sin soltarle la cintura.
—Y tú ya te lo bebiste todo, Alejandro —respondió ella con una sonrisa sofocante, rozando la comisura de la boca de él antes de dar un paso atrás.