Él es el padre de su mejor amiga... Pero también el dueño de sus fantasías más prohibidas.
Cristóbal es un hombre maduro, exitoso y comprometido con su familia, alguien a quien todos ven como un ejemplo de responsabilidad. Pero desde el día que conoció a Julieta, la joven compañera de su hija, nada ha sido igual. Cada encuentro la hace más irresistible, cada mirada profundiza una conexión que no debería existir.
Ella es joven, dulce e "inocente" ... Y él lucha por no caer en la tentación.
Julieta siempre ha visto en Cristóbal algo más que el padre de su mejor amiga: un hombre que despierta en ella emociones que nunca imaginó sentir. A pesar de saber que está jugando con fuego, no puede evitar buscarlo, soñarlo, desearlo con una intensidad que la abruma.
Un amor que desafía los límites, un deseo que no sabe de reglas.
Entre secretos, mentiras por omisión y el miedo a destruir vidas enteras, Cristóbal y Julieta se ven envueltos en una pasión que amenaza con consumirlos...
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Capítulo 7.
Julieta.♥️
El auto olía a cuero caro y a ese perfume inconfundible de Cristóbal: varonil, elegante, envolvente. El silencio entre nosotros era espeso, pero no incómodo. Yo iba con la mirada al frente, las manos entrelazadas sobre las piernas, intentando no temblar. Sabía que si lo miraba más de la cuenta… iba a romperme.
—¿A dónde quieres ir? —preguntó él, con suavidad. Quise decir que a la universidad, pero no estaba segura de querer que mis compañeros me vieran así.
Tragué saliva.
—No lo sé. Solo… andar un poco, ¿Se puede?
Cristóbal asintió y arrancó. El auto se deslizó por las calles como si flotara. Durante unos minutos, solo se escuchaba la música suave de fondo, una melodía instrumental que acompañaba la calma fingida de mis emociones.
—¿Quieres hablar de lo que pasó? —preguntó, sin mirarme.
—No sé por dónde empezar —susurré.
—Empieza por lo que más te duele o te moleste.
Me mordí el labio. Lo que más me dolía era que mi madre no me defendiera. Que eligiera a Ramón. Que me viera como una billetera más en vez de su hija. Y eso no podía decirlo sin quebrarme por completo.
—A veces… siento que estoy sola —confesé al fin, mirando por la ventana—. Como si diera y diera, y nunca fuera suficiente. Me esfuerzo, trabajo, estudio, trato de no causar problemas… pero siempre me piden más. Como si fuera un deber, no una hija.
Cristóbal no dijo nada enseguida. Solo tomó una curva suave, y luego respondió con una voz baja, casi íntima.
—No deberías cargar con tanto, Julieta. No a tu edad. Y mucho menos por culpa de quienes deberían protegerte.
Sus palabras se clavaron en mí con dulzura y furia. Lo miré de reojo. Sus manos en el volante eran firmes, decididas. Sus ojos, cuando me lanzó una mirada rápida, estaban llenos de una rabia contenida. ¿Una rabia por mí?.
—Gracias por… por recogerme —dije, bajando la cabeza—. Fue extraño. Le di tu dirección al taxista sin pensarlo.
—¿Sabes por qué hiciste eso? —preguntó.
Lo miré, confundida.
—Porque una parte de ti sabía que en casa ibas a estar a salvo. Fuiste buscando a mi hija, pero me encontraste a mí y yo también puedo escucharte, si así lo quieres.
Y esa frase… me desarmó.
El calor me subió por el cuello, se instaló en mi pecho. El ambiente dentro del carro cambió. Más denso. Más cercano. Más peligroso.
Quise apartar la mirada, pero no pude. Él también me miraba. Por más que el semáforo estuviera en rojo, sentía que lo que se estaba encendiendo entre nosotros no tenía freno.
—Tus ojos están llorando aunque no caigan lágrimas —dijo de pronto—. ¿Te das cuenta?
Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Quise decir algo, pero la voz se me trabó. Solo bajé la mirada, mordiéndome el labio con fuerza.
—No tienes que fingir conmigo, Julieta. No voy a juzgarte. No voy a herirte. —Su voz se hizo más grave—. Nunca.
Las palabras más simples… pero dichas por él, sonaban como promesas sagradas.
Llegamos a un mirador. El cielo estaba gris, pero la vista de la ciudad era hermosa, amplia, viva. Cristóbal apagó el motor, y el silencio se volvió más íntimo.
Me quité el cinturón, girándome hacia él. Él hizo lo mismo. Nuestros rostros quedaron a menos de un metro. Demasiado cerca. Demasiado tentador.
—Gracias —dije de nuevo, apenas un susurro—. No sabes cuánto significó esto para mí.
Él no respondió con palabras. Solo alzó una mano… y la colocó suavemente sobre mi mejilla. Su pulgar acarició mi piel como si fuera lo más delicado del mundo. Cerré los ojos, y por un instante… me dejé llevar.
Su respiración chocó con la mía. Y entonces…
—Julieta… —susurró, su voz rasgada.
—¿Sí? —contesté, apenas respirando.
—Dime que me detenga.
Abrí los ojos. Nuestros rostros estaban tan cerca… que podía contar cada pestaña suya. Podía saborear el deseo contenido, la atracción prohibida. Su boca estaba a centímetros.
Podía haberlo dicho. Podía haberle pedido que se detuviera. Pero en vez de eso…
Incliné apenas mi rostro.
Y él entendió.
Sus labios no me tocaron. Pero su aliento rozó el mío… y ese roce fue más eléctrico que cualquier beso.
—No hoy —susurré, con el corazón en llamas—. Pero no me sueltes. Solo… abrázame.
Y entonces él me rodeó con sus brazos, fuerte, protector. Apoyé la cabeza en su pecho y cerré los ojos. Por primera vez en semanas… me sentí en casa.
Que te mejores pronto te mando un abrazo de oso.