En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
NovelToon tiene autorización de brida cruz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El nuevo dueño.
Me asomo lentamente al interior de la habitación.
El olor a desinfectante y las luces frías del hospital me aprietan el pecho.
Todo es blanco, impersonal, hostil.
El pitido constante de las máquinas marca el tiempo de una forma cruel.
Mi padre está recostado, conectado a varios aparatos.
Aun así, sonríe en cuanto me ve.
—Hola, princesa.
Su voz es débil, gastada… pero sigue teniendo esa calidez que siempre me hizo sentir a salvo.
—Hola, papá —respondo, acercándome despacio—. ¿Cómo te sientes?
—Bien… —dice, con una sonrisa cansada—. Listo para irme a casa.
—Eso no va a pasar —le digo con suavidad, acomodando la manta—. No hasta que el doctor lo autorice.
Bufa, impaciente.
La misma terquedad de siempre.
—Tengo cosas que hacer. No puedo quedarme aquí tirado.
—Déjalo en manos de Darío. Él se encargará.—Darío… —repite con ironía—. Ese muchacho solo hace las cosas por ti.
No puedo evitar reír.
—Papá, no digas tonterías.
Me observa con ternura, pero también con algo más.
Un brillo extraño.
Nostálgico.
—Siempre los imaginé juntos —murmura—. Todos los días me pregunta si sigues con René.
Me muerdo el labio.
—Lo quiero como a un hermano. Nada más.
—Lo sé —suspira—. Pero él… no piensa igual.
La frase queda suspendida en el aire.
La puerta se abre.
Mi madrastra entra con paso firme, envuelta en su abrigo caro y en ese dramatismo que siempre la acompaña.
—¡Me moría de preocupación! —exclama, acercándose a la cama como si el mundo girara alrededor de ella.
Mi padre no responde.
Solo la mira.
Y algo en su expresión se apaga.
Los guardias permanecen en la puerta, atentos, silenciosos.
—Me voy, papá —digo en voz baja—Te amo.
Me inclino y beso su frente.
Aprieta mi mano antes de soltarla.
Al salir, siento las miradas de los guardias clavadas en mi espalda.
El pasillo está casi vacío.
El sonido de una camilla rodando a lo lejos rompe el silencio.
Entonces lo veo.
Yajaira está abrazada a René.
Llora con la cabeza hundida en su pecho.
Cuando me ve, se separa de golpe, limpiándose las lágrimas con torpeza.
Me quedo inmóvil unos segundos.
Luego camino hasta una silla y me siento, fingiendo calma.
René se acerca.
—Anastasia… —dice, tomando mis manos—. Está muy mal.
No deja de llorar.
—Media hermana —corrijo, sin mirarlo—. No es mi hermana.
Se incomoda. Baja la mirada.
—¿Cómo está tu padre?
—Mejor.
Su celular vibra. Contesta de inmediato.
—Estoy con Anastasia… Sí. Ya voy.
Cuelga.
—Ve con tu padre —le digo—. No te preocupes por mí.
—Gracias, mi amor —responde, besándome los labios de forma distraída.
Lo observo alejarse.
Siento el vacío abrirse en mi pecho.
Voy al baño, me miro al espejo, respiro hondo.
Me recompongo.
Cuando regreso, Yajaira ya no está.
Mi madrastra sale poco después.
Camina sola, impecable, sin una pizca de angustia.
Se sienta lejos y revisa su celular.
No pregunta por mí.
No pregunta por su hija.
Tomo mi teléfono y llamo a Darío.
—Quiero que el abogado redacte el documento cuanto antes. Hoy mismo.
—Entendido, señorita.
Minutos después, vuelve a llamarme.
—Todo está listo. La esperan en la oficina.
Salgo del hospital con una sensación extraña: alivio mezclado con determinación.
Mi tía me observa desde una esquina.
—Qué poco te duró la preocupación —dice, con reproche.
—No me voy porque quiera —respondo, sin discutir.
Pido un taxi y me dirijo a la empresa.
Darío me espera junto al abogado.
—Todo está en orden —dice, entregándome la carpeta.
En la sala de juntas, leo cada cláusula.
Agrego una condición: pagos pequeños durante tres años, hasta estabilizar las finanzas.
Firmo.
Darío sonríe, aliviado.
—Con esto podemos salvar la empresa.
—Eso espero.
El abogado se despide con prisa.
Me quedo un momento observando el logotipo dorado en la pared.
Entonces escucho el motor.
Un coche negro se detiene frente al edificio.
Bajo la mirada… y lo veo.
El medio hermano de René.
Alto.
Elegante.
Seguro.
Se quita los lentes lentamente.
Su mirada es fría, penetrante.
Nuestros ojos se cruzan.
Un estremecimiento me recorre el cuerpo.
No sé si es miedo… o rabia.
Quiero retroceder, pero mis piernas no responden.
Camina hacia la entrada sin apartar la vista.
Pasa junto a mí.
El aroma de su perfume me envuelve.
No dice nada.
Y lo sé.
No tengo dudas.
Fue él.
Darío corre hacia él.
—Justo iba a buscarlo. Ya tenemos el dinero para liquidar la deuda.
Mi corazón se acelera.
—¿Qué deuda? —pregunto.
Darío se queda mudo.El hombre habla sin mirarme.
—Está frente al nuevo dueño de esta empresa.
Y se marcha.
El silencio que deja atrás es tan pesado que puedo oír mi propio corazón.
Miles de preguntas.
Y ninguna respuesta.