Alma Montenegro aceptó casarse con el comandante Damián Arce por una razón simple: proteger a su familia. Lo que debía ser un acuerdo frío se convierte en una vida compartida entre hospitales, misiones de frontera, secretos de sangre y un niño que no debería estar en medio de ninguna guerra.
Cuando una red criminal vuelve a reclamar lo que cree suyo, Alma y Damián tendrán que decidir si su matrimonio es solo una obligación... o la única casa capaz de resistirlo todo.
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Capítulo 22
Bajo los escombros
Valle Bajo parecía haber recibido el golpe de una mano gigantesca.
Varias casas de madera se inclinaban peligrosamente. Las paredes de ladrillo estaban agrietadas. El lodo y las piedras bloqueaban el camino de la aldea. Los vecinos permanecían frente a sus casas con la mirada vacía; unos abrazaban a sus hijos, otros escarbaban los escombros con las manos desnudas.
Alma bajó del vehículo antes de que Damián terminara de dar las instrucciones.
Esta vez, Damián no la detuvo.
—El puesto médico irá en el salón comunal —ordenó—. Renata, Julián, acompañen a la doctora Alma. Rodrigo, divide los equipos de búsqueda. Prioridad: las casas derrumbadas y los vecinos desaparecidos.
—¡Sí, mi comandante!
Alma abrió su maletín, tomó aire y comenzó el triaje.
Verde para las heridas leves.
Amarillo para las lesiones que requerían atención, pero se mantenían estables.
Rojo para las emergencias.
Negro para quienes no respiraban ni tenían pulso tras una revisión rápida.
Cada color se le clavaba como un cuchillo.
Llevaron a un niño con la cabeza ensangrentada. Alma limpió la herida, comprobó que no mostrara signos de un deterioro grave de la conciencia y le pidió a Renata que lo mantuviera en observación.
Un anciano tenía una fractura expuesta. Julián estuvo a punto de vomitar, pero Alma lo atravesó con la mirada.
—Julián. Mírame.
Él tragó saliva.
—Concéntrate en el vendaje, no en el hueso.
—Sí, doctora.
Una mujer con ocho meses de embarazo lloraba porque no sentía moverse al bebé. Alma le pidió prestado un doppler manual a la partera de la aldea y buscó el latido con unas manos que empezaban a temblarle. Cuando se oyó aquel pequeño golpeteo, la mujer rompió a llorar con más fuerza.
Alma cerró los ojos durante un segundo.
Después siguió trabajando.
Damián se movía al otro lado de la aldea. Ayudaba a levantar vigas, organizaba a los vecinos y se aseguraba de que nadie entrara sin protección a una casa agrietada. Tenía el rostro cubierto de barro y el uniforme empapado, pero su voz permanecía firme.
Hacia el final de la tarde llegó una mala noticia.
—¡Damián! —Rodrigo corrió desde la ladera—. Hay tres vecinos atrapados en la casa del señor Marcos. La estructura está inclinada. Oímos voces debajo, pero el acceso es muy estrecho.
Damián se puso en marcha de inmediato.
Alma, que vendaba la herida de un adolescente, oyó el nombre del lugar.
—Voy con ustedes.
Damián se volvió hacia ella.
—Quédese en el puesto médico.
—Si hay alguien vivo ahí abajo, quizá necesite atención en cuanto lo saquen.
—El espacio es estrecho y la estructura no es estable.
—Entonces no entraré si no hace falta. Pero debo estar cerca.
Damián quiso negarse.
Entonces recordó lo que Alma le había dicho en el vehículo.
No tome decisiones por mí.
Apretó la mandíbula.
—Cerca. No adentro.
—De acuerdo.
La casa del señor Marcos estaba al borde de la ladera. Parte del piso se había hundido. El techo de lámina estaba doblado. Desde una rendija bajo la vivienda se escuchaba una voz débil.
—Ayuda...
Alma se arrodilló sobre la tierra y se acercó a la abertura.
—Soy médica. ¿Quién está ahí dentro?
Una mujer respondió entrecortadamente.
—Yo... Lina... mi hija... mi papá...
—¿Hay alguien inconsciente?
—Mi papá... no se mueve...
Alma dirigió la vista a Damián.
—Necesitamos abrir un acceso.
Damián y el equipo empezaron a trabajar. Colocaron apuntalamientos de emergencia, cortaron parte de la lámina y retiraron los escombros poco a poco. El tiempo parecía avanzar demasiado despacio.
El cielo se oscurecía.
Volvió a llover.
Rodrigo advirtió:
—Damián, la ladera de atrás está agrietada. Si la lluvia arrecia, podría haber otro deslave.
—Más rápido.
Alma se mantuvo junto a la rendija, hablando con Lina para que no perdiera la conciencia.
—Lina, ¿cuántos años tiene tu hija?
—Cuatro...
—¿Cómo se llama?
—Mica.
—¿Mica puede escucharme?
Se oyó el llanto de una niña.
—Sí...
—Muy bien. Mica, toma la mano de mamá, ¿sí? No te duermas todavía.
Damián escuchaba la voz serena de Alma. Sabía que ella también tenía miedo. Podía verlo en la forma en que sus dedos apretaban demasiado la linterna.
Pero la voz de Alma no se quebró.
Después de casi treinta minutos, la abertura tuvo el tamaño suficiente para que una persona se arrastrara por ella.
El soldado de menor complexión se preparó para entrar.
Alma lo detuvo.
—Esperen. Necesito entrar un momento para revisar cómo están acomodados.
—No —soltó Damián de inmediato.
—Damián.
—He dicho que no.
—Si los sacamos en una mala posición, una viga puede caerle encima a la niña.
—Enviaré a un soldado con sus indicaciones.
—Él no puede valorar una hemorragia interna.
—¡Alma!
Su voz sonó demasiado fuerte.
Todos se volvieron hacia ellos.
Alma sostuvo su mirada.
—Entraré tres minutos. Con una cuerda atada a la cintura. Si hay una réplica, tiren de mí.
Damián contempló la abertura oscura.
Vio el riesgo.
Vio la posibilidad de perderla.
Y también vio los ojos de Alma, que no retrocederían mientras hubiera una niña de cuatro años ahí dentro.
Al final, tomó la cuerda de manos del soldado.
—Yo te la pongo.
Alma no discutió.
Damián le ató la cuerda a la cintura con movimientos rápidos. Cuando terminó, sujetó el extremo como si la vida de Alma estuviera sostenida directamente en sus manos.
—Tres minutos.
—Sí.
—Si tiro, sales.
—Sí.
—No discutas dentro de los escombros.
Alma lo miró.
—Haré el intento.
No era una respuesta tranquilizadora.
Entró.
El espacio bajo el piso era estrecho y oscuro; olía a tierra mojada y madera rota. Alma avanzó despacio, arrastrándose hacia la voz de Lina. La linterna iluminó el rostro de la joven, atrapada entre un armario y una viga. En sus brazos tenía a Mica, pálida, pero consciente. Al otro lado, un anciano yacía con el pecho moviéndose apenas.
—Lina, soy Alma. Voy a revisarlos un momento.
Lina lloró.
—Por favor, ayude a mi hija.
—Sí.
Alma examinó a Mica con rapidez. No tenía una hemorragia importante, pero una tabla aprisionaba su pierna izquierda. Lina tenía una herida en la cabeza y probablemente un brazo fracturado. El anciano estaba inconsciente; respiraba débilmente y su pulso era apenas perceptible.
Habló hacia el exterior.
—¡La niña está consciente y tiene atrapada la pierna izquierda! ¡La madre está consciente, con una lesión en el brazo! ¡El anciano está inconsciente, respira débilmente! ¡Saquen primero a la niña!
Damián respondió desde afuera:
—Recibido.
Alma guio al siguiente soldado que entró. Movieron la tabla lo justo para sacar a Mica. La niña lloró de dolor, pero salió con vida.
Luego fue el turno de Lina.
Cuando iban a sacar al anciano, la tierra volvió a temblar.
Una réplica.
Pequeña, pero suficiente para que los escombros se movieran.
—¡Alma, sal! —gritó Damián desde afuera.
Alma observó al anciano.
Su respiración se hacía cada vez más lenta.
—¡Un momento!
—¡Sal!
—¡Puedo despejarle la vía aérea!
Se arrastró hasta el hombre, le elevó el mentón, le limpió la tierra de la boca y colocó una gasa para mantenerlo en posición. La respiración del anciano mejoró un poco.
La cuerda de su cintura se tensó.
—¡Alma!
Ella retrocedió, pero al darse vuelta cayó una viga pequeña que bloqueó un lado del pasadizo. La salida se estrechó.
El polvo llenó el espacio.
Alma tosió.
—¡Damián!
Afuera, el rostro de Damián cambió.
—¡Tiren despacio! ¡No la fuercen!
La cuerda tiró de ella. Alma intentó arrastrarse, pero la pierna se le enganchó en un trozo de madera. Tiró, y un dolor agudo le atravesó la pantorrilla.
—¡Tengo la pierna atrapada!
Damián dejó de pensar.
Entró.
—¡Damián! —gritó Rodrigo.