James Fernández lo tiene todo: es un arrogante CEO tecnológico de 26 años y el playboy más cotizado de Madrid. Pero un devastador diagnóstico de cáncer destruye su mundo: tiene una semana para salvar su descendencia antes de quedar estéril para siempre. Su única opción es un vientre de alquiler exprés en Grecia.
Estela Gómez tiene 20 años y su vida es un infierno de deudas por culpa de una estafa familiar. Cuando su madre colapsa y necesita una cirugía de urgencia que no pueden pagar, Estela toma una medida desesperada: aceptar el frío contrato de James a cambio de la vida de su madre.
Lo que empieza como una transacción comercial secreta se transforma bajo el ático de la Castellana. Entre la quimioterapia de él y los latidos de un embarazo inesperado, la mentira se mezclará peligrosamente con un amor real capaz de desenterrar los secretos más oscuros del pasado.
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CAPITULO 24. EL PESO DE LA JUSTICIA
El aterrizaje del jet privado en la pista corporativa de Barajas marcó el final del refugio mediterráneo y el inicio de la verdadera batalla en Madrid. El regreso al ático de la Castellana fue radicalmente diferente al de la primera vez. Ahora, el gran salón minimalista ya no se sentía frío ni vacío; el suave murmullo de los trillizos descansando en sus cunas y el aroma a colonia de bebé habían transformado el palacio de cristal de James en un verdadero hogar.
Estela se movía por la casa con una mezcla de alivio y expectación. El viaje en avión había sido cómodo, pero la inminencia de los acontecimientos en España la mantenía con los nervios a flor de piel.
Apenas unas horas después de su llegada, Valeria Santos se presentó en el ático. El semblante de la abogada no dejaba lugar a dudas: el momento de actuar había llegado.
—Todo está coordinado con la Policía Judicial de la comisaría de Usera —anunció Valeria, abriendo su portátil sobre la mesa de cristal—. La orden de detención contra Cristof Gómez ya está firmada por el juez de instrucción número cuatro de Madrid. Las pruebas de la falsificación de las escrituras de la casa son demoledoras, y el rastro digital de los cien mil euros de la cuenta puente blindan la acusación de extorsión. No tiene escapatoria.
James, que vestía un traje de chaqueta azul oscuro impecable tras haber mantenido una breve reunión virtual con sus socios, se ajustó los puños de la camisa con una frialdad ejecutiva que denotaba su determinación.
—Quiero ir yo mismo, Valeria —dictaminó James con voz firme—. Quiero estar allí cuando le pongan las esposas a ese miserable. Quiero asegurarme de que entienda que la familia de Estela ya no está sola.
Estela dio un paso al frente, entrelazando sus dedos con los de James. Su mirada marrón reflejaba una profunda mezcla de miedo y valentía.
—Yo también voy, James. He pasado dos años agachando la cabeza frente a ese hombre por miedo a quedarme en la calle con mi madre enferma. Necesito ver con mis propios ojos cómo se acaba su tiranía.
Treinta minutos después, un discreto coche patrulla camuflado y el Mercedes negro de James se detuvieron frente a la vieja corrala del barrio humilde donde vivían la madre y el hermano de Estela. Afortunadamente, Lucas y su madre estaban en el hospital en una revisión de fisioterapia rutinaria, por lo que no presenciarían el escándalo directamente.
Cristof Gómez salía en ese preciso instante de la taberna de la esquina, con una sonrisa de suficiencia en el rostro y contando unos billetes que llevaba en la mano, ajeno por completo al despliegue policial.
—¡Cristof Gómez! ¡Policía Judicial, quédese donde está! —ordenó uno de los inspectores de paisano, cortándole el paso de golpe mientras mostraba su placa.
El tío de Estela se quedó paralizado, la sonrisa se le borró de la cara y los billetes cayeron al suelo.
—¿Qué... qué pasa aquí? Esto es un error. Yo no he hecho nada —tartamudeó, intentando dar un paso atrás, pero otro agente le bloqueó la retirada por la espalda.
—Queda usted detenido por los delitos de extorsión agravada, chantaje, falsedad en documento público y estafa inmobiliaria —declaró el agente con voz monótona mientras le sujetaba los brazos por detrás de la espalda. El sonido metálico de las esposas cerrándose alrededor de sus muñecas resonó con fuerza en el callejón.
Fue en ese momento cuando Cristof levantó la vista y vio a James y a Estela bajar del Mercedes negro. Al ver a su sobrina vestida con ropa elegante y del brazo de uno de los hombres más poderosos del país, el rostro de Cristof se transformó en una máscara de pura rabia y veneno.
—¡Maldita zorra! ¡Me has tendido una trampa! —gritó Cristof, forcejeando inútilmente contra los agentes—. ¡Se lo voy a contar todo a tu madre! ¡Le voy a decir a todo el mundo que te has vendido como una yegua para parirle los hijos a este rico! ¡Vais a ir los dos a la cárcel conmigo!
James dio un paso al frente, interponiéndose entre el detenido y Estela. Su mirada clara era tan fría y letal que Cristof cerró la boca de golpe, intimidado por la imponente presencia del CEO.
—Nadie te va a escuchar, Cristof —habló James con una calma escalofriante—. Todos tus teléfonos y cuentas bancarias están intervenidos por orden judicial. Valeria Santos se va a encargar personalmente de que pases los próximos quince años de tu vida a la sombra, sin derecho a fianza. Estás acabado.
Estela dio un paso al costado de James, mirando a su tío directamente a los ojos. Ya no quedaba rastro de la chica asustada de veinte años en ella; la maternidad y el amor de James la habían dotado de una dignidad inquebrantable.
—Antes de que te lleven, Cristof… mírame bien —dijo Estela con la voz firme—. Sé que tú sabes qué le pasó a mi padre hace dos años. Sé que tu presencia aquí justo después de su desaparición no fue una coincidencia. Te juro que James y yo no vamos a parar hasta descubrir la verdad. Si te queda algo de decencia, habla ahora.
Cristof soltó una carcajada amarga, inyectada en odio, mientras los policías comenzaban a empujarlo hacia el interior del coche patrulla.
—¿Tu padre? —escupió Cristof antes de entrar al vehículo—. Si supieras la verdad, Estela... si supieras dónde se metió tu querido padre, desearías que nunca hubiera regresado. Busca todo lo que quieras, millonario, pero lo que vas a desenterrar os va a destruir a todos.
La puerta del coche policial se cerró de golpe, cortando sus amenazas y alejándose a toda velocidad con las sirenas apagadas rumbo a las dependencias judiciales.
El callejón se sumió en un silencio pesado. Estela se apoyó contra el pecho de James, tiritando sutilmente tras el impacto de las últimas palabras de su tío. El misterio de la desaparición de su padre se volvía aún más oscuro y amenazante. James la rodeó fuertemente con sus brazos, besándole la coronilla con devoción protectora.
—No dejes que sus palabras te asusten, mi amor —le susurró James al oído, con una firmeza absoluta—. Mañana mismo mi equipo de investigadores privados se instala en Madrid. Vamos a descubrir qué hay detrás de esa desaparición, caiga quien caiga. Cristof ya está en la cárcel; el primer paso de nuestra justicia está dado.
Estela asintió contra su pecho, mirando hacia el cielo gris de Madrid. Habían ganado la primera batalla contra el pasado, pero al mirar de reojo las ventanas de su antiguo barrio, supo que el regreso a la realidad en España apenas comenzaba a desenterrar los secretos más peligrosos de su vida.