Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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20. Capítulo 20
Mariachis en el jardín y una propuesta con mucho estilo
El restaurante Tour d'Argent aún estaba limpiando la crema pastelera del techo tras el show del corcho de champaña del día anterior. Sin embargo, en la mansión Mercier la energía no bajaba. Don Arturo amaneció con una nueva misión entre ceja y ceja.
—¡Escúchame bien, Mateo! —gritó Arturo en el desayuno, apuntándolo con una cuchara llena de cereal—. Isabela ya te perdonó, sí, pero los Mercier no pedimos matrimonio como cualquier mortal. ¡Tú necesitas una serenata monumental! ¡Una propuesta que haga temblar el vecindario!
—Papá, por favor... —suplicó Mateo sobándose las sienes—. Ayer casi nos arrestan. Solo quiero que las cosas fluyan con tranquilidad.
—¡Nada de tranquilidad! —intervino Doña Helena, entrando a la cocina con un sombrero charro gigante que quién sabe de dónde sacó—. Ya contratamos al grupo musical. Llegan en diez minutos al jardín. ¡Isabela tiene que llorar de la emoción o no me llamo Helena!
A las diez de la mañana, Isabela estaba en el balcón del segundo piso tomando té tranquilamente, disfrutando de la brisa. De repente, desde el césped del jardín, se escuchó el sonido de una trompeta desafinada:
¡TUUU-TUUU-RUUU!
Isabela se asomó al balcón y casi se le cae la taza de la mano.
En medio del jardín estaba Mateo, vestido con un traje impecable pero luciendo una cara de pena ajena terrible. A su lado, Don Arturo traía un guitarrón mexicano más grande que él, Doña Helena estaba tocando unas maracas con un ritmo completamente frenético, y un grupo de cinco músicos vestían trajes brillantes.
—¡Canten con ganas, muchachos! —gritaba Arturo por un megáfono—. ¡Que se entere todo el vecindario de que mi hijo está locamente enamorado!
Mateo suspiró profundo, miró a Isabela al balcón, caminó un par de pasos hacia el centro del jardín y tomó un micrófono. La pena se le borró del rostro al ver la sonrisa de la mujer que amaba.
—¡Isabela! —gritó Mateo con la voz llena de sentimiento—. Sé que mis padres están desquiciados y que esto es una locura... ¡pero es verdad! ¡Te amo como nunca pensé amar a nadie! ¡Y quiero volver a casarme contigo, esta vez de verdad, con todo mi corazón!
Doña Helena, al escuchar esas palabras tan bellas, se emociona tanto que empezó a sacudir las maracas como si tuviera un ataque. En su entusiasmo, ¡una de las maracas se le salió volando de la mano!
¡ZAS! La maraca salió disparada como un proyectil y le dio de lleno en el estómago al trompetista. El pobre músico soltó un alarido: "¡AAYYYYY!", perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre el estanque de peces de la mansión.
¡SPLAT!
Agua, peces y plantas acuáticas volaron por los aires. Los otros músicos, al ver caer a su compañero, intentaron dar un paso atrás,, pero se tropezaron entre ellos, armando una pila humana de sombreros, guitarras y violines en medio del césped.
—¡El estanque no, hombre! ¡Los peces son importados! —gritó Arturo intentando pescar la trompeta del agua con la escoba del jardín.
Isabela, desde el balcón, ya no podía más de la risa. Se agarraba de la barandilla con las lágrimas saliéndole de los ojos.
Bajó corriendo las escaleras y salió al jardín. Se abrió paso entre los músicos que intentaban salir del agua y caminó directo hacia Mateo.
Mateo, entre el desastre de la serenata, se hincó de una rodilla sobre el pasto húmedo, sacó una cajita con un anillo de diamantes hermoso y la miró a los ojos.
—Isabela...Aceptasas renovar tus votos con este hombre torpe pero que te adora con el alma?
Isabela se agachó, le tomó el rostro entre las manos y lo besó con todo el amor que tenía guardado en el pecho.
—¡Sí, Mateo! ¡Acepto mil veces sí! —respondió ella entre risas y lágrimas de felicidad.
Desde el estanque, con agua hasta la cintura y una planta marina en la cabeza, Don Arturo levantó la trompeta mojada y gritó con todas sus fuerzas:
—¡¡VIVAN LOS NOVIOS!! ¡Y que alguien me traiga una toalla, que los peces me están picando los tobillos!
Toda la mansión estalló en aplausos, risas y abrazos. La gran boda de renovación estaba oficialmente en marcha.