Todos creían que Cynthia tenía una vida perfecta.
Nadie veía los moretones escondidos bajo el maquillaje.
Nadie escuchaba los gritos detrás de las paredes de la mansión.
Durante cinco años soportó golpes, humillaciones y miedo por proteger a su hija. Pero cuando una tragedia destruye lo poco que quedaba de su mundo, comprende que solo tiene dos opciones: quedarse y morir... o escapar.
Lo que Cynthia no sabe es que el hombre al que dejó atrás nunca aceptará perderla.
Y hará cualquier cosa para recuperarla.
Una madre. Una hija. Una huida desesperada. Y una batalla por la libertad que apenas comienza.
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Capítulo 10. Doctor
—Suelta un poco el volante, lo vas a partir.
Cynthia tenía los nudillos blancos y el carro avanzaba a quince kilómetros por hora por la carretera vacía que bordeaba la playa, pero por dentro iba a doscientos.
—Hace cinco años que no manejo —dijo entre dientes.
—Se nota.
—No me ayudas.
Ángel iba en el puesto del copiloto, un brazo apoyado en la ventana, sin tocar nada, sin gritar, sin clavarle las uñas en la pierna como hacía Alberto cada vez que ella dudaba en un cruce. Alberto le había dejado de prestar el carro al mes de casados, justo cuando empezó a entender que una mujer con llaves era una mujer que podía irse.
—Frena suave en la curva —dijo Ángel—. No es una pelea. El carro hace lo que tú le digas, no al revés.
Cynthia frenó. El carro se detuvo sin dar tirones, por primera vez en toda la mañana.
—Eso —dijo él—. Ahí está.
Y a ella se le escapó algo parecido a una sonrisa antes de poder evitarlo. La borró enseguida, molesta consigo misma.
Cuando volvieron a la casa, Ángel sacó del maletín un teléfono nuevo y lo puso sobre la mesa.
—Este reemplaza al que te di la primera noche. Está a nombre de nadie, no se puede rastrear, y tiene un solo número guardado: el mío.
—Ya tenía uno.
—Ese era para una emergencia. Este es para que vivas. —La miró serio—. Pero te va con unas reglas, y necesito que las cumplas al pie de la letra. No llamas a Lucía, no llamas a tu familia, no entras a tus redes, nada. Un solo descuido y Alberto te encuentra.
—¿Crees que soy estúpida?
—Creo que estás sola, asustada y con una niña que extraña a su papá. Eso hace que la gente cometa errores. —Hizo una pausa—. Y otra cosa. Si todavía tienes tu teléfono viejo guardado por ahí, hay que destruirlo. Cualquier aparato que alguna vez usaste con tu nombre es un faro encendido para que te ubiquen.
Cynthia pensó en el celular apagado, en el fondo de la maleta, debajo del dinero. No dijo nada.
—¿Lo tienes? —insistió él.
—No —mintió—. Lo dejé en la mansión.
Ángel la miró un segundo de más, como cuando vio las galletas escondidas, pero otra vez no la presionó.
—Bien. Entonces ya está.
Estaban terminando de revisar el teléfono cuando Valentina entró corriendo de la sala, descalza, con un dibujo en la mano.
—¡Doctor, doctor, mira! —Le estampó el papel en las piernas—. ¡Te dibujé a ti! Este eres tú, y esta es mami, y esta soy yo, y esta es la casa.
Ángel tomó el dibujo. Cuatro monigotes y una casa torcida con un sol enorme en la esquina.
—Está bonito —dijo, y algo en su voz se le ablandó sin que él pudiera evitarlo—. ¿Y por qué tengo la cabeza tan grande?
—¡Porque eres muy inteligente! Mami lo dijo.
Cynthia sintió que se le subía el calor a la cara. Ella no había dicho eso, pero le había dicho a la niña que el doctor era inteligente para que se portara bien con él, y ahora la mocosa la dejaba en evidencia.
Valentina se le trepó a Ángel sin pedir permiso, le pasó los bracitos por el cuello y lo abrazó como abrazaba antes a su padre.
Y Ángel, el hombre que no se inmutó cuando Alberto lo amenazó con destruirle la vida, se quedó tieso un segundo, sin saber dónde poner las manos.
A Cynthia se le cerró la garganta.
No. No, no, no.
Conocía esa cara de su hija, la cara de cuando un hombre se le metía en el corazón. Era la misma con la que miraba a Alberto cuando la sentaba en sus piernas a darle de comer, antes de aprender, ella, que ese mismo hombre le rompía las costillas a su madre dos cuartos más allá.
Si Valentina se encariñaba con Ángel y ese hombre resultaba ser otra trampa, no sería ella sola la que se rompería esta vez. Sería la niña también.
—Valentina, baja de ahí. Deja al doctor en paz.
—Pero...
—Que bajes. Ya.
La niña obedeció con la cara larga y se fue arrastrando los pies. Ángel le devolvió a Cynthia una mirada que no tenía reproche, solo una pregunta callada, y se levantó.
—No te la voy a quitar, Cynthia —dijo bajito, para que la niña no oyera—. Ni a ella ni a ti. Pero tampoco le puedo enseñar a tenerme miedo. Eso ya lo aprendió de sobra en otra casa.
Salió al patio detrás de la niña.
Y Cynthia se quedó con el dibujo en la mano y una vergüenza pegada al pecho que no se sacudía. Porque la niña, con seis años y el alma todavía entera, había leído a ese hombre en tres días mejor de lo que ella había podido en cinco años de aprender a desconfiar.
Esa noche, después de acostar a Valentina, Cynthia sacó la maleta.
Apartó el dinero, las llaves del carro, y al fondo encontró el teléfono viejo, frío y apagado. Ángel tenía razón, lo sabía, había que romperlo, partirlo en dos y tirarlo al mar pedazo por pedazo. Era lo correcto, era lo seguro.
Lo encendió una última vez, solo para borrarlo.
Y la pantalla se llenó de Valentina.
Valentina recién nacida en el hospital, con los ojos cerrados. Valentina dando sus primeros pasos en el jardín de la mansión. Un video de la niña cantando con la voz chillona de los dos años. Las únicas fotos que existían de su hija pequeña, porque Alberto nunca dejó que ella tuviera nada propio, salvo lo que alcanzaba a guardar a escondidas.
Cynthia se sentó en el piso con el teléfono apretado contra el pecho.
No podía. Sabía que debía, sabía exactamente lo que ese aparato podía costarle, pero no podía borrar lo único que le quedaba de los primeros años de su hija.
Lo apagó. Lo envolvió en una media, lo metió en el bolsillo interior de la maleta, más hondo que antes, donde ni ella misma pudiera verlo todos los días.
Una sola vez no pasa nada, se dijo. Lo dejo apagado y ya. Nadie va a saber que existe.
Y se fue a dormir sin imaginar que, dos cuartos más allá, su hija de seis años se sabía de memoria el número de su papá.