Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.
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Capítulo 14
Capítulo 14
La llamada
Yasmín barajó las cartas con la lentitud de quien prepara un golpe. Sacó una nueva, la miró, y la puso boca abajo sobre la mesa.
—Esta me toca a mí, pero la verdad me aburren mis propias respuestas. Voy a hacer algo más divertido. —Miró a Valentina—. ¿Jugamos un reto?
Las mujeres intercambiaron miradas. La morena de uñas largas se sirvió más vino.
—¿Qué tipo de reto? —preguntó Valentina.
—Uno fácil. —Yasmín se recargó en el respaldo del sillón y cruzó las piernas—. Llama a tu esposo. Ahora. Ponlo en altavoz. Dile algo cariñoso. Si él te contesta con cariño, yo me tomo tres shots. Si no contesta o te cuelga, te tomas tú los tres.
La propuesta era una emboscada disfrazada de juego. La mesa entera lo sabía. Todos habían oído los rumores: que el matrimonio Quirós era un arreglo, que Alejandro no la tocaba, que ella dormía sola. Una llamada en altavoz frente a siete testigos era el escenario perfecto para confirmar todo.
Valentina se quedó quieta dos segundos. Después sacó el teléfono de su bolso.
—De acuerdo.
Yasmín levantó las cejas. No parecía esperar que aceptara tan rápido.
Valentina buscó el contacto. El nombre en la pantalla decía "Alejandro" con un punto negro al lado, sin emojis, sin corazones, como Mariana lo tenía registrado. Tocó la pantalla, activó el altavoz, y puso el teléfono en el centro de la mesa.
El tono sonó una vez. Dos veces. Tres.
"El número que usted marcó no está disponible en—"
Valentina colgó antes de que la grabación terminara.
—Está en una reunión —dijo, con la tranquilidad de quien ya esperaba ese resultado—. Los viernes por la noche tiene llamadas con inversionistas en Singapur. La diferencia de horario.
—Qué lástima —dijo Yasmín, sin molestarse en disimular la satisfacción—. Parece que te tocan los tres shots.
—Parece que sí.
Valentina tomó el primer shot de mezcal. Le quemó la garganta y le calentó el pecho. El segundo le aflojó los hombros. El tercero le dejó un sabor a tierra y a agave en la lengua.
Las mujeres aplaudieron. Yasmín sonrió. La ronda había terminado con su victoria, y el veredicto era claro: la señora Quirós llamó a su esposo en público y él no contestó.
Valentina se limpió la boca con el dorso de la mano. Dejó que las demás interpretaran su silencio como derrota. Después se levantó.
—Voy al baño.
Caminó por el pasillo del club hasta el fondo, el tobillo vendado protestándole dentro del tacón, mientras las luces se volvían más tenues y la música se convertía en un murmullo. Se encerró en el baño de mujeres, apoyó las manos en el lavabo de mármol, y se miró en el espejo.
Los tres shots le habían puesto las mejillas rosadas y los ojos brillantes. Parecía borracha. No lo estaba, pero podía usar eso.
Sacó el teléfono y marcó otra vez.
Esta vez, Alejandro contestó al segundo tono.
—¿Mariana?
Su voz era grave, plana, con el fondo de silencio de un auto en movimiento.
—Alejandro. —Valentina suavizó la voz hasta convertirla en un susurro que arrastraba las vocales—. Estoy en el Club Primavera. Vine con unas amigas de Yasmín Herrera. Me tomé tres mezcales y creo que fue mala idea.
Silencio. Dos segundos.
—¿Estás sola?
—Estoy en el baño. Las demás están afuera. Hay un hombre que me estuvo mirando toda la noche y no me gusta cómo me mira.
No era del todo mentira. Diego Beltrán llevaba tres horas evaluándola desde la barra.
—¿Quién?
—Diego Beltrán. El novio de Yasmín.
Otro silencio, más largo que el primero.
—¿Bruno está afuera?
—En el auto.
—Dile que entre.
—No quiero hacer una escena, Alejandro. Solo quería escuchar tu voz.
La frase le salió con una dulzura que no estaba actuando del todo. Los tres mezcales le habían aflojado algo que normalmente mantenía apretado. "Solo quería escuchar tu voz" lo habría dicho Mariana. Pero en la boca de Valentina, con tres mezcales encima y las paredes del baño devolviéndole el eco, la frase pesaba distinto.
—Quédate donde estás —dijo Alejandro. Y colgó.
Valentina se quedó mirando la pantalla apagada. No le había dicho que viniera. No le había pedido que la recogiera. Le había dicho que estaba con amigas de Yasmín, que había un hombre incómodo, y que quería escuchar su voz. Si él interpretaba eso como una petición de rescate, era decisión suya.
Se lavó las manos, se retocó el brillo de labios, y salió del baño.
En el pasillo, Diego Beltrán estaba recargado contra la pared con un vaso de whisky en la mano.
—Señora Quirós. ¿Se siente bien? La vi levantarse muy rápido.
—Estoy bien. Solo necesitaba un minuto.
—Tres mezcales son muchos para alguien de su tamaño. —Diego le sonrió con esa cortesía que parecía empaquetada al vacío—. ¿Me permite acompañarla de regreso?
—Puedo caminar sola, gracias.
—No lo dudo. Pero sería descortés de mi parte dejarla ir sola por un pasillo oscuro.
Valentina lo miró. Los ojos ámbar de Diego tenían una calidez fabricada que no se diferenciaba de la real a menos que supieras buscar. Ella sabía buscar. Llevaba meses viviendo dentro de una mentira y ya reconocía las costuras.
—De acuerdo —dijo, y empezó a caminar.
Diego caminó a su lado, medio paso atrás, lo suficientemente cerca para que su colonia le llegara en oleadas dulces. No le tocó el brazo ni le puso la mano en la espalda. Era más listo que Joaquín.
—¿Puedo hacerle una pregunta personal? —dijo, cuando llegaban al salón.
—Depende de qué tan personal.
—¿Alejandro sabe que está aquí?
Valentina se detuvo. Lo miró por encima del hombro.
—Acabo de hablar con él.
—Bien. —Diego levantó el vaso como en un brindis—. Porque este no es lugar para una mujer sola.
La frase tenía la textura de una advertencia envuelta en galantería. Valentina la archivó junto a todo lo demás y volvió a la mesa.
…
Cuarenta minutos después, la puerta del Club Primavera se abrió.
Valentina lo sintió antes de verlo. Un mesero se detuvo a medio paso. Yasmín dejó la copa suspendida entre la mesa y la boca. Las conversaciones bajaron medio tono.
Vestía un traje negro sin corbata. Tenía el pelo ligeramente revuelto, como si hubiera bajado del auto sin mirarse. Bruno venía tres pasos detrás.
Yasmín se puso de pie.
—Señor Quirós. Qué sorpresa. ¿Quiere sentarse con—
—No, gracias. —Alejandro la miró una fracción de segundo, lo suficiente para registrarla y descartarla—. Vengo por mi esposa.
Caminó hasta la mesa. Le tendió la mano a Valentina.
—Vámonos.
Valentina le tomó la mano y se puso de pie. El mezcal y el tobillo vendado conspiraron juntos: cuando se levantó, se tambaleó medio paso. Alejandro le pasó el brazo por la cintura y la pegó a su costado.
—¿Cuánto tomaste? —preguntó, en voz baja, solo para ella.
—Tres mezcales y cuatro copas de vino.
—¿En cuántas horas?
—Tres.
Alejandro no dijo nada. La sostuvo con el brazo y caminó hacia la salida. Valentina apoyó la cabeza contra su hombro, un gesto de borracha que también era un gesto de esposa, y dejó que la llevara.
Al pasar junto a la barra, Diego Beltrán levantó el vaso de whisky en un saludo silencioso. Alejandro no lo miró.
Afuera, el aire de la noche le golpeó la cara con olor a jacarandas y a asfalto mojado. Bruno les abrió la puerta del auto. Alejandro la ayudó a subir, le abrochó el cinturón, y subió del otro lado.
El auto arrancó. Valentina cerró los ojos y dejó que el movimiento la meciera. Sentía el calor de Alejandro a su izquierda, el cuero fresco del asiento, el zumbido del motor.
—¿Quién te dijo que vinieras? —preguntó, sin abrir los ojos.
—Mi abuela.
Valentina abrió los ojos.
—¿Doña Carmen?
—Le mandé un mensaje a Bruno cuando no contesté tu primera llamada. Él le avisó a mi abuela. Mi abuela me llamó y me dijo que si no iba a recogerte, me desheredaba. —Hizo una pausa—. No estaba bromeando.
Valentina se rió. Una risa corta, genuina, que le salió del fondo del pecho. Los ojos de Alejandro se movieron hacia ella en la oscuridad del auto.
—¿Estás borracha?
—Un poco.
—Entonces cierra los ojos y no hables.
Valentina le hizo caso. Cerró los ojos y se recargó en el respaldo. El auto olía a su colonia y al cuero nuevo. Sintió que algo le cubría las piernas: la chaqueta de Alejandro, puesta sobre ella sin pedir permiso.
Cuando abrió los ojos tres minutos después, él tenía el teléfono en la mano. La pantalla mostraba la cámara abierta. Acababa de tomarle una foto.
—¿Qué haces?
—Evidencia para mi abuela. Necesita saber que te recogí.
Valentina miró la pantalla. La foto la mostraba recargada en el asiento con la chaqueta de él encima, los ojos entrecerrados, y una sonrisa que no recordaba haberse puesto. La sonrisa en la foto le pertenecía a Valentina, no a Mariana.
—Bórrala —dijo.
Alejandro guardó el teléfono en el bolsillo interior del saco.
—No.