Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
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Prólogo
— Eres una alimaña despreciable. Te juro que, si alguna vez tengo otra oportunidad, haré que tu traición se convierta en tu peor agonía. — Mi voz sonó como un susurro roto; la impotencia me carcomía hasta los huesos.
— Lástima, las segundas oportunidades no son para los débiles, son para quienes las arrebatan aunque el precio sea derramar un poco de sangre. Y tú... tú eres tan frágil que fuiste la herramienta perfecta para mi ascenso. — Su mano se cerró sobre mi mandíbula con una brutalidad que me hizo gemir de dolor.
— ¡Maldita sea la hora en que mi corazón estúpido se atrevió a amarte! — grité con mis pocas fuerzas.
— Querida, fuiste más que estúpida. Tu amor ciego me abrió las puertas del cielo. Ahora, con tu inmensa fortuna y tú fuera de mi camino, podré acercarme a la mujer que realmente amo. — Su pulgar, frío, acarició mis mejillas, secando las lágrimas que llevaba retenidas. La rabia me hervía, deseando poder arrancar su piel con mis propias manos.
— Estela, por haberme entregado una fortuna tan obscena, seré un indulgente y te concederé una muerte... rápida.
Mis ojos se cerraron, sintiendo el gélido abrazo del metal contra mi frente.
Mi vida fue meramente una burla patética. Pero al menos, él jamás obtendrá lo que más anhela. Esa será mi dulce venganza.
Me arrepiento tanto de haberle dado la espalda a mi familia, un error que ahora me carcome el alma. Y aunque mi partida los desgarre, al menos sabrán quién fue el verdugo que segó mi vida.
Pensé que la muerte sería el silencio absoluto, el telón final de mi miseria, ¡pero qué equivocada estaba!
—¿Estoy en el cielo… o en la más profunda de las condenas?— La pregunta escapó de mis labios, un hilo de voz apenas audible, mientras mis ojos se abrían a una realidad distorsionada; toqué mi garganta por el dolor absurdo.
— Ni en uno, ni en otro. Lamento haber destrozado tu absurdo plan. Bárbara, eres mi esposa. La señora Drax. Y te guste o no, te acostumbrarás a estar a mi lado, tarde o temprano. En mi familia no existen los divorcios, solo la muerte. Estamos unidos para toda la vida, hasta que la muerte nos separe. No toleraré escándalos, ¿entiendes? Me ha costado una fortuna borrar el rastro de tu… pequeña travesura.
— ¿Quién demonios eres? ¿Dónde estoy? ¡Estás delirando! ¡Yo no estoy casada contigo! ¡Ni siqui…! ¡AAAAAAAAH!
Un grito desgarrador se ahogó en mi garganta; mis ojos se cerraron con una fuerza inaudita ante la embestida de un dolor brutal.
Una avalancha de recuerdos ajenos, extraños, pero al mismo tiempo escalofriantemente míos, me invadió. Entonces lo comprendí todo. Había renacido.
Cuando mis ojos se abrieron, lo que encontré fue una soledad bendita. Un silencio que permitía que mis pensamientos, que no eran solo míos, comenzaran a ordenarse.
La prueba más tangible de que estaba de vuelta a la vida eran las vías conectadas a mis venas; las saqué con cuidado, yo ya estaba bien, no las necesitaba.
Si mis cálculos no fallaban, mi alma entro en este cuerpo pocos minutos después de mi muerte.
Este cuerpo, ahora mío, pertenecía a Bárbara Sinclair. El nombre resonaba con el peso de la historia, pues se murmuraba que los Sinclair ostentaban una conexión con la antigua realeza, un linaje que pocos podían igualar. Conocí a la verdadera Bárbara hace un par de años, cuando alcanzó la mayoría de edad. La había visto en las galas, en las portadas de revistas famosas, siempre con esa aura de etérea belleza, pero debajo de todo el glamour, siempre detecté una… ingenuidad palpable. Una candidez casi peligrosa en un mundo tan depredador como el nuestro.
Ahora, con sus recuerdos fluyendo a través de mí, el velo se descorrió, revelando la terrible verdad: Bárbara no había sido una mujer frágil que se había suicidado por una adicción, sino una víctima de una red de engaños tejida magistralmente.
Fue manipulada, lenta y cruelmente, para temer a su propio esposo. El suicidio, ese acto final y cobarde, fue su forma de escapar del terror que sentía.
El reflejo en el espejo me devolvía la imagen de una belleza deslumbrante, con unos ojos que ahora albergaban una profundidad insospechada. Mis labios, antes ajenos, se movieron con una convicción que resonó en el silencio de la habitación.
— Bárbara —susurré, y el nombre se sintió extrañamente familiar, cargado de una intimidad que solo la fusión de almas podía otorgar—. Tú y yo fuimos víctimas de la misma ceguera; confiamos en bestias con rostros amables. Pero gracias a esta segunda oportunidad... no solo vengaré mi muerte. Vengaré la tuya también.
Bárbara. El nombre era un eco de poder y glamour. Una top model, un ícono de belleza que había caminado por las pasarelas más prestigiosas del mundo. Casi intocable, gracias a la inmensa fortuna y la ancestral influencia de su legado familiar, un escudo dorado que la había mantenido a salvo, o al menos así parecía, dentro de la implacable jungla de la industria de la moda.
Al unirse a la enigmática y poderosa familia Drax, Bárbara no solo había escalado un peldaño más en la sociedad; se había convertido en una pieza de un valor incalculable en un juego mucho más oscuro y peligroso.
Una sonrisa lenta, casi depredadora, se curvó en mis labios. Este cuerpo, con sus líneas perfectas, su gracia innata y su memoria fotográfica de pasarelas y poses, era ahora mío. Y no solo poseía sus recuerdos y habilidades, sino que también traía conmigo la astucia en los negocios y la perspectiva de una vida anterior. Esta combinación, esta simbiosis impensable, era la llave para desbloquear un potencial inimaginable.
El aire vibraba con una electricidad nueva. La piel suave y perfecta, se erizó con una sensación renovada.
¡Qué bien se siente estar viva! Pero no solo viva, sino renacida. Renacida con un propósito: vengarme de todos. El juego acababa de comenzar, y esta vez, yo no sería el peón. Sería la reina. Y los Drax... ellos serían mi perfecto escudo.
Estela
Bárbara