Tras años de haber estado perdida, Valentina Rojas aparece misteriosamente en la estación de policía asegurando que apenas recordó quien era. Ante esto sus tíos, quienes se habían quedado con toda la fortuna de sus padres, la buscan, pero solo para ser el reemplazo de su hija en un matrimonio acordado con los Alcorta, ya que todos saben que Dante Alcorta, su futuro esposo, se había vuelto loco después de un accidente.
Valentina acepta el matrimonio y al llegar a la mansión lo primero que hace es descubrir que en realidad Dante no está loco como todos creen y que todo se trata de una conspiración para apoderarse de toda la herencia Alcorta, pero valentina no permitirá esto, porque lo que nadie sabe, es que Valentina desde un inicio tenía planeado aceptar ese matrimonio y su regreso no fue una coincidencia. ¿Quién es realmente Valentina? ¿Por qué acepto el matrimonio con Dante?
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Capítulo 16
—Sos lento —dijo Valenntina.
De los arbustos salieron seis hombres armados.
La primera ráfaga destrozó las ventanillas del deportivo.
Sebastián se agachó por instinto. Uno de los atacantes gritó:
—¡Sanmartín, hoy terminás acá!
La puerta se abrió.
Valenntina estaba ahí, fría.
—Te dije que tu auto era malo. La próxima comprá por seguridad, no por pinta.
—¿Ahora me criticás el auto?
—¿Querés vivir o discutir?
Lo arrastró fuera y lo metió en el sedán blanco como si fuera una bolsa.
Otra lluvia de balas cayó sobre el parabrisas.
Sebastián se cubrió la cabeza.
Valenntina ni pestañeó.
—No seas dramático. Es blindaje especial.
Las balas rebotaron.
—¿Esto es un auto de veinte mil dólares?
—El mismo que miraste con asco.
Aceleró. Como el deportivo bloqueaba el paso, lo embistió. La parte trasera del auto de Sebastián se hundió. El sedán ni se rayó.
—¿Qué carajo manejás?
—Un auto barato.
Lobo Blanco no le había dado un sedán común. Era un vehículo preparado para zonas de guerra: velocidad de deportivo, cuerpo de blindado.
Los atacantes los siguieron.
Valenntina sacó un pequeño altavoz.
—Vehículos de atrás, portar armas de guerra y disparar en vía pública es delito. Entréguense antes de lastimar civiles.
Sebastián la miró como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Sos policía?
—No.
—¿Entonces por qué les hablás como maestra jardinera? Son sicarios.
—Lo hago para que la gente de la zona se esconda. Acá vive mi amigo y hay vecinos. ¿Tu abuelo está protegido?
—Su casa tiene seguridad. Y venían por mí; lejos de mí, él está mejor.
—Bien.
Valenntina manejó con precisión brutal. En pocas cuadras dejó a los atacantes atrás y frenó frente a una comisaría.
La puerta del acompañante se abrió sola.
—Bajá. Estás seguro.
Sebastián todavía estaba procesando que seguía vivo.
—Gracias.
—No hace falta. Sos nieto del doctor Álvarez, así que técnicamente sos mi menor. Si volvés a ser maleducado, te educo por él.
—Podrías hablar con menos soberbia.
—No suelo hablar así.
—¿Entonces?
—Vos me caíste mal desde el principio.
El sedán salió disparado.
Sebastián se quedó en la vereda, furioso y, contra todo sentido común, divertido.
La semana pasó rápido.
El cumpleaños de Patricia se celebró en el Club Dársena, un salón privado donde entraban apellidos, empresarios y políticos. Ricardo pagaba con fondos del grupo, así que no le dolía.
Los invitados no iban por Patricia. Querían ver si Dante Alcorta, el heredero que había estado loco tres años, realmente había vuelto.
En un reservado del segundo piso, Valenntina elegía vestido.
Ella habría usado cualquier cosa decente. Dante mandó traer diez vestidos de alta costura y dos maquilladoras.
—No soy la cumpleañera.
—¿Creés que vinieron por Patricia? —dijo Dante—. Esas señoras miden a la gente por la ropa. No las necesitás, pero te ahorrás basura.
Valenntina eligió un vestido sirena plateado.
Cuando salió, Dante levantó la vista de unos documentos y se quedó quieto.
La tela plateada, bordada con cristales, le marcaba el cuerpo. La abertura dejaba ver una pierna larga. El escote era profundo, demasiado. El pelo caía en ondas con una flor de perlas al costado. No parecía una invitada. Parecía la razón por la que los demás miraban.
—¿Dante? —Valenntina le movió la mano frente a la cara—. Te salvé para que no te quedaras bobo otra vez.
Él reaccionó.
—El escote está muy bajo. Cósenlo.
Se fue.
Valenntina bajó la vista.
Sí, era bajo.
Después entendió.
—Estaba mirando mis tetas. Dante Alcorta, sos un desgraciado.
En el cuarto de al lado, Milena posaba con un vestido rosa y blanco.
—Yo quería el plateado de cincuenta millones, mamá. El de cristales. Pero era carísimo.
Patricia la acarició.
—Cuando Iván tome el control, vas a comprar lo que quieras.
La puerta contigua se abrió.
Valenntina pasó con el vestido exacto.
Milena se quedó sin voz.
—¡Mamá! ¡Ese era el vestido!
Patricia vio cómo todos los ojos del pasillo seguían a Valenntina.
—Hoy la protagonista soy yo —murmuró.
Milena apretó los dedos.
—Una campesina no debería ponerse algo que yo no pude.
—Tranquila —dijo Patricia—. Esta noche va a pasar vergüenza.