Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2. El Té Intimidante
El té intimidante resultó ser mucho menos intimidante de lo que Damián había planeado.
La sala de té del castillo estaba decorada con cortinas oscuras, muebles de madera negra y una colección de cráneos ornamentales cuidadosamente distribuidos. Sin embargo, en medio de aquel ambiente sombrío, una mesa redonda exhibía una tetera blanca adornada con flores de lavanda.
Damián se quedó inmóvil al verla.
—Basilio.
—¿Sí, mi lord?
—¿Por qué hay flores?
—Porque combinan con el té.
—El té intimidante no debería combinar con flores.
—Tomaré nota para futuras amenazas.
Celeste observó la escena mientras se quitaba los guantes.
—Personalmente me gusta.
Damián se sentó de golpe.
—Perfecto. Ahora también tengo una heroína juzgando mi decoración.
—No la estoy juzgando.
—La estás juzgando en silencio.
—Eso tampoco.
—Peor. Lo estás haciendo con educación.
Basilio dejó las tazas sobre la mesa.
—¿Desea que retire las flores?
—Sí.
—No.
Damián y Celeste hablaron al mismo tiempo.
El mayordomo los observó.
—Interesante.
—¿Qué tiene eso de interesante? —preguntó Damián.
—Nada. Absolutamente nada.
Lo cual significaba exactamente lo contrario.
Celeste tomó asiento frente al villano.
Por primera vez desde que había llegado al castillo pudo observarlo sin la tensión de un posible combate.
Era extraño.
Muy extraño.
Desde hacía años había escuchado historias sobre Lord Umbra.
El Azote de las Sombras.
El Heredero Oscuro.
El Villano de la Frontera Norte.
Sin embargo, aquel hombre estaba discutiendo con su mayordomo acerca de flores decorativas.
La realidad no coincidía con la leyenda.
—¿Qué? —preguntó Damián al notar que ella lo observaba.
—Intento entenderte.
—¿Por qué?
—Porque eres raro.
—Eso no es una respuesta.
—Es una observación.
Basilio sirvió el té.
—Lady Valoria no es la primera persona que llega a esa conclusión.
—Basilio.
—Solo digo la verdad.
—La verdad está sobrevalorada.
—Eso explica muchas cosas.
Celeste ocultó una sonrisa detrás de la taza.
El aroma de lavanda llenó la habitación.
Durante unos segundos reinó un silencio relativamente pacífico.
Fue Damián quien lo rompió.
—Entonces.
—Entonces.
—¿Por qué exactamente viniste a detenerme?
—Porque eres un villano.
—Argumento débil.
—Porque supuestamente planeabas conquistar Aurelia.
—Argumento ligeramente mejor.
—Y porque mi deber es detener amenazas.
—¿Aunque esas amenazas reparen puentes?
Celeste suspiró.
—Ahí está el problema.
—¿Cuál?
—Que no sé si te estás burlando de mí.
—Yo tampoco lo sé ya.
Aquella respuesta provocó otra pausa.
Finalmente la caballera dejó la taza sobre la mesa.
—Hablemos en serio.
—Qué aburrido.
—Damián.
—Está bien.
Celeste apoyó los codos sobre la mesa.
—El Consejo Real lleva meses ignorando denuncias.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Tengo espías.
—¿Espías?
—Es una organización malvada. Tenemos estándares mínimos.
Basilio intervino.
—La mayoría son contadores.
—No reveles secretos de estado.
Celeste parpadeó.
—¿Tus espías son contadores?
—Son extraordinariamente aterradores cuando hablan de presupuestos.
—Eso es preocupantemente creíble.
Damián tomó un documento de una pila cercana.
—Mira esto.
Le entregó varias hojas.
Celeste comenzó a revisarlas.
Mientras avanzaba, su expresión fue cambiando.
Primero curiosidad.
Luego sorpresa.
Después incredulidad.
Finalmente molestia.
—¿Todo esto es real?
—Completamente.
—Fondos desaparecidos.
—Sí.
—Suministros militares revendidos.
—También.
—Cobro ilegal de impuestos.
—Página siete.
Celeste buscó la página siete.
Encontró más pruebas.
La heroína cerró lentamente la carpeta.
—Esto debería estar en manos de la corona.
—Lo intenté.
—¿Qué?
—Enviar informes.
—¿Al Consejo?
—Claro.
—¿Y qué pasó?
—Me respondieron que dejaran de llegar documentos con sello de villano.
Basilio asintió.
—La diplomacia fue complicada.
—Usé papel elegante.
—Eso tampoco ayudó.
Celeste no sabía si reír o desesperarse.
Probablemente ambas cosas.
—¿Así que tu gran plan es arreglar problemas antes de conquistar el reino?
—Exactamente.
—¿Por qué?
Damián pareció sorprendido por la pregunta.
Como si la respuesta fuera obvia.
—Porque un reino roto es difícil de gobernar.
—Sigues hablando como un administrador.
—Soy un villano responsable.
—Eso no existe.
—Por supuesto que existe.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Muy bien, quizá soy una anomalía.
Basilio levantó una mano.
—Aprobado.
—Nadie pidió tu opinión.
—La doy gratis.
La discusión continuó durante varios minutos.
Y para sorpresa de ambos, resultó bastante agradable.
Demasiado agradable.
Lo suficiente para que ninguno quisiera admitirlo.
De repente, un ruido metálico resonó en algún lugar del castillo.
Luego otro.
Y otro más.
Los tres giraron hacia la puerta.
—¿Qué fue eso? —preguntó Celeste.
Basilio palideció ligeramente.
—Oh no.
—¿Oh no qué? —preguntó Damián.
Un estruendo recorrió el piso.
Algo chocó contra una pared.
Luego contra otra.
Después contra una tercera.
—Basilio.
—Sí, mi lord.
—Dime que no es quien creo que es.
En ese preciso instante un rugido resonó desde las profundidades del castillo.
Las ventanas vibraron.
Varias tazas temblaron.
Celeste abrió mucho los ojos.
—¿Eso era un dragón?
Damián cerró los suyos.
—Sí.
—¿Tienes un dragón?
—Desafortunadamente.
—¿Desafortunadamente?
—Porque acaba de despertar.
Otro golpe sacudió el edificio.
—¿Y eso es malo?
—Depende.
—¿De qué?
—De si hoy decidió ser inteligente o destructivo.
Basilio miró hacia el techo.
Una nueva explosión sonó a la distancia.
—Por el volumen del impacto...
—¿Sí?
—Destructivo.
Damián se levantó de la silla.
—Perfecto.
—¿Qué sucede ahora? —preguntó Celeste.
El villano tomó aire profundamente.
—Ahora descubrimos qué parte del castillo sigue en pie.
Y en algún lugar, muy lejos de allí, Fulgor acababa de encontrar el archivo principal del castillo. Una situación que, por experiencia, nunca terminaba bien.