La Reina del CEO Loco
Capítulo 1
La sobrina que volvió tarde
A Valenntina Rojas la encontraron en una comisaría de Rosario.
O, mejor dicho, ella se dejó encontrar.
Tenía veinte años, una campera barata, el pelo mal acomodado y un broche rosa con forma de flor que la hacía verse más chica, más torpe, más fácil de manejar. La oficial que la acompañó hasta la sala habló con una lástima sincera.
—Pobre criatura. Diez años perdida y por fin aparece. Cuídenla, señora.
Graciela Molina sonrió como si supiera cuidar algo que no le convenía.
—Claro. Es familia.
Familia.
La palabra le quedó grande incluso antes de salir de la comisaría.
Según el informe policial, Valenntina había desaparecido a los diez años, poco después de que sus padres murieran en un accidente. Hasta entonces había tenido una vida normal, de nena de ciudad, colegio privado, cumpleaños con torta, padres que la adoraban. Después vino el entierro, los trámites y los parientes del interior.
Héctor Rojas y Graciela llegaron para “ayudar”. Vendieron la casa, cobraron la indemnización, manejaron todo con una eficiencia conmovedora. Seis meses más tarde, Valenntina salió sola una tarde y no volvió.
Nunca más.
Héctor, con la herencia de su hermano en la mano, empezó a hacer negocios. En diez años pasó de pariente rural a empresario conocido de Rosario. Graciela cambió la ropa simple por joyas grandes, autos con chofer y esa forma de mirar desde arriba que algunas mujeres compran apenas les entra plata.
Y justo cuando ya casi nadie recordaba a la sobrina perdida, la chica apareció.
La versión oficial era sencilla: después de perderse, una pareja mayor del campo la había criado. Hacía poco había vuelto a Rosario, reconoció algunas calles, recordó su nombre y fue a denunciarlo.
Graciela no creyó una palabra.
Tampoco le importó.
En el auto, ni siquiera le preguntó si había comido.
—Ya la tengo —le dijo a Héctor por teléfono—. Sí. Está hecha un desastre.
Valenntina miró por la ventanilla y no dijo nada.
La casa de los Rojas seguía llena de cosas caras y vacía de recuerdos. Ni una foto de sus padres. Ni una taza. Ni un marco viejo. Como si Héctor hubiera comprado también el derecho a borrar a los muertos.
Él la recibió con los brazos abiertos.
—Sobrina, mirate nada más. Qué flaquita estás. Pero ya está, volviste. Esta también es tu casa.
—Gracias, tío.
Valenntina bajó la cabeza. La voz le salió suave, insegura.
A Graciela le dio asco.
Esa chica sucia, con ropa de feria y modales de campo, iba a arruinarle la imagen frente a sus amigas. Diez años antes ya le molestaba tener que fingir cariño por la hija de su cuñado. En ese entonces necesitaba la herencia. Ahora no necesitaba nada de Valenntina.
O eso creyó.
Apenas la mandaron al cuarto, Graciela explotó.
—No pienso tener a esa piba viviendo acá.
—Bajá la voz —dijo Héctor.
—¿Para qué? ¿De verdad querés que la gente sepa que tenemos una sobrina así?
—Nos sirve.
Graciela se calló.
Héctor miró hacia la escalera.
—Camila no se va a casar con el loco de los Alcorta. La familia está presionando. Necesitamos una hija Rojas.
—Ella es sobrina.
—Sigue siendo Rojas.
Arriba, Valenntina se quitó el broche rosa y presionó el centro.
—Lobo Blanco, ¿me escuchás?
—Fuerte y claro.
—La familia Rojas mordió. El acceso a los Alcorta está abierto.
—No hacía falta que entraras vos.
—Dante Alcorta es la llave. Y voy a verlo de cerca.
Cortó justo antes de que la puerta se abriera de golpe.
Camila Rojas entró como si el cuarto también fuera suyo. Uñas impecables, ropa de marca, cara de asco.
—Así que vos sos la prima perdida. Mirá, te aviso algo: no me digas prima delante de mis amigas. Me muero de vergüenza.
Valenntina volvió a ponerse el broche.
Camila siguió hablando. Que era una campesina. Que no pertenecía a esa casa. Que más le valía no tocar nada. Que si pensaba quedarse, estaba muy equivocada.
Valenntina la dejó terminar.
Después dijo, tranquila:
—Quiero descansar. Salí, por favor.
Camila se quedó helada.
—¿Me estás echando de mi casa? ¿Quién te creés que sos? Sos una salvaje que ni entiende su lugar.
Avanzó y levantó la mano para darle una cachetada.
No llegó.
Valenntina la tomó de la muñeca, giró el cuerpo y la tiró por encima del hombro. Camila cayó contra el piso con un golpe seco. Se quedó sin aire, doblada de dolor, incapaz de soltar más que un quejido.
Cuando Héctor y Graciela entraron corriendo, Valenntina ya tenía los ojos bajos.
—Perdón, tío. Camila entró, me quiso echar y después quiso pegarme. Yo... en el campo me golpeaban mucho. Me asusté y reaccioné. No quise lastimarla. No va a volver a pasar.
Camila lloró más fuerte.
Graciela quiso gritar, pero Héctor la frenó con una mirada. Necesitaban a Valenntina entera, obediente y casable.
—Está bien —dijo él, tragándose la bronca—. Fue un susto. Descansá.
Apenas se fueron, Valenntina levantó la cabeza.
La chica asustada desapareció de su cara como si nunca hubiera existido. En su lugar quedó una mirada fría, limpia, demasiado afilada para esa habitación con sábanas de visitas y muebles caros.
No había vuelto a Rosario por nostalgia.
Había vuelto con una misión.
El objetivo apuntaba directo a una de las tres familias más poderosas del país: los Alcorta.
Dante Alcorta había sido el verdadero dueño del Grupo Alcorta, el heredero que todos respetaban incluso cuando lo odiaban. Tres años atrás, en pleno ascenso, un accidente lo dejó al borde de la muerte. Despertó, sí. Pero despertó convertido, según todos, en un loco imposible de controlar.
Demasiado conveniente.
Valenntina no creía en coincidencias tan prolijas.
Si los Rojas querían usarla para cubrir el lugar de Camila, mejor. El matrimonio le daba una entrada directa a la mansión Alcorta. Y una vez adentro, iba a ver con sus propios ojos qué quedaba de Dante, quién lo había destruido y por qué.
Esa noche, los Rojas empezaron el segundo acto.
Camila “desapareció” por miedo al compromiso. Héctor dejó facturas a la vista. Graciela habló de los Alcorta como si fueran una tormenta inevitable.
Valenntina desayunó despacio.
—¿No podemos buscar a Camila? —preguntó.
Graciela casi rompió la taza.
—No entendés nada, nena.
Héctor suspiró.
—Los Alcorta quieren una novia Rojas en tres días. Si no, nos destruyen la empresa.
—Qué feo.
—Feísimo —dijo Graciela—. Por eso vas a casarte vos.
Valenntina abrió los ojos.
—¿Yo? Pero eso sería engañarlos.
—No —dijo Héctor—. Sos de la familia.
—Soy la sobrina.
—Familia igual.
Graciela se inclinó hacia ella.
—A ver, Valenntina. No tenés estudios, no tenés trabajo, no tenés nada. Casarte con un Alcorta, aunque esté enfermo, es más de lo que podrías soñar.
Valenntina bajó la mirada.
—Si ustedes creen que es lo mejor...
Ambos se relajaron.
Demasiado pronto.
—Pero necesito dote —agregó ella.
Héctor parpadeó.
—¿Dote?
—Mis papás dejaron una casa y una indemnización. Si voy a entrar a una familia como los Alcorta, no puedo ir con las manos vacías. Dos millones.
Graciela gritó.
—¿Dos millones? ¿De dónde sacaste eso?
—De lo que valía la casa. Más o menos.
Héctor perdió la sonrisa.
—Eso se gastó buscándote.
—Qué pena.
Valenntina dejó la tostada sobre el plato.
—Entonces mejor busquemos a Camila. Si en la casa Alcorta preguntan por qué no llevo nada, capaz me pongo nerviosa. No quiero decir algo incorrecto.
Héctor la miró fijo.
La sobrina perdida no era tan tonta.
A la mañana siguiente, la transferencia entró.
Valenntina guardó el comprobante.
Dos millones no devolvían una infancia.
Pero servían para empezar a cobrar.
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Comments
Salomé Ortiz Quiceno
f
que felicidad mi primera novela que leí española
2026-06-13
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