Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 5. primer cambio parte 4.
Kael abrió la boca para replicar, pero Mateo ya se había girado, con la mirada fija en el pasillo por donde ella se había marchado. No había rastro de la indecisión de antes: solo una determinación silenciosa, nacida de un amor que sobrevivía a todo.
—No intenten detenerme —dijo sin volverse—. Si esto es una mentira… al menos habré tenido un momento de verdad. Y si no lo es… no quiero perdérmelo por miedo.
Kael apretó los dientes, pero Luca le puso una mano en el hombro y negó con la cabeza. Se quedaron allí, viéndolo irse, con el corazón apretado por el temor de verlo destrozado otra vez.
Poco después, Isabella regresó. Llevaba un vestido sencillo, muy distinto a las ropas ostentosas y frías que solía usar, y su cabello caía suelto sobre los hombros. Al verla, Mateo sintió que el aire se le escapaba: jamás la había visto tan hermosa, ni tan cercana.
—Estoy lista ¿Y tú?—preguntó ella con una pequeña sonrisa.
Él asintió, incapaz de hablar por un instante, y le tendió la mano con mucha cautela, como si temiera que se desvaneciera al tocarla. Ella la tomó sin dudarlo, y el contacto le hizo estremecerse de pies a cabeza.
Salieron al jardín, bajo la luz del sol. Caminaron en silencio unos pasos, pero no era un silencio incómodo: era el silencio de quienes están aprendiendo a conocerse de nuevo.
—Siempre me gustó este lugar —dijo ella de pronto, mirando las flores que él mismo había plantado—. Antes nunca me detuve a mirarlo. Creía que todo esto era demasiado simple, demasiado… insignificante.
—Para mí no lo es —respondió él bajito—. Todo lo que hice aquí… lo hacía pensando en ti.
Isabella se detuvo y lo miró a los ojos, y vio en ellos esa verdad que tantas veces había ignorado.
—Lo sé —susurró ella con voz quebrada—. Y lo siento. Siento haber estado tan ciega, tan llena de odio y orgullo que no pude ver todo lo que me dabas. Prometo que voy a intentar compensar cada lágrima que te hice derramar.
Mateo apretó su mano con suavidad. La desconfianza seguía ahí, escondida en algún rincón, pero en ese momento, con el sol bañándolos de dorado y ella mirándolo con esa sinceridad que jamás le había mostrado, decidió dejarla a un lado. Solo por un rato.
—Muéstrame —repitió él—. Dime qué es lo que realmente quieres ahora.
Isabella se acercó despacio hasta quedar frente a su rostro, y deslizó sus manos suavemente alrededor de su cuello.
—La verdad que hay en mí es esto —respondió ella, dándole un beso corto y tierno en los labios—. Solo quiero recuperarte.
En su interior, ella suplicaba con todas sus fuerzas: "Por favor… dime que tú también quieres estar conmigo".
Pero Mateo, al sentir el roce de sus labios, parpadeó varias veces, confundido y temeroso. Y una y otra vez se preguntaba en silencio: ¿Lo dice en serio? ¿De verdad quiere recuperarme? ¿O es solo otro juego? Tal vez… tal vez se le ha adelantado el celo. Eso debe ser. Por eso es tan dulce ahora. Solo me está usando.
Se separaron muy despacio, y ella lo miró a los ojos, con el alma en vilo.
—Mateo… dime qué piensas —suplicó con voz suave, temblando de pies a cabeza—. ¿Me aceptas otra vez?
Él se quedó callado un largo instante, con la mirada perdida en ella, luchando consigo mismo. Su corazón le gritaba que dijera que sí, que la abrazara y no la soltara nunca más. Pero su mente, herida tantas veces, le recordaba cada lágrima, cada desprecio, cada vez que ella lo había tirado a un lado como si nada.
—Quiero hacerlo —susurró al fin, con la voz rota—. Dios sabe cuánto quiero hacerlo. Pero tengo miedo… tengo miedo de volver a ser solo un juguete en tus manos, de que cuando pase esto… vuelvas a mirarme como si no valiera nada.
Bajó la mirada, y su cola se encogió lentamente entre sus piernas, delatando su dolor.
—Si esto es real… —continuó con dificultad—, si de verdad quieres recuperarme… tendrás que demostrarme que esta vez no hay vuelta atrás. Tendrás que demostrarme que no soy solo un capricho, ni algo que usas cuando te conviene.
Isabella sintió que las lágrimas le inundaban los ojos, pero no apartó la mirada.
—Te lo demostraré —prometió con firmeza—. Día tras día, si hace falta. No te daré ni un solo motivo para volver a dudar de mí. Te lo juro.
Mateo levantó la vista poco a poco, y vio en sus ojos un brillo que nunca antes había visto: no era orgullo, ni arrogancia… era arrepentimiento, y un deseo inmenso de hacer las cosas bien. Con un suspiro tembloroso, levantó la mano y rozó suavemente su mejilla.
—Está bien —dijo muy bajito—. Te daré esa oportunidad. Pero si me rompes el corazón otra vez… esta vez no habrá vuelta atrás.
Isabella lo abrazó con toda su fuerza, apretándolo contra sí como si temiera que se desvaneciera. Por primera vez sintió que no todo estaba perdido: si ponía todo su empeño, podría arreglar las cosas, de a poco, paso a paso, sin prisas y sin errores.
En ese momento llegaba Damián, tras terminar su guardia. Alcanzó a ver justo cuando Isabella besaba a Mateo, y la imagen lo dejó paralizado, lleno de una sorpresa que no sabía cómo procesar.
—¿De verdad… es Isabella? —se preguntó en voz baja, sin poder apartar la vista.
Jamás la había visto así: sin orgullo, sin frialdad, aferrada a Mateo como si él fuera lo único que le quedaba en el mundo. Damián apretó el puño sobre el pecho, donde llevaba la insignia de su guardia, y un revoltijo de sentimientos le llenó el pecho: confusión, recelo, y una vieja punzada de dolor que creía haber enterrado para siempre.
Estuvo a punto de acercarse, pero se detuvo en seco al ver cómo Mateo, con timidez, levantaba la mano y acariciaba suavemente el rostro de ella. No hubo burla, ni rechazo, ni esa crueldad fría que siempre los había herido. Isabella cerró los ojos al contacto, y una lágrima se le escapó, resbalando entre los dedos de él.
—No te defraudaré —susurró ella contra su pecho, tan bajito que solo él pudo oírlo—. Te lo prometo.
Damián retrocedió un paso, ocultándose parcialmente tras una columna. Su mente le gritaba que era una trampa, que ella solo tramaba algo nuevo para destruirlos… pero sus ojos no podían negar lo que veía. Y por primera vez en mucho tiempo, la certeza que lo había guiado se tambaleó.
Mientras tanto, al otro lado del jardín, Kael apretaba los dientes con rabia contenida.
—Está hechizándolo —masculló—. No puede ser real. Nadie cambia de la noche a la mañana así.
—No lo sé —murmuró Luca, que también observaba con el ceño fruncido—. Mira sus ojos… Kael, no hay burla ahí. Solo miedo. Y culpa.
—¡Culpa que debería haber sentido hace mucho! —replicó él con brusquedad, aunque su voz se quebró un instante—. Si le hace daño otra vez… no me detendré ante nadie.
Allí abajo, Mateo alzó la vista y, sin soltar a Isabella, vio a Damián a lo lejos. Su expresión cambió: no hubo miedo, ni sumisión… solo una mirada clara, como si quisiera decirle algo sin palabras.
Isabella siguió su mirada y se tensó al verlo. Pero no se apartó. Al contrario, apretó un poco más su abrazo, como si quisiera mostrarle que ya no tenía nada que ocultar.