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Embarazada del papá de mi mejor amiga

Embarazada del papá de mi mejor amiga

Status: Terminada
Genre:Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / La mimada del jefe / Romance oscuro / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.

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Capítulo 20

Capítulo 20

Ximena se apareció en mi cuarto de las Lomas un jueves, sin avisar, y me arrancó el celular de las manos antes de que yo alcanzara a esconder nada.

—Necesitas salir de esa casa aunque sea una noche —decretó—. Te vas a volver monja. Vámonos a cenar, yo invito, y no acepto un no.

Así acabé, un jueves en la noche, en un restaurante italiano de la Condesa con manteles blancos y velitas, riéndome de las imitaciones que Ximena hacía de Bárbara con la servilleta en la cabeza. Por primera vez en semanas me sentí ligera. Sin fotos escondidas, sin propuestas de matrimonio, sin culpa. Solo mi amiga y yo y un plato de pasta.

Duró hasta que levanté la vista.

Dos mesas más allá, junto al ventanal, estaba Diego. Y frente a él, con un vestido rojo y una copa de vino que sostenía como trofeo, estaba Priscila.

Se me cerró el estómago.

—Cami. —Ximena siguió mi mirada y se le endureció la cara al instante—. ¿Ese no es…?

—Sí —dije en voz baja—. Ese es. Y ella también.

Ojalá no nos hubieran visto. Pero Priscila tenía un radar para estas cosas. Nos localizó, sonrió con esa dulzura que a mí siempre me supo a vinagre, se levantó y caminó hacia nuestra mesa con Diego arrastrándose detrás.

—¡Camila! —cantó, llevándose una mano al pecho—. Qué sorpresa, mi vida. No sabía que ya salías otra vez. Qué bueno, en serio. Después de… bueno, después de todo. —Ladeó la cabeza con una lástima fingida perfectísima—. Te ves bien. Cansada, pero bien.

—Priscila —contesté, sin levantarme—. Diego.

—Camila. —Diego traía las manos en los bolsillos y esa sonrisita de suficiencia que antes me intimidaba y ahora nada más me daba flojera—. Me da gusto verte. ¿Sigues de… becaria, no? En la empresa esa de Ximena. —Soltó una risita—. Qué bien que encontraste algo. Todos tenemos que empezar por abajo.

—Trabajo con el Grupo Montalvo —dije, tranquila—. Directamente. Gracias por preguntar.

Priscila deslizó una mano por el hombro de Diego, marcando territorio, y me sonrió con los dientes.

—Ay, no te sientas mal, Cami. De verdad. —Suspiró—. Diego y yo hablábamos justo el otro día de ti. De lo mucho que… te esforzabas. Con él. Tú siempre tan entregada, pobrecita. Es que hay mujeres que dan todo y todo, y de repente el corazón, pues, se va para otro lado. —Le apretó el brazo a Diego y lo miró con ojos de telenovela—. No es culpa de nadie. Es química.

—Priscila. —Diego se hizo el modesto, encantado.

—Es la verdad, mi amor.

Sentí la vieja punzada en el pecho, el reflejo de encogerme, de tragar, de aguantar por educación. La Camila de hace un año habría bajado la cabeza. Habría dicho "qué bueno por ustedes" con la voz temblando y se habría ido al baño a llorar. Esa Camila se creía todo lo que le decían: que valía menos, que había fallado, que la habían cambiado por algo mejor.

Pero esa Camila se había quedado en un antro, una noche de cumpleaños, con un pastel a medio partir.

La que estaba en esta mesa era otra. Dejé la servilleta sobre el mantel, muy despacio, y los miré a los dos.

—Qué bueno que se encontraron —dije—. En serio. Se merecen. Los dos.

A Priscila se le borró un segundo la sonrisa, porque no supo si era un cumplido o una bofetada. Era una bofetada. Diego frunció el ceño.

—No hace falta que te pongas así —dijo él, subiendo el tono—. Yo nada más vine a saludar. Pero claro, tú siempre tan digna, ¿verdad, Camila? Tan por encima de todos. Con esa carita de que no rompes un plato. Si supieran en tu trabajo cómo eras de…

No terminó.

Porque Ximena se había levantado.

Yo conocía esa cara. Se la había visto exactamente una vez, cuando un tipo en la Ibero le dijo una grosería a una compañera. Es una cara muy dulce, la de Ximena, hasta el segundo en que deja de serlo.

—A ver, momentito. —Habló claro, sin gritar, y aun así medio restaurante volteó—. ¿"Cómo era"? Termina la frase, Diego. Ándale. Enfrente de toda esta gente. Dinos cómo era Camila. La niña que te aguantó tres años, que te pagó lo que le prestaste para no deberte ni un peso, mientras tú te ibas a los aeropuertos a recoger a esta. —Señaló a Priscila con la barbilla—. Cuéntanos.

—Ximena, no te metas —masculló Diego, poniéndose rojo.

—Me meto todo lo que quiera. —Ximena tomó su vaso de agua de la mesa—. ¿Sabes qué, Priscila? Tienes razón en una cosa. Hay mujeres que dan todo y todo. Y hay hombres que no valen nada, nada. —Sonrió—. Y luego hay tipas que se conforman con la sobra de otra. Química le dicen. Yo le digo mal gusto.

—¿Perdón? —Priscila alzó la voz—. ¿Con quién crees que estás…?

Ximena le echó el agua encima.

No fue un vaso entero en la cara, aunque bien pudo. Fue justo lo necesario: le mojó el hombro, el escote, el vestido rojo, y salpicó a Diego, que estaba al lado. Priscila soltó un chillido agudísimo y dio un salto hacia atrás, con el rímel ya corriéndosele de la pura impresión.

—¡Estás loca! —gritó—. ¡Este vestido es de diseñador!

—Se te va a secar —dijo Ximena, dejando el vaso vacío en la mesa con toda la calma del mundo—. La dignidad de Camila, en cambio, esa sí no se seca. Esa la trae puesta.

El restaurante entero se había quedado en silencio. Un mesero se acercó a paso rápido. En la mesa de al lado, una señora tapaba a duras penas una carcajada detrás de su copa. Alguien, más allá, ya tenía el teléfono levantado.

Diego se limpiaba la cara con la manga, temblando de coraje, buscando algo que decir y sin encontrarlo, porque no hay manera de salir con dignidad de una mesa donde te acaban de mojar enfrente de todos. Priscila se escurría entre las sillas hacia el baño, hecha una furia goteante, chillando que iba a demandar.

Y yo, en medio de todo, me di cuenta de que estaba tranquila. De que no me temblaban las manos. De que por primera vez en tres años estaba viendo a Diego Lascano y no sentía absolutamente nada, más que unas ganas enormes de reírme.

Pensé, sin querer, en el señor Montalvo. En cómo él, la última noche en el club, me había acomodado un mechón detrás de la oreja y me había dado espacio en vez de acorralarme. En cómo un hombre así no me habría dejado nunca sola en un antro con un pastel. Y me pregunté, con una punzada rara, cuánto de mi calma de esa noche venía de saber que ya no le debía nada a nadie que me tratara mal. Ni a Diego. Ni a Priscila. Ni a mi propio miedo.

—¿Estás bien? —me susurró Ximena, de pronto preocupada, buscándome los ojos.

—Nunca he estado mejor —le dije. Y era verdad.

Me levanté. Saqué unos billetes, los dejé sobre la mesa por mi cena, y me colgué la bolsa del hombro sin prisa.

—Vámonos, Xime —dije—. Aquí ya olía raro.

Tomé a mi amiga del brazo y caminamos juntas hacia la puerta, con la cabeza en alto, entre las miradas de todo el restaurante. A mi espalda oí a Priscila gritándole a Diego que hiciera algo, y a Diego que no hacía nada, porque nunca hacía nada.

Ya casi en la salida, Diego encontró por fin la voz.

—¡Camila! —Lo dijo fuerte, para que lo oyera todo el mundo, con la cara todavía escurriendo agua y rencor—. ¡Tú te vas a arrepentir de esto! ¡Me oíste! ¡Te vas a arrepentir!

No volteé.

Pero Ximena sí. Ximena volteó, le lanzó un besito con la mano, y abrió la puerta.

Lo que ninguna de las dos vio fue el teléfono de esa señora de la mesa de al lado, todavía en alto, grabando, con el video ya listo para volar a media ciudad antes de que llegáramos al coche.

1
Phaola Paez
lchevere
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