Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.
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Capítulo 24
Cap 24 — La apuesta
Dos mensajes de WhatsApp aparecieron en la pantalla de Valentina con tres segundos de diferencia.
El primero, de Alejandro:
Valen, ¿tienes planes mañana? Quiero llevarte a un lugar.
El segundo, de Sebastián:
Señora Solano, necesito revisar unos documentos con usted mañana a las 11. ¿Le funciona?
Valentina se quedó mirando las dos notificaciones, una encima de la otra. Alejandro con su «Valen» y su plan misterioso. Sebastián con su «Señora Solano» y su excusa profesional.
Dos hombres. Un mismo día.
—Dios mío —murmuró.
Le contestó a Alejandro: Tengo una reunión por la mañana. ¿En la tarde?
Le contestó a Sebastián: Sí, ahí estaré.
Esa mañana, a las diez, Sebastián y Alejandro estaban sentados uno frente al otro en la oficina del abogado Marcos Delgado, que representaba a Rafael Miranda en el caso del gato.
La oficina de Delgado era pequeña, con una ventana que daba a un estacionamiento y una planta artificial que alguien había puesto en la esquina en un intento desesperado de dar vida al lugar. No funcionaba.
Rafael Miranda era más joven de lo que Sebastián esperaba. Treinta años, pelo rizado, mandíbula afilada, ojos verdes que se parecían demasiado a los de Isabela. Tenía las manos sobre la mesa con los dedos entrelazados y una expresión que combinaba indignación legítima con el orgullo herido de un hombre al que no le gusta pedir ayuda.
A su lado, una foto impresa de Napoleón con la pata vendada, puesta ahí con toda la intención de generar lástima. Sebastián la vio. No comentó.
—Mi cliente exige una disculpa pública —dijo Delgado—. Y el pago completo de los gastos veterinarios, que ascienden a cuarenta y dos mil pesos.
Alejandro soltó un resoplido.
—¿Cuarenta y dos mil pesos por un gato?
—Napoleón tiene pedigrí —dijo Rafael, y su voz se quebró en la última palabra de una manera que hizo evidente que no estaba hablando de dinero sino de algo que quería mucho.
Sebastián levantó la mano para callar a Alejandro.
—Señor Miranda, nadie aquí duda de que su gato merece la mejor atención veterinaria. Mi cliente acepta cubrir los gastos médicos documentados. Sin embargo, la solicitud de disculpa pública es desproporcionada y mi cliente no está obligado legalmente a cumplirla.
—No es desproporcionada. Ese hombre conducía borracho a las tres de la mañana.
—Presuntamente —dijo Sebastián—. No hay prueba de alcoholemia ni reporte policial.
Rafael apretó la mandíbula. Se parecía tanto a Isabela en ese gesto —la misma terquedad elegante, la misma forma de apretar los dientes como si pudiera masticar la injusticia— que Sebastián tuvo que apartar la mirada.
—Además —continuó Sebastián, abriendo una carpeta que había traído—, durante mi investigación preliminar del caso, encontré información interesante sobre Miranda Farmacéutica, la empresa familiar. ¿Le gustaría que la discutiéramos aquí o prefiere que la revisemos en privado?
El color se fue de la cara de Rafael como agua de un vaso.
—¿Qué información?
—Registros sanitarios pendientes de renovación en tres lotes de producción. Nada grave, si se corrige a tiempo. Pero si alguien presentara una queja formal ante la COFEPRIS...
—Eso no tiene nada que ver con el gato.
—Tiene razón. No tiene nada que ver. —Sebastián cerró la carpeta—. Propongo lo siguiente: mi cliente cubre los gastos veterinarios y hace una donación a un refugio de animales a nombre de Napoleón. A cambio, usted retira la solicitud de disculpa pública y ambas partes firman un acuerdo de confidencialidad.
Rafael lo miró. Luego miró a Alejandro. Luego miró al techo.
Sacó el teléfono y marcó un número.
—¿Isabela? —Su voz cambió completamente. El hombre duro desapareció y quedó un hermano menor que necesitaba consejo—. El abogado de tu... amigo... me está ofreciendo un acuerdo. ¿Qué hago?
Valentina no estaba ahí para ver lo que pasó después, pero Sebastián se lo contaría meses más tarde, en una noche de confesiones que todavía estaba muy lejos: Rafael escuchó a su hermana durante dos minutos, colgó, firmó el acuerdo y, al salir, se detuvo frente a Sebastián.
—Cuida bien de mi hermana —dijo.
No esperó respuesta. Se fue con su abogado, con la espalda recta y el paso firme de alguien que acaba de perder pero se niega a que se le note.
Alejandro esperó a que la puerta se cerrara. Luego soltó el aire que llevaba conteniendo desde que Sebastián sacó la carpeta de Miranda Farmacéutica.
—Eso fue despiadado.
—Fue eficiente.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Así de... —Alejandro buscó la palabra— implacable. Trajiste información sobre su empresa familiar a una negociación por un gato. Un gato, Montero.
—La información estaba disponible públicamente. Solo la organicé de manera conveniente.
—Eso es exactamente lo que diría un psicópata.
Sebastián lo miró. Por un instante —brevísimo, casi imperceptible— la comisura de su boca se movió.
—Solo cuando importa —dijo.
Alejandro se reclinó en la silla y cruzó los brazos. Lo estudió durante un momento largo, tratando de reconciliar al hombre que acababa de aplastar una negociación con datos fríos y al mismo hombre que, según Carolina, se había puesto entre Valentina y Gladys para recibir un escupitajo en la cara.
—¿Valentina sabe cómo eres de verdad?
—La señora Solano sabe lo que necesita saber.
—Eso no es lo mismo.
—No —dijo Sebastián, y algo cambió en su voz. Algo más suave, más cansado—. No es lo mismo.
Guardó las carpetas en el portafolio con movimientos precisos. Se puso de pie. Se abrochó el botón del saco.
—El caso está cerrado, señor Herrera. Si necesita algo más, contacte a mi asistente.
Salió de la oficina sin mirar atrás.
Alejandro se quedó sentado, con los codos en las rodillas y la barbilla apoyada en los puños. Mirando la puerta cerrada.
Implacable, pensó. Es la palabra exacta. Y Valentina no tiene idea de con quién está tratando.
Pero luego pensó en el «no es lo mismo» que Sebastián había dicho, con esa voz que sonaba a algo roto, y se preguntó si tal vez Valentina sabía más de lo que todos creían.
A las seis de la tarde, Valentina estaba sentada en el parque cerca de la casa de Doña Carmen, con el celular en la mano y dos conversaciones de WhatsApp abiertas.
La de Alejandro:
¿Qué tal tu día? El mío fue interesante. Tu abogado es un tipo... especial.
La de Sebastián:
Los documentos están en orden. Buenas tardes.
Valentina pasó el dedo de una conversación a la otra.
Alejandro hablaba como un amigo. Cálido, fácil, con preguntas que invitaban a responder. Cada mensaje venía con un contexto emocional, una broma, una referencia compartida.
Sebastián hablaba como un abogado. Preciso, breve, blindado. Cada mensaje era una fortaleza con el puente levadizo arriba.
Pero de vez en cuando —de vez en cuando—, entre las líneas frías y las frases profesionales, se asomaba algo. Un «Valentina» sin apellido. Un «que descanses» al final de un correo que no lo necesitaba. Un medio milímetro de sonrisa que valía más que todas las carcajadas de Alejandro juntas.
Le contestó a Alejandro: Me alegro de que se resolvió. ¿Napoleón está bien?
Le contestó a Sebastián: Gracias. Buenas tardes, Sebastián.
Apagó el teléfono. Se recostó en la banca del parque y miró el cielo.
El sol se estaba poniendo. El cielo tenía ese color naranja con vetas moradas que solo dura diez minutos antes de que todo se vuelva azul oscuro.
Dos hombres. Dos mensajes. Dos formas completamente distintas de decir «pienso en ti» sin decirlo.
Valentina cerró los ojos.
No sabía lo que sentía. No sabía lo que quería. Solo sabía que cada vez que su teléfono vibraba, lo primero que buscaba era el nombre que empezaba con S.
Y eso, probablemente, ya era una respuesta.
que le consiguió ese trabajo?