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Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Status: En proceso
Popularitas:14
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.

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Capítulo 11

Cap 11: Doble vida

La cuarta semana en el instituto fue la semana en que todo empezó a moverse debajo de la superficie.

En el laboratorio, Montero y yo habíamos encontrado un ritmo. Yo llegaba a las ocho, él ya estaba ahí desde las siete. Le dejaba un vaso de leche de avena en su escritorio, porque descubrí que era intolerante a la lactosa cuando lo vi tomar un vaso de leche normal y pasar la siguiente hora con una expresión que combinaba sufrimiento y orgullo en partes iguales. Él nunca mencionó la leche de avena. Simplemente aparecía vacía cuando yo volvía de almorzar.

—¿Se puede saber por qué sigues trayéndome esto? —dijo un jueves, señalando el vaso con el dedo como si fuera evidencia en un caso criminal.

—Porque tu estómago hace ruidos que interfieren con la calibración del cromatógrafo.

Julia, al otro lado del laboratorio, disimuló una carcajada con una tos.

Montero me miró. Me sostuvo la mirada un segundo de más, ese segundo que ya se estaba convirtiendo en nuestro idioma secreto, y volvió a su trabajo.

—Mañana que sea de vainilla.

Victoria.

El viernes por la tarde recibí una llamada de Gabriel.

—Ale, mamá quiere que vengas a cenar. Dice que hace siglos que no te ve.

No eran siglos, sino dos semanas. Pero para Nieves Díaz de Valdés, dos semanas sin ver a su hija eran como dos años.

Llegué a la casa Valdés a las siete. El jardín olía a gardenias, mamá tenía una obsesión con esas flores que transformaba el jardín en una tienda de perfumes cada primavera. Fermín me recibió en la puerta con la misma cara impasible de siempre, pero noté que me apretó el hombro un segundo al pasar. Su forma de decir «bienvenida a casa».

Mamá estaba en la cocina, supervisando la cena con la eficiencia de una directora de orquesta. Nieves Díaz era una mujer hermosa a los cincuenta y tres años, pelo castaño recogido en un moño suave, manos elegantes, una postura que comunicaba dignidad sin esfuerzo. Había estudiado historia del arte antes de casarse con Ricardo Valdés, y todavía hablaba de Caravaggio con el entusiasmo de una estudiante universitaria.

—¡Mi niña! —Me abrazó con el calor de una madre que lleva dos semanas contando los días—. Estás más delgada. ¿Ese laboratorio no tiene cocina?

—Tiene cafetería, mamá.

—Cafetería no es cocina. Mañana te mando comida con Fermín.

Nos sentamos a la mesa. Rodrigo llegó puntual, como siempre. Nicolás llegó quince minutos tarde, como siempre. Gabriel ya estaba en su lugar, lanzando aceitunas al aire y atrapándolas con la boca.

El lugar de papá estaba vacío.

—¿Y papá? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Mamá no cambió de expresión, pero algo en su postura se ajustó, una tensión mínima en los hombros, como un puente que absorbe el peso de un camión.

—De viaje. Negocios en el extranjero. Llega la semana que viene.

Rodrigo me miró desde su lugar. Una mirada que decía: «No preguntes más. No aquí».

La cena fue ruidosa y cálida. Nicolás contó una historia absurda sobre un socio de negocios que intentó impresionarlo con un auto deportivo y terminó chocando contra un poste. Gabriel se quejó de que las aceitunas de esta temporada no tenían el mismo sabor. Rodrigo comió en silencio, con la concentración de alguien que mastica datos junto con la comida.

Mamá reía, servía, preguntaba. La imagen perfecta de una matriarca feliz. Pero yo la observaba con ojos nuevos, los ojos de una mujer que ya sabía lo que era vivir con un hombre que miente.

Noté las cosas pequeñas. La forma en que mamá evitaba mencionar a papá por su nombre. La forma en que su sonrisa se apagaba un milímetro cada vez que alguien hacía referencia al «viaje de negocios». La forma en que, cuando creía que nadie la miraba, sus ojos se perdían en un punto indefinido del mantel, como si estuviera repasando un catálogo de recuerdos que ya no sabía si eran reales.

Después de la cena, ayudé a mamá a llevar los platos a la cocina. Los chicos se quedaron en el comedor discutiendo sobre fútbol, o eso fingían.

—Mamá.

—¿Sí, mi amor?

Lavaba un plato. El agua corría. La luz de la cocina le daba en la cara desde arriba, y por un segundo se pareció a la mujer de las fotos viejas, la estudiante de historia del arte que se enamoró de un hombre poderoso y creyó que eso sería suficiente.

—¿Alguna vez escuchaste el nombre Celina Déniz?

El plato resbaló de sus manos. No se rompió, lo atrapó antes de que tocara el fregadero, con un reflejo que delataba práctica. Como si estuviera acostumbrada a que las cosas se le resbalaran sin que nadie lo notara.

—No conozco a nadie con ese nombre —dijo, sin mirarme. Su voz era perfectamente normal. Demasiado normal.

—Mamá...

—Alegra. —Me miró. Los ojos castaños, firmes, con esa capa de barniz que yo conocía tan bien—. No conozco a esa persona. ¿Por qué preguntas?

—Apareció en un archivo del instituto. Junto al nombre de papá. Un proyecto de hace quince años.

Mamá se secó las manos con un trapo de cocina. Despacio. Con la misma calma con la que yo me quité el anillo de compromiso de Sebastián.

—Tu padre ha tenido muchos socios comerciales a lo largo de los años. No puedo conocerlos a todos.

Era mentira. Y las dos lo sabíamos. Pero mamá tenía una habilidad que yo todavía estaba aprendiendo: la de mentir tan bien que la verdad se sentía incómoda en comparación.

No insistí. No todavía.

La abracé antes de irme. Ella me apretó fuerte, como Vi, pero distinto. Este abrazo era el de una mujer que sabe que su hija está empezando a ver algo que ella lleva años mirando sola.

—Cuídate, mi niña.

—Tú también, mamá.

Salí de la casa a las diez. En el pasillo, pasé por el estudio de papá. La puerta estaba entornada.

Me detuve.

Sobre el escritorio de Ricardo Valdés había una carpeta abierta con documentos. Y encima de la carpeta, dos billetes de avión.

Los miré sin tocarlos. Destino: Puerto Belmonte, una ciudad a cuatrocientos kilómetros de Santa Aurelia. Fechas: miércoles y jueves de la semana siguiente. Un billete a nombre de Ricardo Valdés.

El otro a nombre de Celina Déniz.

Saqué mi teléfono. Fotografié los billetes. Salí del estudio sin mover un papel.

En el auto, camino a mi departamento, las luces de Santa Aurelia pasaban como estrellas fugaces por las ventanas. Y yo pensaba en lo que mamá dijo, o más bien, en lo que no dijo. En la forma en que atrapó el plato antes de que cayera. En los años de práctica que implica ese reflejo.

¿Cuánto tiempo llevaba mamá atrapando cosas que se caían sin que nadie la viera?

Llegué a mi departamento a las once. Me preparé un americano, sin azúcar, como siempre, y me senté frente a la laptop. Abrí la foto de los billetes de avión.

Miércoles. Puerto Belmonte. Ricardo Valdés y Celina Déniz.

El miércoles era pasado mañana.

Tomé una decisión. No iba a confrontar a papá, no todavía, no sin pruebas completas. Pero tampoco iba a seguir esperando a que las respuestas vinieran solas. Necesitaba ojos en el lugar. Necesitaba a alguien que siguiera a mi padre a Puerto Belmonte y documentara todo.

Necesitaba un profesional.

Abrí mi teléfono y busqué en los contactos que Nicolás me compartió alguna vez, esos que él guardaba bajo categorías misteriosas como «gente útil» y «llama antes de las 10pm». Encontré un nombre. Un investigador privado que, según Nico, «puede encontrar a un fantasma en un cuarto oscuro».

Le escribí un mensaje. Breve, directo, sin explicaciones innecesarias.

Después cerré la laptop, me terminé el café y me metí a la cama.

Pero antes de dormirme, pensé en algo que mamá dijo alguna vez, cuando yo era adolescente y le pregunté por qué nunca discutía con papá: «Hay batallas que no se ganan gritando, mi niña. Se ganan sabiendo».

Ahora entendía lo que quiso decir. Y me pregunté cuántas batallas silenciosas había peleado sola, en esta casa que olía a gardenias, mientras nosotros crecíamos sin sospechar nada.

Continuará...

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