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Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Venganza / Juego de roles / Completas
Popularitas:146.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Cap 11: Doble vida

La cuarta semana en el instituto fue la semana en que todo empezó a moverse debajo de la superficie.

En el laboratorio, Montero y yo habíamos encontrado un ritmo. Yo llegaba a las ocho, él ya estaba ahí desde las siete. Le dejaba un vaso de leche de avena en su escritorio, porque descubrí que era intolerante a la lactosa cuando lo vi tomar un vaso de leche normal y pasar la siguiente hora con una expresión que combinaba sufrimiento y orgullo en partes iguales. Él nunca mencionó la leche de avena. Simplemente aparecía vacía cuando yo volvía de almorzar.

—¿Se puede saber por qué sigues trayéndome esto? —dijo un jueves, señalando el vaso con el dedo como si fuera evidencia en un caso criminal.

—Porque tu estómago hace ruidos que interfieren con la calibración del cromatógrafo.

Julia, al otro lado del laboratorio, disimuló una carcajada con una tos.

Montero me miró. Me sostuvo la mirada un segundo de más, ese segundo que ya se estaba convirtiendo en nuestro idioma secreto, y volvió a su trabajo.

—Mañana que sea de vainilla.

Victoria.

El viernes por la tarde recibí una llamada de Gabriel.

—Ale, mamá quiere que vengas a cenar. Dice que hace siglos que no te ve.

No eran siglos, sino dos semanas. Pero para Nieves Díaz de Valdés, dos semanas sin ver a su hija eran como dos años.

Llegué a la casa Valdés a las siete. El jardín olía a gardenias, mamá tenía una obsesión con esas flores que transformaba el jardín en una tienda de perfumes cada primavera. Fermín me recibió en la puerta con la misma cara impasible de siempre, pero noté que me apretó el hombro un segundo al pasar. Su forma de decir «bienvenida a casa».

Mamá estaba en la cocina, supervisando la cena con la eficiencia de una directora de orquesta. Nieves Díaz era una mujer hermosa a los cincuenta y tres años, pelo castaño recogido en un moño suave, manos elegantes, una postura que comunicaba dignidad sin esfuerzo. Había estudiado historia del arte antes de casarse con Ricardo Valdés, y todavía hablaba de Caravaggio con el entusiasmo de una estudiante universitaria.

—¡Mi niña! —Me abrazó con el calor de una madre que lleva dos semanas contando los días—. Estás más delgada. ¿Ese laboratorio no tiene cocina?

—Tiene cafetería, mamá.

—Cafetería no es cocina. Mañana te mando comida con Fermín.

Nos sentamos a la mesa. Rodrigo llegó puntual, como siempre. Nicolás llegó quince minutos tarde, como siempre. Gabriel ya estaba en su lugar, lanzando aceitunas al aire y atrapándolas con la boca.

El lugar de papá estaba vacío.

—¿Y papá? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Mamá no cambió de expresión, pero algo en su postura se ajustó, una tensión mínima en los hombros, como un puente que absorbe el peso de un camión.

—De viaje. Negocios en el extranjero. Llega la semana que viene.

Rodrigo me miró desde su lugar. Una mirada que decía: «No preguntes más. No aquí».

La cena fue ruidosa y cálida. Nicolás contó una historia absurda sobre un socio de negocios que intentó impresionarlo con un auto deportivo y terminó chocando contra un poste. Gabriel se quejó de que las aceitunas de esta temporada no tenían el mismo sabor. Rodrigo comió en silencio, con la concentración de alguien que mastica datos junto con la comida.

Mamá reía, servía, preguntaba. La imagen perfecta de una matriarca feliz. Pero yo la observaba con ojos nuevos, los ojos de una mujer que ya sabía lo que era vivir con un hombre que miente.

Noté las cosas pequeñas. La forma en que mamá evitaba mencionar a papá por su nombre. La forma en que su sonrisa se apagaba un milímetro cada vez que alguien hacía referencia al «viaje de negocios». La forma en que, cuando creía que nadie la miraba, sus ojos se perdían en un punto indefinido del mantel, como si estuviera repasando un catálogo de recuerdos que ya no sabía si eran reales.

Después de la cena, ayudé a mamá a llevar los platos a la cocina. Los chicos se quedaron en el comedor discutiendo sobre fútbol, o eso fingían.

—Mamá.

—¿Sí, mi amor?

Lavaba un plato. El agua corría. La luz de la cocina le daba en la cara desde arriba, y por un segundo se pareció a la mujer de las fotos viejas, la estudiante de historia del arte que se enamoró de un hombre poderoso y creyó que eso sería suficiente.

—¿Alguna vez escuchaste el nombre Celina Déniz?

El plato resbaló de sus manos. No se rompió, lo atrapó antes de que tocara el fregadero, con un reflejo que delataba práctica. Como si estuviera acostumbrada a que las cosas se le resbalaran sin que nadie lo notara.

—No conozco a nadie con ese nombre —dijo, sin mirarme. Su voz era perfectamente normal. Demasiado normal.

—Mamá...

—Alegra. —Me miró. Los ojos castaños, firmes, con esa capa de barniz que yo conocía tan bien—. No conozco a esa persona. ¿Por qué preguntas?

—Apareció en un archivo del instituto. Junto al nombre de papá. Un proyecto de hace quince años.

Mamá se secó las manos con un trapo de cocina. Despacio. Con la misma calma con la que yo me quité el anillo de compromiso de Sebastián.

—Tu padre ha tenido muchos socios comerciales a lo largo de los años. No puedo conocerlos a todos.

Era mentira. Y las dos lo sabíamos. Pero mamá tenía una habilidad que yo todavía estaba aprendiendo: la de mentir tan bien que la verdad se sentía incómoda en comparación.

No insistí. No todavía.

La abracé antes de irme. Ella me apretó fuerte, como Vi, pero distinto. Este abrazo era el de una mujer que sabe que su hija está empezando a ver algo que ella lleva años mirando sola.

—Cuídate, mi niña.

—Tú también, mamá.

Salí de la casa a las diez. En el pasillo, pasé por el estudio de papá. La puerta estaba entornada.

Me detuve.

Sobre el escritorio de Ricardo Valdés había una carpeta abierta con documentos. Y encima de la carpeta, dos billetes de avión.

Los miré sin tocarlos. Destino: Puerto Belmonte, una ciudad a cuatrocientos kilómetros de Santa Aurelia. Fechas: miércoles y jueves de la semana siguiente. Un billete a nombre de Ricardo Valdés.

El otro a nombre de Celina Déniz.

Saqué mi teléfono. Fotografié los billetes. Salí del estudio sin mover un papel.

En el auto, camino a mi departamento, las luces de Santa Aurelia pasaban como estrellas fugaces por las ventanas. Y yo pensaba en lo que mamá dijo, o más bien, en lo que no dijo. En la forma en que atrapó el plato antes de que cayera. En los años de práctica que implica ese reflejo.

¿Cuánto tiempo llevaba mamá atrapando cosas que se caían sin que nadie la viera?

Llegué a mi departamento a las once. Me preparé un americano, sin azúcar, como siempre, y me senté frente a la laptop. Abrí la foto de los billetes de avión.

Miércoles. Puerto Belmonte. Ricardo Valdés y Celina Déniz.

El miércoles era pasado mañana.

Tomé una decisión. No iba a confrontar a papá, no todavía, no sin pruebas completas. Pero tampoco iba a seguir esperando a que las respuestas vinieran solas. Necesitaba ojos en el lugar. Necesitaba a alguien que siguiera a mi padre a Puerto Belmonte y documentara todo.

Necesitaba un profesional.

Abrí mi teléfono y busqué en los contactos que Nicolás me compartió alguna vez, esos que él guardaba bajo categorías misteriosas como «gente útil» y «llama antes de las 10pm». Encontré un nombre. Un investigador privado que, según Nico, «puede encontrar a un fantasma en un cuarto oscuro».

Le escribí un mensaje. Breve, directo, sin explicaciones innecesarias.

Después cerré la laptop, me terminé el café y me metí a la cama.

Pero antes de dormirme, pensé en algo que mamá dijo alguna vez, cuando yo era adolescente y le pregunté por qué nunca discutía con papá: «Hay batallas que no se ganan gritando, mi niña. Se ganan sabiendo».

Ahora entendía lo que quiso decir. Y me pregunté cuántas batallas silenciosas había peleado sola, en esta casa que olía a gardenias, mientras nosotros crecíamos sin sospechar nada.

Continuará...

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Alba Dany Marroquin
Rubi ? la de 18 años enfermera hija de su padre con la amante? ME CONFUNDES
Alba Dany Marroquin
como pasó Rubí de 18 años y enfermera a una niña.de.8 años???
Alicia Rodríguez
escritora que pena seguir insistiendo en las edades de los hijos de Nieves ya que dice que hace veinte años que se casó entonces Roberto que es el hijo mayor tendría unos 19años
Marilu Garcia
estimada aurora posiblemente este escribiendo 2 novelas a la vez de ahí la confusión en las edades 😑😑😑
Sylvia Iusin Borensztejn
Escribiste muy bien y tenes que ser más coherente con los personajes, si es epidemioooho no es abogado
si la hermana tiene 23 años no tiene 8.
Capaz que alguien lo puede leer antes de que lo publiques para ver estas contradicciones.
Gracias pir escribir
PD Si alguien muere en una epidemia el cadáver se trata como contaminado, no se expone a personas a ese cadáver.
Alicia Rodríguez
la historia esta muy interesante pero lo que no entiendo son las edades de cada uno de los hijos ya que tienen veinte años de casados y no mas aleria tiene más de veinte y la niña de la otra mujer nació dos años después del matrimonio entonces cuántos años tienen los hijos del matrimonio si son mayores que Alegra
Sylvia Iusin Borensztejn
rdzdz9dd7d7
Nancy Castro Castillo
demasiados vacíos, cambio en los personajes, en las edades, en los parentescos, en las profesiones
María de jesus Zepeda: así es bonita historia pero demasiadas notas cambiadas que al momento de leer cambian los datos , pero bonita historia..
total 1 replies
Nancy Castro Castillo
a qué horas Hugo llegó a los 63, y ahora los hijos del general resultaron nietos, pues con ese montón de años que le puso, 85
Nancy Castro Castillo
No Dios que locura, ahora Rodrigo resultó ser sobrino de la mamá, antes era hijo de Nieves.
Nancy Castro Castillo
ahora dizque Ignacio y Gabriel son hijos de Paloma, Ignacio era la mano derecha de Damián y Gabriel hermano de Alegra, que locura con la escritora, será que la cápsula le borro a ella los recuerdos 🤭🤭🤭
Nancy Castro Castillo
cuáles tres hijos de Paloma, acaso no era solo Damián?
Alicia Rodríguez
quien será j que tendrá que ver con la familia de Alegra?
Nancy Castro Castillo
ahora dizque la herida de Damián es en la mano porque golpeó una mesa, y antes era en la espalda porque alguien lo hirió
Adriana Elvi Hadeler
Es inconsistente primero dormían en habitaciones separadas después ya habían compartido la cama 🥴😵‍💫
Adriana Elvi Hadeler
muchísimas lagunas se alarga con detalles y frases físicas o químicas y partes importantes como los 8 años de Rubí que primero la iba a hacer trabajar en la empresa y después se achicó, la muerte de Paloma, . . . 🙁🤨🧐🤯. . . relato sumamente insistente en muchos aspectos
Ya me aburrió
nalisima
Irene Aranda
los primeros 80-90 capitulos muy bien, despues se le ha ido la olla a la autora, cambia personajes, hace que mueran mucho tiempo atras y luego vuelven a estar vivos, les cambia la profesion y ahora hasta de familia
conforme sigo leyendo cada vez es peor, cada vez mas cambios, dejo de leerla, no la pienso ni acabar, esta "autora" no se merece que le de mas tiempo, es una verguenza la poca profesionalidad que ha demostrado y la nula dedicacion a su trabajo, por no hablar del respeto hacia los lectores
Irene Aranda
desde cuando Ricardo, el padre de Alegra, el que tenia una doble vida, con una hija ilegitima, Rubi, es buena persona, vaya ida de olla, vaya cambios, es insultar a quien destina tiempo a leerla
María Cecilia Fuentes
🤭me asombra la autora disminuye la edad de una mujer, elimina otra ya no se sabe quién sobrevive 🤣
María Cecilia Fuentes
🤭me asombra la autora disminuye la edad de una mujer, elimina otra ya no se sabe quién sobrevive 🤣
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