Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 11: ENTRAR EN LA BOCA DEL LOBO
Chloe Bennett
El agua hirviendo de la ducha no lograba quitarme la sensación de suciedad de la piel, ni el persistente olor artificial a fresa que parecía haberse filtrado por mis poros. Me froté el cuero cabelludo hasta que me dolió, intentando borrar no solo la pegajosa malteada que Vanessa me había volcado encima, sino también la lacerante humillación de sus palabras. «Una arrastrada que se vende al mejor postor». Sus insultos seguían resonando en las paredes de mi pequeño y lúgubre cuarto de baño.
Pero lo que verdaderamente hacía que se me encogiera el estómago en un puño de pánico era el recuerdo de hace unas horas en el estacionamiento de la universidad. El impacto contra aquel pecho sólido. Aquellas manos gigantescas aprisionando mis brazos con una fuerza implacable que me había hecho temblar. Nicolas Donovan me había visto en mi estado más patético y vulnerable. Había visto mis lágrimas, mi degradación, y yo le había gritado en la cara antes de huir como una cobarde.
"¿Qué le voy a decir si me pregunta?" susurré para mí misma, apoyando la frente contra el espejo empañado.
Las manos me temblaban mientras me abrochaba los botones de la blusa de seda blanca. Si él me presionaba para obtener una explicación, ¿cómo se supone que le diría que su propia hija consentida me acosaba y me trataba como a una basura? El señor Nicolas me había dejado perfectamente claro que su vida privada y su vida corporativa no debían cruzarse jamás, y que debía mantenerme al margen de su familia. Si descubría que yo era el blanco de los ataques de Vanessa, probablemente decidiría que era un cabo suelto demasiado problemático y me rescindiría el contrato. Y yo no podía permitirme perder este empleo. Necesitaba ese sueldo para no volver al abismo de las deudas.
Me obligué a respirar hondo, a ponerme la máscara de la frialdad corporativa y a recoger mi cabello rubio húmedo en un moño alto y tirante, sin un solo mechón fuera de su lugar. Al mirarme al espejo, mis ojos verdes todavía lucían un ligero tinte rojizo por el llanto, pero la determinación ya se había asentado en mis facciones. No iba a flaquear. Si él preguntaba, inventaría que había sido un altercado estúpido con unos estudiantes desconocidos. Un accidente. Cualquier cosa antes que pronunciar el nombre de Vanessa.
Cuando el ascensor privado se abrió directamente en el piso cuarenta y cinco de la Torre Donovan, el silencio del piso ejecutivo me recibió como una densa capa de niebla. Caminé hacia el imponente despacho presidencial con los papeles de las auditorías de las filiales europeas apretados contra mi pecho, como si fueran un escudo protector.
Empujé la puerta de cristal esmerilado y entré.
Nicolas Donovan ya estaba allí, sentado detrás de su majestuoso escritorio de ébano negro. Para la jornada de hoy, lucía un traje de tres piezas de un imponente color negro; el chaleco se amoldaba con precisión matemática a la anchura hercúlea de su pecho y la corbata de seda oscura estaba sujeta por un pasador de plata que destellaba bajo las luces led del techo. Parecía una deidad corporativa, ajeno a las flaquezas del resto de los mortales.
Al escuchar mis pasos, alzó la mirada de inmediato. Sus ojos fijos y calculadores se clavaron en mi rostro, recorriendo la línea de mi mandíbula, bajando por mi cuello y deteniéndose un segundo de más en mis manos, que sostenían los documentos con una rigidez evidente. Contuve el aliento, preparándome para el interrogatorio, para las preguntas invasivas sobre el incidente de la mañana, para la reprimenda por haberle gritado en un lugar público.
Sin embargo, para mi absoluta sorpresa, él no dijo una sola palabra al respecto. No hubo preguntas. No hubo mención alguna al estacionamiento. Su rostro permaneció como una máscara de granito inexpresiva, aunque noté una tensión inusual en la línea de sus hombros y la vena de su cuello latía con una fuerza sutil.
—Señorita Bennett —su voz profunda, ese barítono ronco y cargado de una autoridad magnética, vibró en el espacio—. Coloque los informes de auditoría sobre la mesa. Comencemos a revisar las proyecciones financieras del tercer trimestre.
—Sí, señor Donovan —respondí con un hilo de voz, sintiendo que una oleada de alivio mezclada con una extraña punzada de decepción me recorría la columna.
Me acerqué al escritorio y distribuí las carpetas. Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, nos sumergimos en una rutina de trabajo intensiva. Nos paramos uno al lado del otro, analizando los documentos, cotejando los balances y asegurándonos de que cada maldito número estuviera en su perfecto orden. A pesar de su aparente frialdad, la atmósfera en el despacho estaba cargada de una vibración extraña, densa y casi eléctrica. Cada vez que su mano rozaba la mía al pasarme un papel, o cuando su hombro chocaba sutilmente contra el mío debido a la cercanía, una corriente de calor me quemaba la piel. Podía oler su perfume costoso, una mezcla de madera de sándalo, tabaco fino y cuero que me nublaba los sentidos y me impedía concentrarme por completo.
De repente, el silencio de la oficina fue interrumpido por un sonido que me heló la sangre: el bip electrónico y el suave deslizamiento del ascensor privado abriéndose en el vestíbulo del piso cuarenta y cinco. Nadie subía por ese ascensor sin una autorización directa de máxima prioridad.
Me quedé estática, con un reporte de ingresos a medio alzar. Observé a Nicolas fijamente, con los ojos abiertos de par en par, transmitiéndole todo mi pánico y preguntándole con la mirada quién demonios podía ser a esta hora.
Nicolas desvió la vista hacia la entrada, frunciendo el entrecejo con una molestia evidente. Sus labios se tensaron en una línea delgada.
—Seguro es mi hija —me dijo en un susurro ronco, sin mirarme directamente, pero con una fijeza peligrosa en la mandíbula—. Debía venir a pedirme algo sobre su cuenta bancaria. Quedate aquí.
El pánico me golpeó el pecho como un mazo de hierro. Vanessa. Si Vanessa entraba en este despacho y me veía aquí, como la asistente personal de su padre, ataría los cabos de inmediato. Descubriría de dónde salía el dinero de mi matrícula, arruinaría mi reputación en la universidad con más saña y, peor aún, le reclamaría a Nicolas por haberme contratado, desatando el escándalo familiar que él tanto quería evitar. Mi mente se nubló, gobernada por el puro instinto de supervivencia. No lo pensé dos veces. No medí las consecuencias de mis actos ni la total falta de decoro que significaba lo que estaba a punto de hacer.
Antes de que la silueta de Vanessa se vislumbrara a través del cristal esmerilado, me deslicé con la velocidad de un rayo hacia el suelo y me metí de cabeza debajo de la inmensa mesa de ébano negro, escondiéndome en el reducido espacio inferior.
Me acurruqué por completo en el piso alfombrado, encogiendo las piernas contra mi pecho en la oscuridad del hueco de la mesa. Pero el espacio era terriblemente estrecho. Para no quedar expuesta a la vista desde el frente, me vi obligada a pegarme por completo al cuerpo de Nicolas, quedando materialmente escondida entre sus piernas. Mis muslos rozaban la tela fina de su pantalón gris carbón y mi rostro quedó a escasos centímetros de su regazo, respirando el calor embriagador que desprendía su cuerpo.
En el mismo instante en que me acomodé en esa posición comprometedora, escuché un jadeo profundo, bajo y sumamente ronco provenir de arriba. El cuerpo de Nicolas se tensó por completo, volviéndose duro como el acero. Sus largas piernas se cerraron milimétricamente, aprisionándome sutilmente en el espacio, mientras sus manos grandes se aferraban al borde del escritorio con tanta fuerza que escuché crujir la madera. Mi movimiento repentino y mi cercanía absoluta lo habían tomado completamente por sorpresa, descolocando al gran CEO por primera vez en su vida.
—¿Papá? —la voz caprichosa y chillona de Vanessa resonó al entrar al despacho, rompiendo la tensión del aire—. Qué bueno que estás aquí. Tu secretaria no quería dejarme subir, pero le recordé quién soy. Necesito que hables con el banco, bloquearon mi tarjeta de crédito de repuesto y...
—Vanessa —la voz de Nicolas sonó más profunda que de costumbre, extrañamente carrasposa y cargada de una rigidez que intentaba, por todos los medios, pasar por profesionalismo puro—. Te dije que no vinieras a mi oficina sin avisar. Estoy... estoy ocupado revisando unos informes de máxima importancia.
—Ay, por favor, siempre estás ocupado —protestó ella, y escuché el eco de sus tacones acercándose peligrosamente hacia el escritorio.
El corazón me latía a una velocidad demencial, golpeándome las costillas con tanta fuerza que temía que Vanessa pudiera escucharlo desde el otro lado de la mesa. El pánico me paralizaba. En un intento desesperado por afianzar mi posición y no moverme ni un milímetro, apoyé mi mano derecha sobre el muslo de Nicolas, buscando estabilidad en medio de la penumbra.
Fue el peor error de mi vida.
Debajo de la tela costosa del traje, sentí cómo los músculos de su pierna se contraían en un espasmo violento. Y entonces, para mi absoluta desgracia y horror, sentí el cambio. Justo al lado de donde tenía apoyada la palma de mi mano, una perturbación evidente y masiva comenzó a crecer, estirando la tela del pantalón con una firmeza implacable.
"Oh, Dios mío."
El aire se me escapó de los pulmones en un suspiro mudo. Nicolas Donovan, el hombre frío, el tiburón corporativo, el magnate inaccesible... estaba sufriendo una erección salvaje y descontrolada debido a mi cercanía, a mi respiración cálida golpeando directamente su entrepierna y al contacto de mi mano sobre su piel. El calor que comenzó a irradiar de esa zona era abrasador, una oleada de magnetismo animal que me golpeó la cara en la oscuridad. Sentí un escalofrío ardiente nacer en la boca de mi estómago y descender con violencia hacia mis muslos, haciéndome jadear en silencio. Estaba atrapada entre sus piernas, sintiendo su virilidad crecer a centímetros de mi rostro, mientras su hija hablaba a menos de dos metros de distancia.
Arriba, la situación se estaba volviendo insoportable para él. Escuché cómo Nicolas tragaba saliva con dificultad, y su voz tembló sutilmente cuando volvió a dirigirse a su hija, perdiendo por completo la compostura inquebrantable que lo caracterizaba.
—Te... te depositaré los fondos esta tarde, Vanessa —articuló él, con un tono denso, espeso y peligrosamente alterado—. Pero vete ahora. Tengo una videoconferencia internacional en dos minutos. Fuera de mi despacho. Ahora.
—Está bien, está bien, qué genio tienes hoy —bufó Vanessa, claramente extrañada por la actitud extrañamente nerviosa y tajante de su padre—. No olvides lo de la tarjeta. Nos vemos en la casa.
Los tacones de Vanessa se alejaron rápidamente y la puerta de cristal se cerró con un clic definitivo. El silencio regresó al despacho, pero ya no era un silencio profesional. Era una atmósfera sofocante, saturada de una tensión sexual tan espesa que casi se podía cortar con un cuchillo.
No esperé ni un segundo. Movida por la vergüenza y la agitación, salí apresuradamente de mi escondite, arrastrándome hacia fuera de la mesa y poniéndome de pie como pude, con las mejillas encendidas en un rojo escarlata y la respiración completamente rota. Intenté dar un paso atrás para alejarme de él, para disculparme y huir de la oficina antes de que la cordura nos abandonara por completo.
—Señor Donovan, yo... lo siento tanto, no debí... —comencé a balbucear, tapándome la boca con la mano.
No alcancé a terminar la frase. Nicolas se puso de pie con un movimiento felino y devastador. Antes de que pudiera procesarlo, su mano gigante se cerró alrededor de mi cintura y me tiró hacia él con una fuerza descomunal. En un parpadeo, me levantó del suelo y me sentó directamente sobre sus piernas, obligándome a quedar a horcajadas sobre su regazo, frente a frente.
Un gemido ahogado se me escapó de los labios al sentir el contacto directo. Su enorme y rígida protuberancia quedó presionando con una fuerza brutal directamente contra mi intimidad, separada apenas por las delgadas telas de nuestra ropa. El dolor del deseo y la dureza de su anatomía me atravesaron como una descarga eléctrica, haciéndome humedecer al instante. Mis manos, de forma instintiva, se apoyaron en sus hombros anchos para no caer, sintiendo la musculatura de acero de su torso bajo el traje.
Nicolas me sujetó la nuca con la otra mano, obligándome a sostenerle la mirada. Su rostro estaba peligrosamente cerca del mío; su respiración era un jadeo ronco y caliente que me golpeaba los labios y sus facciones estaban crispadas por un deseo salvaje, animal e incontenible.
—Dime una cosa, Chloe... —su voz barítona descendió a un registro tan oscuro y letal que me hizo temblar las piernas sobre su regazo—. ¿Es ella?
Parpadeé, completamente aturdida por la cercanía, por la enorme presión de su hombría buscándome entre mis muslos y por el calor sofocante que nos envolvía.
—¿Qué...? —logré articular, con la mente nublada por la lujuria que comenzaba a derretirme por dentro.
—Te pregunté si es ella quien te molesta en la universidad —exigió, apretando sus dedos en mi nuca con una posesividad feroz, obligándome a pegarme aún más a su pecho, haciendo que su erección se acomodara de forma intolerable contra mí—. Si es Vanessa la responsable de que esta mañana estuvieras llorando de esa manera. Respondeme.
El pánico profesional intentó regresar, pero el placer pecaminoso de sentirme dominada por él era mil veces más fuerte.
—Yo... yo... no, señor Donovan... no es lo que piensa —mentí, intentando apartar la vista, temerosa de las consecuencias.
—No me mientas, Chloe. Ya lo descubrí —me interrumpió, y su tono no admitía réplicas. Era el dueño del mundo dictando una sentencia—. Sé perfectamente lo que esa mocosa malcriada te hizo hoy. Vi cómo reaccionó cuando pronuncié tu nombre en mi auto.
Las lágrimas de la humillación regresaron a mis ojos, pero esta vez eran de pura angustia por mi futuro. Me aferré a las solapas de su saco, suplicándole con la mirada.
—Por favor, señor Donovan... lo siento mucho —intenté disculparme, con la voz quebrada—. No quería causar problemas en su familia. Yo... yo necesito este empleo, necesito el dinero para mi matrícula y para vivir. No me despida, por favor... Le prometo que me mantendré alejada de ella, que no la volveré a molestar, que soportaré lo que sea con tal de mantener mi puesto aquí...
—Shh... tranquila. Cállate —me cortó Nicolas, y de repente, toda la furia de su voz se transformó en una ternura tosca, profunda y abrumadoramente protectora.
Sus brazos se cerraron alrededor de mi espalda, aplastándome contra su enorme cuerpo con una vehemencia que me quitó el aliento. Me hundió contra él, permitiendo que sintiera cada centímetro de su anatomía alterada y deseosa. Su mano grande subió por mi espalda hasta enredarse en mi moño, soltando el cabello rubio que cayó en cascada sobre sus hombros.
—No es tu culpa, Chloe. No tienes por qué disculparte por nada —susurró contra mi oído, y su aliento caliente me erizó cada vello del cuerpo—. Ya la castigué como se lo merece. Y me aseguraré personalmente de que esa maldita mocosa no vuelva a tocarte, ni a mirarte, ni a dañarte nunca más. Estás bajo mi protección ahora. Nadie te toca. Nadie te molestará. ¿Entendiste?
Antes de que pudiera responder, Nicolas bajó el rostro y enterró la nariz en la curva de mi cuello, respirando con un ansia salvaje el olor de mi piel. Sentí la aspereza de su mandíbula rozar mi sensibilidad, y entonces, en un movimiento lento y cargado de una deliberada y agónica tensión sexual, rozó un beso ardiente y húmedo justo en el punto donde late mi pulso.
Un gemido agudo y descontrolado se me escapó de la garganta, arqueando mi espalda hacia atrás, lo que provocó que mi intimidad se frotara de lleno contra la dureza de su erección. El placer fue tan agudo, tan jodidamente intenso, que una neblina de pura lascivia me nubló los ojos. En ese instante, con el magnate devorándome el cuello y sosteniéndome el cuerpo como si fuera su posesión más valiosa, no pude pensar en la universidad, ni en las auditorías, ni en las consecuencias de cruzar la línea con mi jefe. No existía nada más en el universo que el fuego abrasador que nos estaba consumiendo a los dos en el piso cuarenta y cinco.