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La Esposa Que Cambió Las Reglas

La Esposa Que Cambió Las Reglas

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amor prohibido / Romance
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: Lo que no estaba en el contrato

La tarde cayó sobre la ciudad mientras Amelia y Gael regresaban a la Torre Santoro después de la primera parte de la audiencia. Ninguno habló durante el trayecto. La declaración de Amelia seguía flotando entre ellos, especialmente aquella frase que había pronunciado frente al juez: «Porque decidí casarme con él». Había sido una respuesta sencilla, pero ahora parecía tener un peso mucho mayor del que ella había previsto. Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso treinta y dos, Gabriel los esperaba con dos teléfonos en la mano y una expresión grave.

—El tribunal todavía no ha emitido la resolución provisional.

Gael dejó la carpeta sobre el escritorio.

—¿Y los Llorente?

—Están preparando una ofensiva mediática. Ya hay periodistas preguntando por la frase que Amelia pronunció durante la audiencia.

Amelia cerró los ojos durante un segundo.

—Por supuesto.

Gabriel continuó:

—Pero hay algo más importante. Hemos encontrado el origen de una de las filtraciones.

Gael levantó la mirada.

—¿Mauro Vidal?

—Sí.

Amelia se volvió hacia él.

—¿Qué hizo?

Gabriel colocó varios documentos sobre la mesa.

—Vidal no solo trabajó para el padre de Gael. Durante los últimos seis meses también mantuvo reuniones privadas con representantes del Grupo Llorente.

Gael tomó uno de los documentos.

—¿Seis meses?

—Tenemos registros de cuatro reuniones. Dos de ellas ocurrieron antes de que Amelia y tú anunciaran el matrimonio.

Gael permaneció en silencio.

Amelia observó su rostro.

—¿Tu padre confiaba en él?

—Durante años.

—Entonces Victoria no improvisó nada.

Gabriel negó con la cabeza.

—Parece que llevaba tiempo construyendo una red de información.

Gael comenzó a revisar los documentos.

—¿Qué buscaban?

—Todavía no lo sabemos.

Amelia tomó una hoja.

—Aquí hay una referencia al archivo privado de Leonardo Ferrer.

Gabriel asintió.

—Y hay otra cosa.

Abrió un sobre.

—Este documento apareció esta mañana en el archivo externo de un antiguo despacho que trabajó para tu padre.

Amelia lo tomó.

Era una copia de una carta firmada por Leonardo Ferrer varios años atrás.

La leyó una vez.

Después volvió a leerla.

Su respiración se hizo más lenta.

—Esto no puede ser.

Gael se acercó.

—¿Qué dice?

Amelia le entregó la carta.

—Mi padre sabía que los Llorente intentarían reclamar el Proyecto Legado.

Gael leyó rápidamente.

En la carta, Leonardo explicaba que había establecido una estructura de protección para evitar que determinados activos fueran controlados por terceros mediante acuerdos familiares, comerciales o financieros. Sin embargo, había una frase que llamó especialmente la atención de ambos.

«El acceso al Proyecto Legado no dependerá únicamente de la sangre. Quien pretenda reclamarlo deberá demostrar que su vínculo con él no nació de la ambición.»

Gael levantó lentamente la mirada.

—Tu padre dejó una condición moral.

—No exactamente.

Amelia señaló la parte inferior.

—Mira la fecha.

Gael lo hizo.

—Hace doce años.

—Mucho antes de nuestro matrimonio.

Gabriel intervino:

—Eso podría ser importante.

Amelia asintió.

—Mucho.

La puerta de la oficina se abrió.

Catalina entró sin anunciarse.

Al ver la carta sobre la mesa, se detuvo.

—¿Dónde encontraron eso?

Amelia la observó.

—Así que lo conocías.

Catalina guardó silencio.

Gael frunció el ceño.

—Madre.

Catalina cerró la puerta detrás de ella.

—No conocía el contenido completo.

—Pero sabías que existía.

—Sí.

Amelia se levantó.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Catalina sostuvo su mirada.

—Porque no tenía autorización para hacerlo.

—¿De quién?

—De tu padre.

El silencio fue inmediato.

Amelia sintió que algo se rompía dentro de ella.

—Mi padre murió sin decirme esto.

—Tu padre murió creyendo que todavía no estabas preparada.

—¿Preparada para qué?

Catalina se acercó a la mesa.

—Para descubrir que el Proyecto Legado no es simplemente una herencia.

Gael dejó la carta.

—¿Entonces qué es?

Catalina lo miró.

—Una prueba.

Amelia sintió un escalofrío.

—¿Una prueba de qué?

Catalina respiró profundamente.

—De quién realmente merece controlarlo.

Gabriel permaneció en silencio.

Catalina continuó:

—Leonardo Ferrer sospechaba que los Llorente intentarían apropiarse del proyecto. También sabía que algunos miembros de su propia familia podían intentar utilizarlo en beneficio personal. Por eso creó condiciones que no pudieran interpretarse únicamente desde el punto de vista empresarial.

Amelia negó lentamente con la cabeza.

—¿Y tú sabías todo esto?

—Sabía una parte.

—No me basta.

Catalina sostuvo su mirada.

—Entonces tendrás que seguir buscando.

Amelia sintió que la rabia regresaba.

—No vuelvas a decirme que debo seguir buscando cuando tú llevas años guardando respuestas.

Catalina no se defendió.

—Tienes razón.

Aquella admisión sorprendió a Amelia.

Catalina dejó una segunda carpeta sobre la mesa.

—Esto es todo lo que puedo entregarte ahora.

Gael abrió la carpeta.

Dentro había copias de antiguos documentos, registros y una fotografía.

Amelia tomó la fotografía.

Era su padre junto a otro hombre.

Reconoció inmediatamente a uno de ellos.

—Mauro Vidal.

Catalina asintió.

—Sí.

—Entonces él estuvo involucrado desde el principio.

—Como asesor.

Gael miró la fotografía con dureza.

—Y ahora trabaja para Victoria.

—No oficialmente —respondió Catalina—. Pero sus reuniones hablan por él.

Amelia dejó la fotografía.

—¿Qué más hay en esta carpeta?

Catalina la miró directamente.

—Una lista de personas que conocían la existencia del Proyecto Legado antes de tu matrimonio.

Amelia abrió los documentos.

Había ocho nombres.

El de Leonardo Ferrer.

El de Catalina Santoro.

El de Mauro Vidal.

Y otros cinco.

Amelia se quedó inmóvil al llegar al último nombre.

—No.

Gael se acercó.

—¿Quién es?

Amelia no respondió.

Le entregó la hoja.

Gael la leyó.

Su rostro perdió toda expresión.

—Esto no puede ser.

Gabriel tomó el documento.

—¿Qué sucede?

Gael levantó la mirada.

—El padre de Victoria.

Nadie habló.

Catalina cruzó los brazos.

—Y eso significa que la disputa no comenzó con Victoria.

Amelia comprendió entonces que habían estado mirando el conflicto desde el lugar equivocado. Durante días habían pensado que Victoria quería el Proyecto Legado por ambición personal. Pero si su padre había conocido la existencia del proyecto desde hacía doce años, entonces la guerra no era nueva. Victoria simplemente estaba continuando algo que había comenzado mucho antes de que ella apareciera en el tablero.

—¿Qué buscaba exactamente? —preguntó Amelia.

Catalina respondió:

—El control de una empresa que tu padre nunca quiso vender.

—¿Y qué tiene de especial?

Catalina miró la carta.

—Que el Proyecto Legado contiene la propiedad intelectual de una tecnología que podría cambiar el valor de varios sectores de la industria.

Gael entendió primero.

—Por eso los Llorente están dispuestos a llegar tan lejos.

—Sí.

Amelia cerró la carpeta.

—Entonces no quieren mi herencia.

Catalina negó con la cabeza.

—Quieren algo mucho más grande.

El teléfono de Gabriel comenzó a sonar.

Respondió y escuchó durante unos segundos.

—¿Qué pasó?

Su rostro cambió.

—Entiendo.

Colgó.

—El tribunal acaba de emitir la resolución provisional.

Amelia se puso de pie.

—¿Y?

Gabriel respiró profundamente.

—El matrimonio queda reconocido provisionalmente. La demanda de nulidad continuará, pero los derechos derivados del control compartido permanecerán vigentes mientras el tribunal estudia el fondo del caso.

Gael cerró los ojos brevemente.

Habían ganado la primera batalla.

Pero Gabriel no había terminado.

—Hay una condición.

Amelia frunció el ceño.

—¿Cuál?

—El tribunal exige que cualquier decisión relacionada con el Proyecto Legado sea firmada por ambos cónyuges. Si uno se niega, la decisión quedará suspendida hasta nueva revisión judicial.

Gael miró a Amelia.

Ella entendió inmediatamente.

Cinco años.

Control compartido.

Sin posibilidad de que uno actuara sin el otro.

Catalina tomó su bolso.

—Ahora sí están oficialmente unidos.

Amelia sostuvo la mirada de Gael.

—Parece que el tribunal acaba de hacer más difícil nuestra vida.

Gael se acercó.

—O más sencilla.

—¿Cómo?

—Ahora nadie puede obligarnos a jugar por separado.

Amelia guardó silencio.

Entonces recordó las palabras de su padre.

«Quien pretenda reclamarlo deberá demostrar que su vínculo con él no nació de la ambición.»

Miró la carta.

Después a Gael.

Por primera vez, comprendió que aquella frase podía tener un significado mucho más profundo.

Quizá el verdadero desafío del Proyecto Legado no era demostrar quién tenía derecho a poseerlo.

Quizá era demostrar en quién podía confiar.

Y mientras todos abandonaban lentamente la oficina, Amelia comprendió algo que le produjo más inquietud que cualquier demanda.

Su matrimonio había comenzado como una decisión calculada.

Pero el peligro estaba en que, poco a poco, lo que ocurría entre ella y Gael estaba dejando de obedecer las reglas que ambos habían establecido.

Y eso era precisamente lo único que ninguno de los dos había previsto.

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