Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva. Cuando los enemigos de la familia arman una red de mentiras para acusarla falsamente, Harper firma el divorcio, renuncia a millones y desaparece.
Al descubrir la verdad, el oscuro magnate de Wall Street enfrenta la peor de sus condenas: la ausencia de la única mujer que rompió su armadura. Dispuesto a perder su orgullo y caer de rodillas, Mason emprenderá una cacería desesperada para recuperar a la esposa que nunca debió dejar ir.
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CAPÍTULO 15: POSEERTE [+18]
Mason Salvatore
El sonido de su respiración agitada rebotando contra los espejos del vestidor era lo único que mantenía en pie la ilusión de mi propio control.
La tenía acorralada contra el panel de cristal. Mi mano izquierda le sujetaba ambas muñecas por encima de la cabeza, sintiendo el pulso desbocado que le latía en las venas de los brazos.
Con la mano derecha apretándole el cuello, sentía la vibración de cada una de las palabras de odio que me escupía a la cara. La seda verde esmeralda de su vestido de gala estaba medio abierta en la espalda, dejando una franja de piel blanca e impecable expuesta al aire frío de la estancia.
Nuestros labios se habían separado apenas un milímetro tras el impacto brutal del beso. El tinte rojo de su labial nos manchaba a ambos; sus labios, hinchados y entreabiertos, emitían bocanadas de aire caliente que me golpeaban la barbilla.
—Te odio —susurró Harper. La voz le temblaba por la furia, pero los ojos color avellana no bajaban la guardia. Me miraban con un fuego que jamás había visto en ninguna otra persona—. Te odio con cada fibra de mi cuerpo.
En lugar de apagar el incendio que me devoraba las entrañas, sus palabras actuaron como combustible puro. La certeza de que me detestaba, combinada con la fricción física de su cuerpo rígido contra el mío, terminó por pulverizar el último resto de disciplina ejecutiva que me quedaba.
No me retiré. No pedí disculpas. Tampoco pronuncié una sola palabra.
Deslicé la mano izquierda hacia abajo, abandonando el agarre de sus muñecas. Antes de que ella pudiera reaccionar o bajar los brazos para cubrirse, introduje la mano por debajo del dobladillo pesado de la falda de seda verde.
—¿Qué... qué haces? —exclamó, dando un tirón hacia atrás. Su espalda volvió a chocar contra el cristal con un chasquido sordo.
Ignoré su pregunta. Mi mano subió por la firmeza de su muslo desnudo, sintiendo la piel suave, tibia, en un contraste violento con la frialdad de la tela de mi esmoquin.
Harper contuvo el aliento de golpe. Sus piernas temblaron instintivamente bajo la tela, pero cuando mi palma alcanzó la parte alta de su pierna y enganchó el borde de encaje de su ropa interior para deslizarlo hacia abajo por sus tobillos, no cerró las piernas. No intentó golpearme. No gritó buscando a los guardias que estaban al otro lado de la puerta.
Se quedó inmóvil, mirándome a los ojos con un desafío mudo, rindiéndose a la física del momento sin concederme una sola palabra de entrega.
Esa ausencia de resistencia física, esa tregua tácita en medio de la guerra, me desquició por completo.
Llevé la mano izquierda a la entrepierna de su pantaleta de encaje antes de quitársela del todo. Rozé la zona más íntima de su cuerpo con las yemas de mis dedos. Estaba caliente. Húmeda.
El temblor que le atravesó las caderas al sentir mi contacto confirmó lo que ni su orgullo ni sus palabras admitirían jamás: su cuerpo reaccionaba al mío con la misma intensidad oscura con la que el mío la buscaba a ella.
—Mírate —murmuré contra su cuello, inclinando la cabeza para aspirar el aroma dulce de su piel—. Me dices que me odias, pero no me detienes, pequeña.
Harper apretó los dientes, girando la cabeza hacia un lado mientras dejaba escapar un suspiro entrecortado que se le clavó en la garganta.
No perdí más tiempo. Con la mano izquierda manteniendo la falda levantada a la altura de su cintura, metí la mano derecha en el bolsillo interior de mi chaqueta de esmoquin.
Mis dedos tropezaron con el sobre cuadrado de látex que mi asistente siempre se aseguraba de incluir en la cartera del traje por pura rutina corporativa. Un hábito de previsión que nunca pensé utilizar en el vestidor de mi propio penthouse.
Rompí el envoltorio con los dientes en un movimiento rápido y preciso. Sin romper el contacto visual con ella a través del espejo, me desabroché el cinturón con la otra mano, me bajé la cremallera del pantalón y me coloqué la protección de látex con dedos torpes por la prisionera prisa que me dominaba.
Acomodé su cadera firme contra el borde del armario de cristal. Levantarla a penas unos centímetros del suelo fue fácil; la tela del corsé interno le sostenía el busto y el vestido esmeralda se arrugó alrededor de nuestra unión.
Alineé mi cuerpo con el suyo y, con un empuje continuo y firme, la penetré de un solo golpe.
Un gemido agudo y ahogado se le escapó a Harper de los labios, retumbando en los espejos del vestidor. Apoyó ambas manos en mis hombros, clavándome las uñas a través de la tela del esmoquin.
La estrechez de su cuerpo al recibirme fue casi dolorosa para los dos; estaba tan apretada, tan caliente, que tuve que detenerme durante tres segundos enteros para no perder el control antes de empezar.
—Harper... —pronuncié su nombre en un murmullo roto, pegando mi frente a la suya.
A diferencia de la brutalidad distante de la primera noche, esta vez no pude evitar buscar su rostro. Apoyé la mano derecha en la parte posterior de su cabeza, acariciándole el peinado alto hasta que los primeros mechones pelirrojos se soltaron, y volví a capturar sus labios con la boca.
Fue un beso rudo, hambriento, pero extrañamente conectado. Le chupé el labio inferior mientras iniciaba el movimiento de mis caderas, retirándome despacio para volver a embestirla con una cadencia profunda y constante.
Harper no respondió al beso de forma dócil, pero tampoco rehusó el contacto: abría la boca contra la mía, devolviéndome las embestidas con pequeños gemidos que se ahogaban dentro de mi garganta cada vez que mis caderas chocaban contra la seda de su vestido.
El sonido del encaje rompiéndose, el roce de la seda salvaje contra mi esmoquin y el ritmo acompasado de los impactos contra el vidrio blindado del armario crearon una atmósfera sofocante.
—Mírame —le ordené entre embestida y embestida, separando apenas mis labios de los suyos—. Abre los ojos y mírate en el espejo.
Harper abrió los ojos lentamente. Las pupilas, dilatadas por la mezcla de placer y rabia, se reflejaban en el cristal junto a las mías. Nos veíamos como dos figuras trágicas y salvajes: yo, vestido con el esmoquin de gala desabrochado, tomándola por las caderas con una posesividad feroz; ella, envuelta en la seda verde de tres mil dólares, con las piernas cruzadas alrededor de mi cintura y el rostro manchado por el tinte carmesí de su propio labial.
Aumenté la velocidad del ritmo. Mis embestidas se volvieron más fuertes, más rápidas, haciendo que el armario tras de ella emitiera un crujido sordo con cada choque.
Sentí el cambio en su cuerpo de inmediato. Las paredes de su anatomía empezaron a contraerse rítmicamente alrededor de la mía, aprisionándome en espasmos calientes e involuntarios. Harper echo la cabeza hacia atrás, pegando la nuca contra el cristal, mientras un gemido más largo y agudo se le escapaba del pecho. Sus dedos en mis hombros apretaron con más fuerza, buscando un ancla en medio de la tormenta que la estaba desarmando por dentro.
Estaba llegando al clímax.
Saber que su cuerpo se rendía a las sensaciones que yo le estaba provocando me dio el impulso final. Aceleré el movimiento de mis caderas hasta el límite, embestida tras embestida, manteniéndola elevada contra la pared hasta que sentí el temblor definitivo que la sacudió de pies a cabeza. Harper se contrajo con violencia alrededor de mí, soltando un suspiro ahogado que murió contra mi cuello mientras el clímax la devoraba por completo.
Su rendición desencadenó la mía.
Dí tres embestidas más, profundas y desesperadas, antes de que una descarga abrasadora me recorriera la columna. Me encajé al máximo contra su cuerpo, soltando un gruñido grave contra su hombro desnudo mientras me vaciaba dentro de la protección de látex, sintiendo cómo el corazón me martilleaba las costillas como si fuera a estallar.
Nos quedamos inmóviles durante varios segundos.
El único sonido en el vestidor era el de nuestras respiraciones agitadas chocado en el espacio reducido entre nuestros rostros. Mantuve mi peso sobre ella un momento más, sintiendo los latidos desbocados de su pecho contra la solapa de mi chaqueta.
Lentamente, descendí sus caderas hasta que sus pies volvieron a tocar el suelo de mármol. Me retiré de su cuerpo con cuidado, dando un paso hacia atrás.
Harper se tambaleó un segundo, teniendo que apoyarse con ambas palmas en el espejo de atrás para no perder el equilibrio. Tenía las mejillas encendidas por un rubor intenso, los labios hinchados y los ojos entornados por el cansancio y la resaca del placer. La ropa interior que le había quitado yacía olvidada en el suelo, junto al marco del armario.
Me giré de espaldas a ella para arreglarme la ropa. Me retiré el preservativo usado, lo envolví en un pañuelo de papel y lo tiré a la papelera del vestidor. Me subí la cremallera del pantalón, me abroché el cinturón y acomodé la pajarita de seda en mi cuello frente al espejo secundario.
Luego me acerqué a ella por detrás.
Harper no se movió. Se quedó con la frente apoyada en el cristal, respirando despacio. Tomé los dos extremos de la cremallera abierta en la parte baja de su espalda y, con un movimiento suave y firme, subí el tirador de metal hasta la nuca, sellando la seda verde esmeralda sobre su piel pálida. Le acomodé la tela sobre los hombros con las manos, asegurándome de que el vestido volviera a lucir impecable.
Me limpié el resto de labial manchado en la comisura de mi boca con el pañuelo y me ajusté los gemelos de platino.
—Arreglate el maquillaje —dije. Mi voz había recuperado la distancia fría, el tono seco y calculado del hombre de negocios, aunque las manos me temblaban ligeramente dentro de los bolsillos del pantalón—. Te espero abajo en diez minutos. El coche no va a esperar más.
Giré sobre mis talones y salí del vestidor, cerrando la puerta de madera a mis espaldas y dejando a Harper a solas con su reflejo en el cristal.