Una noche, su amiga la arrastra a un exclusivo club nocturno en Italia. En el área VIP, rodeado de hombres trajeados como si fuera el dueño del lugar, un desconocido de ojos abrasadores la mira como si pudiera devorarla. Su voz ronca, su acento extranjero y sus manos tatuadas desatan algo que Lara nunca había sentido. Esa noche se entrega a él por primera y única vez.
A la mañana siguiente, él desapareció. Solo dejó un fajo de billetes y una nota que la hizo arder de rabia.
Lo que Lara no sabe es que ese hombre es Nikolai Pushkin, el Don de la Bratva rusa: un líder despiadado al que su propio imperio le prohíbe amar a una mujer fuera de su mundo. Y lo que Nikolai no sabe es que aquella noche dejó mucho más que dinero sobre la mesa.
Tres años después, cuando un giro del destino los vuelve a cruzar, Nikolai descubre que tiene un hijo. Y que la mujer que lo atormenta cada noche en sus sueños pasó por el infierno para sacar adelante sola a su bebé.
Ahora Nikolai está dispuesto a enfrentar a su familia, a sus aliados y a sus enemigos para recuperar lo que es suyo. Pero en el mundo de la mafia, reclamar a tu mujer y a tu heredero tiene un precio que puede cobrarse en sangre.
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Capítulo 7
Una semana después
Desde que llegué a mi mansión, mi ángel no salía de mi mente. Intenté de todas las formas, pero fue en vano. Me concentré en el trabajo, me esforcé en enfocarme en los asuntos de la sede, pero nada funcionó. Estaba luchando por sacarla de mis pensamientos, y era casi una misión imposible. Cada vez que cerraba los ojos la veía; cada vez que soñaba, estaba con ella, sintiendo su olor, el calor de su cuerpo, y eso me hacía despertar más perturbado que nunca. Cuanto más intentaba olvidarla, más me perdía dentro de mí mismo con pensamientos que me llevaban de vuelta a mi ángel.
Dos meses después
No había salido un solo día de mi cabeza, y eso me volvía loco. ¿Cómo puedo estar así de loco por una mujer si solo la tuve una vez? Una maldita vez fue capaz de dejarme completamente loco.
Una noche en un antro creí sentir su perfume. Salí como desquiciado buscando ese olor dulce que me hechizó, pero no la encontré. Ni siquiera después de cerrar el maldito antro con todos adentro y hacer pasar mujer por mujer frente a mí para ver si la hallaba. Nada. Creo que estaba perdiendo la razón. Ya pensé varias veces que me estaba persiguiendo — no ella en sí, sino su perfume, su voz. Todas las noches estaba en mi cama atormentándome a cada maldito segundo.
Desvié la mirada de la pantalla de la computadora y respiré hondo. Un día más en el que no iba a poder hacer mi maldito trabajo como se debe. Abrí el cajón y saqué el pequeño trozo de encaje rojo, me lo llevé a la nariz e inhalé el poco perfume que quedaba. Cerré los ojos y la vi: en aquel bar, con el mismo vestido, poniéndome más furioso todavía. ¿Después de lo que vivimos habrá logrado superarlo? ¿Estará igual que yo? Negué con la cabeza y guardé el trozo de tela en el bolsillo de mi saco. La puerta de mi oficina se abrió y el desgraciado de Filemo entró sonriendo.
—¿Qué quieres?
Pregunté serio. Se sentó con una sonrisa.
—Vamos a salir hoy, a comernos unos coños. No aguanto más verte así, carajo. Ya pasaron dos meses. Quiero ver si sigues frustrado después de vaciarte las bolas en una buenota. Después de eso vas a volver a la normalidad.
—Tal vez... Voy a pensarlo y te digo algo.
—Así se habla.
Se levantó y salió. Necesito una excusa para dársela a este infeliz o no va a dejar de joderme. Tamborileé los dedos en la mesa pensando en algo, hasta que me acordé de una cosa. Agarré mis cosas y salí de la oficina, pasé frente a mis soldados y me fui directo a la entrada. Subí a la SUV y el soldado subió detrás.
—¿A dónde, señor?
—A la mansión de mis padres.
Asintió y fuimos en silencio. Minutos después, el auto se estacionó frente a la mansión de mis padres.
—Nos quedamos en posición, señor.
Asentí y entré. Encontré a mi madre con una señora y una joven. En cuanto me vio, negó con la cabeza, pero ya era tarde: mi padre apareció saliendo de su despacho con una sonrisa, acompañado de un hombre.
—¡Hijo, qué buena visita! Quiero presentarte a nuestro aliado de décadas.
El viejo desgraciado comanda el Muzhskoy kartel — el Cártel de los Hombres.
—Lo conozco. ¿Cómo está, Ivan?
—Bien. Esta es mi esposa Cora, y esta es nuestra hija Hadassa.
—Es un placer conocer a la señora y a la señorita. No quiero ser irrespetuoso, pero solo estoy de paso; necesito resolver unos asuntos.
—Como sabes, Ivan, mi hijo es un hombre de palabra y siempre es puntual con sus deberes. Ve, hijo; después hablamos.
—Claro. Hasta luego, fue un placer.
Mi madre pidió permiso y me acompañó hasta la puerta.
—¿Qué hacen ellos aquí?
—Buscando un pretendiente para casar a su hija, y tú eres el objetivo.
—No dejes que papá acepte. Ya vamos a casar a Katy con el Don de la mafia italiana; no necesitamos otro matrimonio.
—No dio su palabra. No te preocupes.
—Gracias. Ahora tengo que irme.
Le besé la cabeza y salí. Ni de broma me voy a casar.