Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 17 Drago, el mercenario
La noche en que apareció Drago, Ali estaba en los tejados practicando lo que Vespera le había enseñado.
Había subido por la escalera de incendios de un edificio de apartamentos viejos, buscando la soledad y la altura, lejos de las miradas curiosas. El viento de enero le azotaba la cara con fuerza, casi helándole los huesos, pero no le importaba. Necesitaba espacio. Necesitaba probar hasta dónde llegaba su control sin que nadie le saliera herido.
Había estado creando pequeñas cosas durante una hora: navajas, plumas, piedras, todas de color rojo carmesí al nacer, todas sólidas, todas desapareciendo al cabo de un rato según lo previsto. Cada vez le costaba un poco menos concentrarse. Cada vez perdía recuerdos más pequeños, casi imperceptibles, que casi no le dolían. Estaba mejorando. Lo sabía.
Y entonces lo sintió.
El cosquilleo en la marca del cuello. Otro Despertado cerca. Muy cerca. Y este venía con rabia.
—Buenas noches, chico de las marcas.
La voz venía de detrás de él. Ruidosa. Jactanciosa. Con un tono de quien ya ha ganado antes de empezar la pelea.
Ali se giró de golpe.
En el borde del tejado, a unos diez metros de distancia, había un hombre de unos veintidós años, alto, musculoso, con el pelo rapado y una cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo. Llevaba una chaqueta de cuero negro llena de remaches, botas de combate, y en los nudillos tenía tatuadas llamas negras. Estaba sonriendo, una sonrisa de arrogancia pura, como si Ali fuera solo un trabajo más que cobrar.
—¿Quién eres? —preguntó Ali, poniéndose en guardia, las manos ya empezando a calentarse con la Esencia Carmesí lista para salir.
El hombre se rió. Una risa fuerte, estridente, que se perdió con el viento.
—Me llaman Drago —dijo, y al decir su nombre unas pequeñas llamas naranjas bailaron alrededor de sus dedos, calentando el aire a su alrededor hasta que Ali lo notó incluso a metros de distancia—. Soy el mejor mercenario de Europa. Y Némesis me ha pagado una fortuna por traerte con ellos, mocoso. Dicen que eres especial. Que vales mucho. A mí me da igual. Solo quiero el dinero.
Se encogió de hombros, con indiferencia.
—Así que puedes venir conmigo tranquilo… o puedo quemarte hasta que no quede más que un puñado de cenizas y te llevo en una bolsa. A mí me da igual. Me pagan igual.
Ali negó con la cabeza. No se iba a rendir. No después de todo lo que había sufrido, no después de todo lo que había aprendido.
—No voy contigo —dijo, firme.
Drago suspiró, como si le decepcionara.
—Pues me lo temía. Me gusta más cuando pelean. Hace que el trabajo sea menos aburrido.
Levantó una mano.
Y lanzó una bola de fuego del tamaño de una pelota de fútbol directamente hacia la cara de Ali.
Ali reaccionó por instinto.
Levantó ambas manos e invocó un escudo rojo brillante delante de sí mismo. La bola de fuego golpeó el escudo con un estruendo ensordecedor, estallando en chispas naranjas que salieron volando por todo el tejado, derritiendo un poco la nieve que había en las esquinas. Ali retrocedió dos pasos por la fuerza del impacto, sintiendo el calor abrasador a través de la barrera mágica.
Drago sonrió más ancho.
—¡Vaya! ¡Tienes agallas después de todo! —gritó, y su cuerpo empezó a cambiar.
La piel se le volvió negra y brillante como el carbón. De sus espaldas salieron dos alas enormes hechas de llamas vivas, que batieron una vez y levantaron una ráfaga de aire caliente que casi derriba a Ali. Sus ojos se volvieron completamente naranjas, como dos pozos de fuego. Se elevó un metro del suelo, flotando gracias a las alas de llamas, con todo el cuerpo ardiendo suavemente como una antorcha viviente.
—¡Ahora sí empieza la diversión!
Atacó de nuevo.
Esta vez no fue una sola bola de fuego. Fue una lluvia de proyectiles llameantes, uno tras otro, lanzados con una fuerza brutal. Ali corría por el tejado, esquivando los golpes que hacían agujeros humeantes en el techo de asfalto, creando pequeños escudos para protegerse de las chispas. No podía atacar. No tenía tiempo. Drago era demasiado rápido, demasiado agresivo, y su fuego era demasiado fuerte.
—¡No te escondas! —rugió Drago, lanzando una llamarada enorme que barrió todo un lado del tejado. Ali tuvo que saltar a una ventana saliente para no ser alcanzado, agarrándose con una mano del borde, colgando del vacío, mirando hacia abajo a la calle que quedaba cinco pisos más abajo—. ¡Lucha! ¡Muéstrame ese poder por el que me pagan tanto!
Ali miró hacia arriba.
Vio a Drago flotando, confiado, dándolo todo por ganado.
Y sintió cómo la Sombra Violeta se agitaba dentro de su pecho, hambrienta, pidiendo permiso para salir. Para tomar. Para absorber aquel fuego y convertirlo en fuerza propia.
—Todavía no —se dijo a sí mismo, apretando los dientes. Vespera le había dicho que lo usara solo como último recurso. Que le costaría demasiado.
Se impulsó hacia arriba, volviendo al tejado de un salto. Levantó ambas manos, concentró toda la Esencia Carmesí que pudo, y lanzó hacia Drago un rayo de energía roja sólida, concentrada, como una lanza.
Drago lo esquivó con un movimiento ágil de sus alas. La lanza roja pasó de largo, cruzó el aire… y golpeó la chimenea de ladrillo del edificio de al lado.
La chimenea estalló.
Trozos de ladrillo salieron volando por todas partes. Uno de ellos golpeó la ventana de un ático, rompiéndola del todo. Se oyó un grito de mujer desde dentro del edificio.
Ali se quedó helado.
Había dañado una casa. Había asustado a gente inocente.
—¡Oops! —se burló Drago, riendo a carcajadas—. ¡Cuidado con donde apuntas, niño! Que haces daño a los civiles.
Ali miró a su alrededor. Estaban en medio de un barrio residencial. Había familias durmiendo en todas esas casas. Si seguían peleando ahí… mucha gente podría salir herida. O morir.
Tenía que alejarlo.
Tenía que llevarlo a otro sitio.
Empezó a correr por los tejados, saltando de un edificio a otro, aprovechando los huecos entre las casas. Drago lo siguió volando detrás, riendo, lanzando fuego a su paso, quemando tejados, rompiendo antenas, disfrutando de la persecución. Ali corría sin mirar atrás, saltando vacíos que le habrían dado miedo antes, impulsado por el terror de hacer daño a alguien más.
Pero no podía correr para siempre.
En un tejado más grande, más ancho, Drago le cortó el paso. Se plantó delante de él, las alas de fuego extendidas, bloqueando toda salida.
—¡Se acabó la carrera! —gritó, y juntó ambas manos por encima de su cabeza. Una bola de fuego enorme, del tamaño de un coche pequeño, empezó a formarse entre sus palmas, brillando con una luz blanca y cegadora que calentó todo el tejado en segundos—. ¡Ahora te quemas de verdad!
Ali sabía que no podría detener eso con un escudo. Sabía que si golpeaba, no solo él moriría: la explosión derribaría parte del edificio, entraría en los pisos de abajo, mataría a la gente que dormía ahí dentro.
No podía dejar que pasara.
Cerró los ojos.
Hizo caso omiso a la advertencia de Vespera.
Invocó la Sombra Violeta.
Sintió el frío terrible recorrerle todo el cuerpo, helándole la sangre, llenándole de una hambre voraz que no era suya. Levantó una mano hacia la bola de fuego que Drago estaba a punto de lanzar.
Y ABSORBIÓ.
No todo. No podía. Era demasiado poder. Pero absorbió una parte. Una parte enorme.
El fuego blanco y brillante de la bola disminuyó de golpe, se volvió más pequeño, más débil. Drago abrió los ojos como platos, sorprendido, sin entender qué pasaba. Sintió cómo le quitaban su poder. Sintió cómo su propia fuerza desaparecía en la mano de aquel chico que había creído una presa fácil.
—¡¿QUÉ HAS HECHO?! —gritó, horrorizado.
Ali no respondió.
Usó la fuerza que acababa de robarle, mezclada con su propia Esencia Carmesí, y lanzó un golpe doble: una onda expansiva roja y violeta que golpeó a Drago en pleno pecho.
El mercenario salió volando por los aires.
Sus alas de fuego se apagaron de golpe. Su cuerpo volvió a la normalidad, sin llamas, sin carbón, solo el chico arrogante con la cicatriz en el ojo. Golpeó el tejado de un edificio de al lado con un ruido sordo, derribando varias tejas, y se quedó quieto, inconsciente.
Silencio.
Solo el viento soplando.
Solo el olor a fuego y a tejas quemadas.
Ali se quedó de pie en el centro del tejado, temblando, con la mano todavía extendida. El poder violeta seguía rugiendo dentro de él, pidiendo más, queriendo absorber todo lo que hubiera alrededor. Le costó un esfuerzo titánico empujarlo de vuelta hacia el fondo de su pecho, encerrarlo otra vez.
Y entonces oyó los gritos.
Miró hacia abajo.
Tres casas seguidas tenían los tejados parcialmente derrumbados, las ventanas rotas, humo saliendo por algunas grietas. Gente salía a la calle en pijama, asustada, algunos con niños en brazos, mirando hacia arriba horrorizados. Una mujer lloraba abrazando a su marido, señalando el agujero que había en el techo de su ático. Un niño pequeño gritaba de miedo.
Ali lo había hecho.
Él.
Había intentado salvarlos. Había intentado alejar a Drago. Pero al final… su poder, su falta de control, lo había destrozado todo casi igual. Había puesto en peligro a todas esas personas. Había destruido sus casas.
Había sido el monstruo que todos decían que era.
Oyó sirenas.
Muchas sirenas. Acercándose a toda velocidad.
Miró hacia la calle.
Vio llegar los coches de policía. Vio bajar a los agentes, empezar a ayudar a la gente, levantar barreras.
Y vio a Damián.
Estaba al mando, dando órdenes, con el abrigo de policía azul marino ondeando con el viento. Levantó la vista hacia los tejados.
Y sus ojos se encontraron con los de Ali.
Damián se detuvo.
Miró los tejados destrozados. Miró el humo. Miró a la gente asustada abajo. Miró a Drago inconsciente en el tejado de al lado. Y miró a Ali, de pie en el centro de la destrucción, con la marca del cuello brillando rojo y violeta a plena luz de las farolas, los restos de poder todavía saliendo de sus manos en forma de tenues chispas.
En la mirada de Damián no hubo comprensión esta vez.
No hubo tristeza.
Solo hubo MIEDO.
Miedo puro y absoluto.
El mismo miedo que había visto en los ojos de su madre. El mismo miedo que había visto en los ojos de Marcos.
Damián, el hombre que no le había tenido miedo en el callejón, el hombre que le había dado café caliente y un número de teléfono, le tenía miedo ahora.
Porque había visto lo que podía hacer.
Había visto que podía destruir casas.
Había visto que podía poner en peligro a inocentes.
Había visto que era peligroso.
Ali sintió cómo algo se le rompía dentro del pecho, más fuerte que cualquier hueso roto.
No se quedó.
No pudo quedarse.
Se giró.
Salió corriendo por los tejados, saltando de un edificio a otro, alejándose de las sirenas, alejándose de la gente herida, alejándose de la mirada de miedo de Damián.
Corrió hasta que las piernas no le respondieron más.
Corrió hasta que se perdió en la oscuridad de la noche parisina.
Y mientras corría, una sola cosa daba vueltas en su cabeza una y otra vez:
Vespera tenía razón.
Su poder no era solo un regalo.
Era una maldición.
Y tarde o temprano…
…mataría a alguien sin querer.