La madre de Estefanía siempre fue “la otra”. La amante secreta de un hombre rico. Y ella… la hija ilegítima que la familia Rosales mantiene lejos en un convento.
Cuando el imperio de los Castellanos queda al borde de la quiebra, Alexander Castellanos, el CEO de la familia quien sufrió un accidente quedando discapacitado y necesita de un bastón para caminar, acepta casarse con la hija de la familia Rosales para salvar los negocios.
Pero la madrastra de Estefanía idea un engaño cruel: enviarla a ella como la hija legítima, aprovechando que nadie conoce la existencia de la bastarda.
Deseando por fin salir del lugar donde ha estado por años, Estefanía acepta convertirse en la esposa por contrato de Alexander.
Lo que comienza como un acuerdo frío pronto se vuelve peligroso. Porque vivir bajo el mismo techo despierta una tensión imposible de ignorar, mientras los secretos amenazan con destruirlo todo.
Y cuando la verdad salga a la luz, ninguno estará dispuesto a perder lo que considera suyo.
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Dos vidas que están por unirse.
Todo ocurrió demasiado rápido después de eso.
Mientras Alexander Castellanos terminaba reuniones y soportaba llamadas de inversionistas furiosos, Estefanía Rosales abandonaba el convento por primera vez en toda su vida.
Dos mundos completamente distintos moviéndose al mismo tiempo.
Alexander permanecía sentado frente a la larga mesa de juntas mientras los ejecutivos discutían cifras que dejaban de tener sentido para él.
—Si el proyecto de Dubái se cancela, perderemos otros dos contratos internacionales.
—Los accionistas quieren respuestas inmediatas.
—Las acciones siguen cayendo.
Las voces se mezclaban unas con otras hasta convertirse en ruido.
Alexander masajeó lentamente su sien.
El dolor de cabeza aumentaba cada vez que escuchaba la palabra pérdidas.
Desde el accidente, todos comenzaron a verlo diferente.
Más débil.
Más vulnerable.
Algunos incluso dudaban de que pudiera seguir al frente de la empresa.
Y eso lo enfurecía.
—La reunión terminó.
Todos guardaron silencio.
Alexander tomó el bastón y se puso de pie lentamente.
Odiaba hacerlo frente a otras personas.
Odiaba sentir sus miradas siguiendo cada movimiento.
Cuando salió de la sala, su abuelo ya lo esperaba afuera.
—La ceremonia será esta noche.
Alexander ni siquiera se detuvo.
—Qué eficiente.
—Mientras más rápido termine esto, más rápido comenzará a estabilizarse el mercado.
Alexander soltó una risa seca.
—Claro. Porque nada tranquiliza más a los inversionistas que un matrimonio arreglado.
El anciano no respondió.
Nunca desperdiciaba palabras.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, Estefanía observaba por la ventana del automóvil con los ojos llenos de asombro.
Jamás había salido del convento.
Todo era nuevo.
Las calles llenas de personas.
Los enormes edificios.
Las luces.
El ruido.
Su corazón latía rápido.
No por la boda.
Sino por la sensación de estar finalmente afuera.
Apretó la pequeña mochila escondida entre sus piernas.
Toda su vida cabía dentro de ella.
El automóvil se detuvo frente a un pequeño hotel.
La esposa de su padre salió primero.
Ni siquiera se molestó en esperar a Estefanía.
—Quédate aquí hasta que mande por ti —dijo entregándole una llave—. Ponte la ropa que te traerán.
La joven asintió rápidamente.
Un hombre vestido de negro la acompañó hasta una habitación y permaneció afuera como guardia.
Estefanía entró lentamente.
El silencio del lugar era extraño.
La cama era normal.
Las paredes brillaban.
Todo olía limpio.
Se acercó al ventanal con cuidado.
Desde ahí podía verse gran parte de la ciudad.
Y por primera vez en años… sonrió de verdad.
No sabía nada del hombre con el que iba a casarse.
Ni siquiera conocía su rostro.
Pero seguía sintiéndose mejor que pasar el resto de su vida encerrada en el convento.
—Al menos podré conocer otra cosa que no sea el convento —susurró para sí misma.
En Castellanos Corporation, Alexander revisaba por última vez el contrato matrimonial.
“Duración obligatoria de un año.”
“Convivencia permanente.”
“Imagen pública impecable.”
“Sanciones económicas en caso de separación.”
Alexander dejó los documentos sobre el escritorio con fastidio.
Aquello parecía más un acuerdo empresarial que un matrimonio.
Y probablemente lo era.
José apareció entrando al despacho sin tocar.
—Así que finalmente te casas.
Alexander ni siquiera levantó la mirada.
—No empieces.
José soltó una risa mientras tomaba asiento frente a él.
—Debo admitir que nunca pensé verte llegar tan lejos.
—Yo tampoco.
José observó el bastón apoyado junto al escritorio y luego suspiró.
—Tu abuelo no va a soltarte hasta conseguir lo que quiere.
Alexander sabía eso perfectamente.
El anciano llevaba toda la vida controlándolo todo.
La empresa.
La familia.
El apellido Castellanos.
Y ahora también controlaba su matrimonio.
En el hotel, Estefanía abrió las bolsas que acababan de llevarle.
Dentro había un vestido blanco cubierto de pequeñas piedras brillantes.
También unas zapatillas.
Y un celular.
Lo sostuvo con cuidado entre las manos.
Nunca había tenido uno propio.
Laura solía dejarle jugar con el suyo a escondidas.
El teléfono comenzó a sonar de inmediato.
Estefanía dio un pequeño salto del susto antes de contestar.
—¿Hola?
—Ponte el vestido. En media hora pasarán por ti. Y no hagas ninguna estupidez. Si huyes cuando te encuentre por qué lo haré, volverás al convento.
La llamada terminó.
Estefanía observó lentamente el vestido extendido sobre la cama.
Era hermoso.
Mucho más hermoso que cualquier cosa que hubiera imaginado usar alguna vez.
Se duchó rápidamente y después comenzó a vestirse con cuidado.
El vestido abrazaba perfectamente su cuerpo.
Se quedó observándose frente al espejo durante varios segundos.
No parecía ella.
Parecía alguien importante.
De su mochila sacó un pequeño brillo labial casi vacío.
El único regalo que Laura le había dado antes de irse.
Sonrió apenas mientras lo aplicaba.
—Solo será un año.
Intentó convencerse.
Los hombres ricos nunca permanecían en casa.
Seguramente su futuro esposo estaría demasiado ocupado para interesarse en ella.
Cuando menos lo esperara… estaría divorciada.
En otro lugar de la ciudad, Alexander ajustaba lentamente los botones de su traje frente al espejo.
La cicatriz sobre su pierna seguía molestándolo incluso después de tantos meses.
La lesión jamás sanó completamente.
Y eso destruía su paciencia.
José permanecía apoyado contra la puerta observándolo.
—Todavía puedes escapar.
Alexander soltó una risa sin humor.
—Mi abuelo me encontraría antes de llegar al ascensor.
—Buen punto.
El silencio llenó el despacho unos segundos.
—¿Sabes algo de la mujer?
Alexander negó.
—Solo que es una Rosales.
Y eso ya le parecía suficiente problema.
Horas después, Alexander esperaba dentro del salón donde se celebraría la boda.
No había flores.
No había invitados.
No había música.
Solo un juez organizando documentos y el sonido del reloj avanzando lentamente.
La familia Rosales era famosa por muchas cosas.
Dinero.
Poder.
Apariencias.
Y también por su impuntualidad.
Alexander llevaba más de veinte minutos esperando.
La paciencia comenzaba a agotársele.
Entonces la puerta finalmente se abrió.
Y por primera vez la vio.
La joven permaneció inmóvil cerca de la entrada observándolo con nervios evidentes.
Alexander frunció apenas el ceño.
Era demasiado joven.
Mucho más joven de lo que esperaba.
El vestido blanco parecía pesado para ella.
Y aun desde lejos podía notar cómo jugaba nerviosamente con sus dedos.
El juez aclaró la garganta.
—¿Señorita Rosales?
Ella asintió rápidamente antes de acercarse.
Alexander ni siquiera intentó sonreír.
—Terminen esto de una vez.
La voz grave del hombre le erizó la piel a Estefanía.
Y por primera vez desde que aceptó el trato… sintió miedo.