NovelToon NovelToon
Volví a los diecisiete para salvar a mi esposo

Volví a los diecisiete para salvar a mi esposo

Status: En proceso
Popularitas:641
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12: La tormenta llamada Fernanda

Fernanda Prado llegó como llegan las tormentas: con advertencia, con ruido, y con la certeza de que va a dejar daño.

Durante toda la semana que siguió a la parrillada, la vi rondar a Lisandro como un satélite obstinado. Le dejó un paquete envuelto en papel rosa en su pupitre el lunes, él lo movió al borde del escritorio sin abrirlo y al final de la clase seguía ahí, intacto. El martes, lo esperó a la salida del edificio de ciencias con un termo de café; él pasó a su lado sin detenerse, como si ella fuera parte del paisaje. El miércoles, intentó sentarse en su mesa del comedor.

Eso fue lo que rompió el patrón.

Porque la mesa de Lisandro ya no era solo la mesa de Lisandro. Era nuestra mesa. Mía y de él. El territorio que yo había conquistado centímetro a centímetro, almuerzo a almuerzo, durante semanas de paciencia, frijoles y tortillas.

Fernanda puso su charola frente a él con la confianza de quien cree que el mundo le debe un lugar. Lisandro levantó la vista del libro, la miró un segundo, un segundo que a ella debió parecerle una eternidad, se levantó con su charola y se fue a comer al pasillo.

Solo.

Prefirió comer sentado en el piso de un pasillo antes que compartir mesa con alguien que no era yo.

No debería haberme hecho feliz. Era triste, en realidad. Triste que su mecanismo de defensa fuera la huida en vez de la confrontación. Triste que no supiera decir "no quiero que te sientes aquí" y tuviera que expresarlo con los pies.

Pero me hizo feliz. Porque significaba que nuestra mesa era nuestra mesa, y que él la protegía a su manera.

Fernanda se quedó sola en la mesa del fondo, con su charola intacta y la cara roja de humillación. Desde mi lugar, la vi apretar los labios hasta que se le pusieron blancos. Luego se levantó, recogió su charola y caminó hacia la salida sin comer.

Catalina, a mi lado, sorbió su agua de jamaica con la calma de alguien que observa un documental de la naturaleza.

—Esa mujer va a explotar —dijo—. Marca mis palabras.

—Ya lo sé.

—¿Y no te preocupa?

Me preocupaba. Claro que me preocupaba. Sabía exactamente de qué era capaz Fernanda Prado cuando se sentía humillada. Lo había visto en otra vida, con consecuencias que todavía me daban escalofríos.

Pero también sabía algo que Fernanda no sabía: yo ya había vivido esto. Ya conocía sus movimientos, sus aliados, sus puntos débiles. Y esta vez no iba a dejar que llegara tan lejos.

—Me preocupa, Cat. Pero no le tengo miedo.

—Catalina. Y deberías tenerle un poco de miedo. Su familia tiene dinero y conexiones.

—El dinero no compra cerebro. Y las conexiones no sirven cuando la otra persona sabe más que tú.

Catalina me miró con esa expresión de "no sé qué te pasa pero me asustas un poco".

—A veces hablas como si tuvieras cuarenta años.

Veintisiete, pensé. Pero cerca.

El jueves, a la hora del receso, fui al baño del segundo piso.

No por necesidad estratégica. Genuinamente necesitaba ir al baño. La vida de una renacida con conocimiento del futuro no elimina las necesidades biológicas, por desgracia.

Entré al cubículo del fondo. Cerré la puerta. Y en ese momento, escuché voces.

Dos chicas entraron al baño. Reconocí la primera voz de inmediato: Fernanda Prado. La segunda era una de sus amigas, cuyo nombre nunca me molesté en memorizar en ninguna de mis dos vidas.

—Es que no entiendo —decía la amiga, con un tono de falsa compasión que me puso los pelos de punta—. ¿Por qué no te pela? Eres más bonita que esa Estrada, tienes mejor familia, te vistes mejor…

—No es que no me pele. —La voz de Fernanda era filosa, controlada, como la hoja de un cuchillo recién afilado—. Es que ese tipo está enfermo. Literalmente enfermo. ¿Quién rechaza a alguien sin siquiera hablarle? ¿Quién se levanta de una mesa y se va a comer al piso antes que sentarse contigo?

—Un bicho raro.

—Exacto. Un bicho raro que nadie soporta. Por algo hasta su propia madre lo abandonó. —La risa de Fernanda fue breve, seca, como el crujido de una rama al romperse—. Dicen que la mamá se largó de la casa porque no aguantaba vivir con él. ¿Te imaginas? Ser tan insoportable que tu propia madre prefiere irse.

El mundo se puso rojo.

No rojo como las orejas de Lisandro. Rojo como la sangre. Rojo como la furia que te sube desde las plantas de los pies y te llena los pulmones y te cierra los puños y te convierte en alguien que no eres, o que siempre fuiste pero que nunca dejaste salir.

Su propia madre lo abandonó.

Lorena Iniesta no lo abandonó. Lorena Iniesta lo golpeó, lo insultó, lo trató como un saco de boxeo emocional durante trece años y luego se fue, no porque Lisandro fuera insoportable sino porque Augusto Sotomayor le dio un cheque y una maleta y le dijo que se largara.

Y Lisandro, el chico que supuestamente "nadie soporta", pasó los siguientes cuatro años de su vida tratando de entender qué había hecho mal para que su madre no lo quisiera.

No fue él. Nunca fue él. Pero a los trece años, cuando te destrozan así, la lógica no sirve de nada.

Abrí la puerta del cubículo.

El golpe de la puerta contra la pared hizo eco en el baño como un disparo. Las dos chicas giraron la cabeza. Fernanda estaba frente al espejo, retocándose el labial con la tranquilidad de alguien que acaba de destrozar la reputación de otra persona y no siente nada.

Me vio.

Y algo en mi cara —algo que debí tener escrito con letras enormes, porque Catalina siempre decía que yo era incapaz de disimular una emoción— la hizo dar un paso atrás.

—¿Qué? —dijo, con un tono que intentaba ser desafiante pero que le salió un octavo más agudo de lo que pretendía—. ¿Estabas escuchando?

No respondí.

Tenía un vaso de té helado en la mano. El mismo que había comprado en la tiendita de la entrada diez minutos antes, con hielo, limón y hierbabuena. Lo había pagado con mi propio dinero. Había planeado tomármelo en el receso, sentada en el patio, mientras revisaba mis mensajes de WhatsApp.

Planes cambian.

Le lancé el té a la cara.

No fue un gesto simbólico. No fue un salpicón delicado. Fue el contenido completo del vaso —té, hielo, limón, hierbabuena y todo— directo al rostro de Fernanda Prado, con la fuerza de una mujer de veintisiete años que acaba de escuchar a una niña privilegiada burlarse del trauma más profundo del hombre que ama.

El té le dio de lleno. El hielo le rebotó en la mejilla. El limón le cayó en el pelo. La hierbabuena le quedó pegada en la ceja como un adorno grotesco.

Fernanda se quedó congelada. La boca abierta. Los ojos abiertos. El labial corrido. Las gotas de té resbalándole por la cara y mojándole el cuello de la blusa.

Su amiga gritó. Un gritito agudo, corto, más de sorpresa que de susto.

El silencio que siguió fue el más denso que he experimentado en dos vidas.

—Escúchame bien —dije. Mi voz no temblaba. No gritaba. Era baja, controlada, y tan fría que me asusté a mí misma—. Puedes decir lo que quieras de mí. Puedes llamarme lo que se te ocurra. Puedes odiarme, puedes inventar chismes, puedes hacer lo que te dé la gana conmigo. Pero si vuelves a abrir la boca para hablar de Lisandro Sotomayor — de su familia, de su madre, de su vida —, la próxima vez no va a ser té.

Fernanda no se movió. Las gotas le caían de la barbilla al piso con un ritmo que sonaba como un reloj contando los segundos.

—Tú no sabes nada de él —continué—. No sabes lo que ha vivido, no sabes lo que carga, no sabes por qué es como es. Y no te importa saberlo, porque para ti él es un premio que no puedes ganar. Y eso te enferma. Porque la gente como tú no sabe perder.

La amiga de Fernanda dio un paso hacia mí. Levanté la mano.

—Ni se te ocurra.

Se detuvo.

Miré a Fernanda una última vez. Sus ojos —claros, duros, ahora brillantes de rabia— me devolvieron la mirada con un odio que no intentó disimular.

Bien, pensé. Que me odie. Prefiero su odio a su veneno.

Salí del baño sin mirar atrás.

Caminé tres pasos por el pasillo antes de detenerme.

Porque Lisandro estaba ahí.

Parado contra la pared del pasillo, con el libro cerrado bajo el brazo y la mochila en el hombro, mirándome con una expresión que no pude descifrar del todo. No era sorpresa. No era confusión. Era algo más profundo, más antiguo, como si estuviera viendo algo que no esperaba encontrar en este lugar ni en esta vida.

¿Cuánto había escuchado? ¿Todo? ¿Parte? ¿Solo el ruido del vaso al estrellarse contra la cara de Fernanda?

No pregunté. Él no ofreció.

Lo que hizo fue meter la mano en el bolsillo de su pantalón, sacar un pañuelo, un pañuelo de tela, blanco, doblado con precisión milimétrica, el tipo de pañuelo que nadie de diecisiete años carga excepto él, y extendérmelo.

Sin decir nada.

Bajé la mirada a mis manos. Estaban mojadas de té. Me escurría por los dedos y me goteaba de las muñecas. No me había dado cuenta.

Tomé el pañuelo.

Al hacerlo, mis dedos rozaron los suyos.

El contacto duró menos de un segundo. La punta de mi índice contra la punta de su dedo medio. Piel contra piel. Un área de contacto más pequeña que una moneda.

Pero sentí la descarga en todo el cuerpo. Como si alguien hubiera cerrado un circuito eléctrico que llevaba semanas abierto, esperando.

Él también lo sintió. Lo vi en la forma en que retiró la mano, no de golpe, no con brusquedad, sino despacio, como si le costara trabajo soltar algo que apenas acababa de tocar.

—Gracias —dije, secándome las manos.

No respondió.

Nos quedamos en el pasillo, uno frente al otro, con el eco del baño a nuestras espaldas y el sonido lejano de la campana marcando el fin del receso.

—No tenías que hacer eso —dijo finalmente.

—¿El qué?

—Lo que hiciste ahí adentro.

—Sí tenía.

—¿Por qué?

Porque en otra vida no pude defenderte. Porque en otra vida no supe lo que estabas viviendo hasta que ya no podía hacer nada. Porque en otra vida te moriste protegiéndome y lo mínimo que puedo hacer en esta es lanzarle un té en la cara a cualquiera que se atreva a hablar de ti como si fueras menos de lo que eres.

—Porque me dio la gana —dije.

Algo pasó en su cara. No la micro-sonrisa que ya le conocía. Algo más. Un movimiento en los ojos, una suavidad que apareció y desapareció tan rápido que podría haberlo imaginado.

—Nadie había hecho eso antes —dijo, en voz tan baja que tuve que inclinarme para escucharlo.

—¿Lanzarle un té a alguien?

—Defenderme.

La palabra me cayó como un ladrillo en el pecho.

Defenderme. Diecisiete años de vida y nadie, ni su padre, ni su madre, ni sus profesores, ni un solo adulto en todo el sistema que se supone que debía protegerlo, lo había defendido.

Hasta ahora.

Apreté el pañuelo mojado entre mis manos. Parpadeé para que las lágrimas no cayeran. Tragué el nudo que me subía por la garganta.

—Pues acostúmbrate —dije, con una sonrisa que me tembló en las esquinas—. Porque no va a ser la última vez.

La campana sonó. El pasillo se llenó de estudiantes. El momento se rompió como una burbuja de jabón.

Lisandro se dio la vuelta y caminó hacia el salón. Yo caminé detrás de él, con su pañuelo apretado contra el pecho y una certeza que me quemaba por dentro como una brasa:

Acababa de declararle la guerra a Fernanda Prado.

Y Fernanda Prado no era de las que perdonan.

Pero yo tampoco.

Esa noche, en mi cuarto, lavé el pañuelo de Lisandro a mano, con jabón de ropa, frotándolo despacio para no dañar la tela. Lo tendí sobre el respaldo de mi silla para que se secara.

Era blanco. De algodón. Con las iniciales "L.S." bordadas en la esquina inferior derecha con hilo azul marino. Tan Lisandro que dolía: formal, discreto, impecable, y con sus iniciales escondidas en una esquina donde nadie las buscaría.

Lo metí en el compartimento con cierre de mi mochila. Junto a la hoja con mi nombre en el margen. Junto a la nota que decía "Deja de caminar sola de noche".

Mi tercer tesoro.

La colección crecía.

Y en algún lugar del otro lado de la pared medianera, un chico de diecisiete años tenía, por primera vez en su vida, a alguien que lo defendía. Que le lanzaba té helado a quien hablara mal de él. Que le devolvía los pañuelos lavados y planchados. Que no se iba cuando él pedía que se fueran.

La luz de su cuarto se apagó a las once.

Once de la noche.

Dos semanas atrás eran las cuatro de la mañana. Luego las dos. Luego la una. Ahora, once.

Alguien estaba durmiendo mejor.

Y yo sabía exactamente por qué.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play