Cristani por fin tenía una vida normal. O eso creía. Hasta que se dio cuenta de que el poder en su cuerpo empezaba destruirla por dentro.
Al mismo tiempo que los problemas volvieron con sus amigos. Primero fue esa espada. La querían para mantener bajo control a Cristani.
Luego supieron del ser que entró a su mundo, un peligro para su plano. Debían eliminarlo.
Entonces llegó Carl Rowen. Decía conocerla y que podía ayudarla a contener esa energía ancestral.
Y la búsqueda comenzó.
Después, Cristani supo que todas las vidas que trataban de recordarle, no eran suyas. Sino de un fragmento más. Uno que vivía en otro plano.
Y un encuentro con una mujer le hizo darse cuenta que sin ese fragmento podría morir.
Pero eso implicaba que Carl pudiera encontrarse con quien deseaba.
La decisión era suya.
Elegir su vida o elegir la felicidad de Carl.
¿Vivir para verlo desaparecer o morir para verlo encontrarse con ella?
¿Ser el monstruo que tanto temía o ser la heroína que Carl necesitaba?
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Capítulo 1: Regreso a Everfrost.
¿Después? ¿Qué pasó?
En realidad, nada.
Solo volví a mi vida aburrida de siempre, a esa rutina gris que tanto había jurado que odiaba, y que ahora me recibía como si nunca me hubiera ido.
Me gradué, me despedí de los pocos amigos que me quedaban, y tomé el autobús de regreso a casa con una mochila ligera y los hombros, por primera vez en años, sin peso.
Debería haberme sentido libre.
Y por unos días, lo estuve. Dormí sin pesadillas. Comí sin mirar la puerta. Caminé por el pueblo sin buscar sombras detrás de mí.
Pero la libertad, cuando llega de golpe, también se parece al vacío.
Extrañé los días ajetreados.
Extrañé esa sensación de tener la cabeza a punto de explotar por los planes, los peligros, las decisiones que no podían esperar hasta mañana.
Extrañé sentir que cada respiración contaba para algo.
Me reprendí por eso, por supuesto.
Me dije que era absurdo, que esto era justo lo que había deseado, esta paz, esta normalidad que tanto había rogado en medio del caos.
Este presente me había costado tanto que dolía recordarlo. Y ahora que lo tenía, no sabía qué hacer con él.
La paz reinaba en mi casa.
En mi cabeza, no tanto.
En el pasado, cuando todo se desmoronaba, al menos tenía una razón para seguir avanzando. Un objetivo. Algo por lo que luchar, incluso si eso significaba sangrar por ello.
Ahora, no quedaba nada.
Solo yo, mi cama, y el silencio que se metía por las grietas de las ventanas por las noches.
Cuando me despedí de los chicos, sentí un pequeño vacío instalarse en el pecho.
No era grande, no era dramático.
Era el tipo de hueco que no duele al principio, pero que crece si lo ignoras.
Entendía que todo seguía el curso normal de la vida.
Que ellos tenían sus propios caminos.
Que yo tenía el mío.
Pero esa opresión no se fue, ni siquiera después de cruzar la puerta de mi casa y dejar las maletas en el suelo.
Entonces lo entendí, tarde y de mala gana: seguía siendo un ser humano con emociones y sentimientos.
Seguía siendo una adolescente intentando adaptarse a los cambios que la vida le imponía sin pedir permiso.
Los meses pasaron más rápido de lo que quería admitir.
Un día estaba empacando mis libros de la prepa, y al siguiente me encontré mirando el techo a las tres de la mañana, preguntándome qué diablos iba a hacer con el resto de mi vida.
Me olvidé, por un tiempo, de que mi futuro seguía estando en mis manos. De que la universidad era parte de eso, o al menos una posibilidad.
Lo pensé.
Le di vueltas en la cama todas las noches hasta que el colchón se hundió donde yo siempre me acostaba.
Suspiré en cada rincón de la casa, como si las paredes me fueran a dar una respuesta.
Historia y filosofía eran las dos disciplinas que me llamaban con más fuerza. Me gustaba la idea de pasar horas leyendo sobre gente muerta que había cambiado el mundo con palabras.
Me gustaba pensar que yo también podía hacer eso.
Pero luego recordaba los últimos acontecimientos. Recordaba que había cosas que no podía explicar en un salón de clases sin que me miraran raro. Recordaba que había gente a mi alrededor que había olvidado lo que ocurrió, y que si yo abría la boca sobre ciertos temas, terminaría hablando sola.
Así que debatí. Entre literatura e idiomas. Entre quedarme callada o arriesgarme a decir demasiado. Al final, tomé la decisión más cobarde y más honesta que pude: me di un tiempo libre para pensar con tranquilidad.
Me tomé un año. Un año para decidir qué quería estudiar. Un año para disfrutar, si es que se podía llamar así, de esta nueva era de tranquilidad que la vida me había lanzado en la cara como si fuera un regalo.
Los meses transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos. Un día hacía calor, y al siguiente el aire olía a pino y a chocolate caliente. La navidad se sentía cerca. Muy cerca, para ser sincera.
El mundo hablaba de ello todos los días.
Melanie no paraba. Cada día me llegaba un mensaje suyo proponiendo que quería hacer una pequeña fiesta para reunir a todos nuestros excompañeros de clase. Tenía un grupo de chat con nosotros, hecho por ella, con un nombre ridículo y un ícono de árbol de navidad. Nadie respondía. Ni Henry. Menos Sophia. Era como si se hubieran esfumado del planeta sin dejar rastro.
Yo sabía que no era cierto. Ellos estaban ahí afuera. Luchando, o deshaciéndose de los pocos inmortales que habían quedado. Estaban ocupados en sus propios trabajos, en su vida como estudiantes de alguna universidad lejana, y no tenían tiempo para responder, o para acordarse de Melanie, o de mí.
Revisé los mensajes privados que Melanie me enviaba. Los leí todos. No respondí a ninguno.
Las semanas antes de navidad mantuve mi mente ocupada en cualquier cosa para no pensar en su invitación. Melanie, como siempre, decidió por todos. Hizo la fiesta. Invitó a todo el mundo. Dijo que sería pequeña, pero yo sabía que “pequeña” en el diccionario de Melanie significaba “todo el pueblo va a caber en su sala”.
Por mi parte, había encontrado un trabajo en la ciudad.
En una veterinaria pequeña. Ciertamente no era un gran trabajo.
Pero era lo que me hacía olvidar, por unas horas, los nuevos problemas de ser un adulto.
El dinero que recibía cada quincena lo dividía en dos. La mitad la guardaba en una pequeña caja debajo de mi cama. La otra mitad la usaba para ayudar en la casa, aunque nunca fue necesario.
Al final, ese dinero terminaba en manos de mi pequeño hermano y mi prima.
Albert se compraba dulces. Rose se compraba lápices de colores.
Y yo me quedaba con el recibo en el bolsillo y la sensación de que, al menos, servía para algo.
Un lunes, mientras salía del trabajo con las manos oliendo a jabón y el cabello pegado por la humedad, recibí una llamada de Melanie. La primera en meses.
—¡Cris! ¿Cómo estás?
Su voz atravesó el teléfono como siempre, llena de energía, de esa emoción tonta que solo ella tenía al volver a hablar con alguien cercano.
Mi respuesta no fue la mejor, ni tampoco la peor, puedo asegurar.
Tal vez porque todavía estaba luchando por aceptar el cariño que sentía cada vez que recibía un “Hola” de esa chica.