Ella tiene una vida difícil. Hasta que reencarna en un nuevo mundo, ahora solo busca ayudar a otros, para agradecer por esa oportunidad de vivir.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Cita 2
Y poco a poco en medio de las colinas la conversación cambió.
Ya no hablaron de pacientes.
Ni de la casa de ayuda.
Ni de nobles.
Ni de magia.
Hablaron de ellos.
Jack le contó sobre su infancia.
Sobre su hermano mayor.
Sobre cómo había terminado convirtiéndose en un mago tan solicitado.
Le habló de las personas que consideraba sus hermanos de vida.
De los niños que lo llamaban tío.
De las familias que había conocido durante sus viajes.
Lucille escuchaba atentamente.
—Entonces tienes muchos sobrinos.
—Demasiados.
—¿Demasiados?
—Los quiero mucho, pero cuando todos aparecen al mismo tiempo, es el mejor momento.
Lucille se rio.
—Me gusta tener gente a mi alrededor.
Lucille lo miró con curiosidad.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Como qué?
—Que no soporte estar solo.
Jack abrió la boca.
—¡Eso es diferente!
—¿Ah, sí?
—Por supuesto.
—Hace unos días dijo que podía dormir en una silla si era necesario.
—Porque estaba dispuesto a sacrificarme por mi trabajo.
Lucille se rio.
—Y ayer dijo que lo había abandonado.
—Eso fue distinto.
—Claro.
Jack sonrió.
—Además, ahora sé que usted volverá.
Lucille sintió algo cálido en el pecho.
Decidió cambiar de tema.
—¿Y qué quieres para el futuro?
Jack se quedó pensativo.
La pregunta parecía haberlo tomado por sorpresa.
—Nunca me habían preguntado eso de esa manera.
—¿En serio?
—Siempre me preguntan qué misión quiero realizar, qué territorio quiero visitar, qué magia quiero aprender.
Miró hacia las colinas.
—Pero no qué quiero.
Lucille esperó.
Jack sonrió ligeramente.
—Creo que quiero seguir viajando.
—¿Por trabajo?
—No solamente.
La miró.
—Quiero conocer lugares nuevos. Hacer cosas que no haya hecho antes. Ayudar a personas. Tener tiempo para disfrutar. Y...
Hizo una pequeña pausa.
—Compartir todo eso con alguien.
Lucille bajó lentamente la mirada.
—Suena bonito.
—Sí.
Jack tomó una fruta.
—¿Y usted?
Lucille se quedó en silencio.
—¿Qué quiero?
—Sí.
Ella pensó.
—Quiero que la Casa de Ayuda siga creciendo.
—Eso ya lo sabía.
—Quiero ayudar a más personas.
—También lo sabía.
Lucille sonrió.
—Entonces no sé.
Jack la observó.
—Sí sabe.
Ella levantó la mirada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando una persona dedica toda su vida a los demás, suele olvidarse de preguntarse qué quiere para sí misma.
Lucille se quedó callada.
Aquellas palabras tocaron algo dentro de ella.
Jack no parecía estar juzgándola.
Solo la observaba.
Con una ternura que la hizo sentirse incómodamente expuesta.
—Quizás...
Lucille miró hacia las flores.
—Quizás quiero aprender a descansar.
Jack sonrió.
—Eso puedo enseñárselo.
—¿Usted?
—Soy un experto.
Lucille soltó una carcajada.
—No parece.
—Puedo enseñarle.
—¿Y cómo?
Jack se acomodó sobre la manta.
—Por ejemplo, hoy no tiene permitido trabajar.
Lucille lo miró.
—¿Y si quiero hacerlo?
—No.
—¿Y si recuerdo algo importante?
—Lo olvidará hasta mañana.
—Eso no es posible.
—Entonces tendrá que aprender.
Lucille volvió a reír.
Y así continuaron hablando.
Sobre sus gustos.
Sobre los lugares que querían conocer.
Sobre cosas pequeñas.
Sobre cosas importantes.
Sobre aquello que nunca habían tenido la oportunidad de contarle a nadie.
Y mientras el sol comenzaba a descender lentamente sobre las colinas, Lucille se dio cuenta de algo.
No recordaba la última vez que había pasado una tarde así.
Una tarde sin miedo.
Sin sentirse observada.
Sin tener que demostrar que era útil.
Simplemente siendo ella.
Jack la miraba mientras hablaba.
Y cada vez que ella sonreía, él parecía encontrar una razón para sonreír también.
A ratos, Jack coqueteaba.
—Ese vestido le queda precioso.
—Gracias.
—Sus ojos se ven más verdes con esta luz.
Lucille bajaba la mirada.
—Jack...
—¿Sí?
—Deje de decir esas cosas.
—¿Por qué?
—Porque...
Ella tocó distraídamente un pétalo.
—Me pone nerviosa.
Jack sonrió.
—Entonces seguiré diciéndolas.
—¡Eso no tiene sentido!
—Para mí sí.
Lucille volvió a sonrojarse.
Y aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta, sentados en medio de las flores, compartiendo una comida preparada con cariño, riendo y hablando de sus vidas...
Aquello parecía exactamente lo que era.
Una cita.
Una verdadera cita.
Y, por primera vez, Lucille no sintió la necesidad de levantarse y marcharse.
Simplemente se quedó allí.
Disfrutando de la tarde.
Disfrutando de la comida.
Y, quizás más de lo que quería admitir...
Disfrutando de la compañía del mago de cabello claro que no dejaba de hacerla sonrojar.