Harold era un médico incapaz de concebir, tras su muerte descubre que ahora es Sayon, el esposo Omega de Lebrón Kambell que ha permanecido encerrado en una jaula de oro alejado de la civilización por ese Alfa, Lebrón.
Con la misión que le pidió el verdadero Sayon de recuperar y proteger a su hijo de cinco años, Dion, que es el verdadero protagonista de la novela, Sayon tendrá que idear un plan para escapar de su prisión de oro y salvar al hijo que Lebrón le arrebató al nacer ya que era el hijo de Sayon con otro hombre, otro Alfa al que Lebrón odiaba profundamente.
Y así Sayon inicia su escape de un Alfa dominante que no quiere soltarlo.
Y así inicia la historia de estos tres, un Alfa que se aferra a buenas y malas a un Omega, un Omega reencarnado que no quiere ser encerrado y un niño Omega que solo quiere a sus padres.
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Capitulo 12
Miré el tenedor que tenía en la mano y suspiré.
—Puedo comer con esto —dije, señalándolo—. Tranquilos, no tengo pensado volver a hacerme daño. Quiero vivir.
Sonreí ligeramente y corté el primer trozo de comida.
Me lo llevé a la boca.
Mis ojos se abrieron de inmediato.
—¡Qué delicia!
La comida estaba realmente deliciosa.
Empecé a comer con entusiasmo, olvidándome por unos segundos de todo lo demás.
Lebrón, sin embargo, no apartó sus ojos de mí.
Laila podía sentir aquella mirada hasta en los huesos.
—El médico dijo que el señor Sayon ahora se encuentra mucho mejor que antes y, además, realmente quiere vivir. Nunca volverá a...
—Basta, Laila.
Ella se quedó callada.
—Basta de hablar de que voy a suicidarme —dije con cierta frustración—. Ya te he dicho que no quiero hacerlo.
—Lo siento, señor. Discúlpeme. Tiene toda la razón —respondió la pobre chica—. Usted está intentando pasar esa página y yo...
—Simplemente comamos.
Le sonreí.
Laila me devolvió la sonrisa y continuó sirviéndome la comida.
Lebrón permaneció en silencio.
No confiaba en Sayon.
El médico le había dicho que su estado estaba mejorando considerablemente, que había recuperado el apetito, que mostraba interés por su entorno y, sobre todo, que parecía tener verdaderas ganas de vivir.
Pero aquello no era suficiente para que Lebrón bajara la guardia.
Había visto a Sayon cambiar demasiado durante los últimos años.
Había visto su odio, sus lágrimas, sus intentos desesperados por escapar de una realidad que él mismo había contribuido a crear.
Y ahora, de la noche a la mañana, aquel hombre parecía completamente diferente.
Demasiado diferente.
No podía confiar en él.
No todavía.
Así que permaneció callado, continuó comiendo y dejó que Caleb permaneciera de pie detrás de él, mientras observaba en silencio a aquel extraño Sayon que, por primera vez en mucho tiempo, parecía disfrutar realmente de una cena.
Sayon comía con gusto.
La comida era deliciosa y, para ser sincero, resultaba mucho mejor comer en un lugar donde había gente que permanecer encerrado en aquella aburrida habitación. Sin embargo, mientras saboreaba la carne, se dio cuenta de algo que hasta entonces había pasado por alto.
—Laila —la llamó—. No te quedes detrás de mí. Anda, siéntate.
La propuesta cayó sobre la chica como un balde de agua fría. Laila intercambió una mirada preocupada y aterrada con Lebrón, pasando los ojos de Sayon a él y de él a Sayon.
—Pe-pero, señor Sayon, yo no puedo...
—¿Cómo que no puedes? —preguntó Sayon, confundido. Entonces miró a Caleb, quien también permanecía de pie detrás de su jefe—. Oiga, señor Caleb, ¿verdad?.
—Sí, señora Kambell —respondió el asistente educadamente.
Sayon parpadeó durante unos segundos. Le habían vuelto a llamar «señora», pero decidió dejarlo pasar. Este era otro mundo y todavía había demasiadas cosas que no entendía.
—¿Usted ha cenado? —preguntó.
Caleb parpadeó. Era un hombre acostumbrado a responder rápidamente, pero aquella pregunta tan sencilla pareció tomarlo desprevenido.
—B-bueno, yo... todavía no he cenado, pero...
—Entonces siéntese a cenar con nosotros. Hay mucha comida —dijo Sayon con una sonrisa.
—Eh... bueno.
Antes de que Caleb pudiera acercarse a la mesa, Lebrón se levantó.
—Ya terminé de cenar.
Tiró la servilleta sobre la mesa y se puso de pie.
Se encaminó hacia la salida con el rostro más serio de lo habitual, aunque en él aquella expresión ya parecía permanente. Justo cuando estaba a punto de cruzar la puerta, la voz de Sayon lo detuvo.
—Buenas noches, esposo.
Lebrón se quedó inmóvil.
Caleb, que lo seguía unos pasos detrás, también se detuvo.
El Alfa dominante apretó el puño y giró lentamente la cabeza para mirar a Sayon, quien continuaba comiendo con absoluta tranquilidad, como si no acabara de provocarlo deliberadamente.
Durante unos segundos ninguno de los dos Alfas dijo nada.
Finalmente, Lebrón simplemente continuó su camino y Caleb lo siguió en silencio.
— Amargados — Los llamó Sayon, masticando deliciosamente la comida.
Laila había permanecido expectante, observando cada reacción y cada movimiento del Alfa, y no fue hasta que Lebrón desapareció de su campo de visión que pudo respirar de nuevo.
—¿Qué haces? Siéntate y come —dijo Sayon tranquilamente—. Esto está delicioso.
Tomó un poco más de comida y la puso en el plato de Laila.
—Vamos, come.
Laila lo miró durante unos segundos antes de sentarse.
—Buen provecho.
—Buen provecho.
Ambos comenzaron a comer, disfrutando de aquella cena mientras, al otro lado de la mansión, Lebrón probablemente todavía seguía molesto.
Esposo, Sayon lo había llamado esposo por primera vez en todo este tiempo.