Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.
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LA HORA DE LA VERDAD
Me establecí en una pequeña casa de piedra blanca, sencilla y sin ostentación, situada en una provincia costera no lejos de un puerto bullicioso. No llevaba marcas de nobleza, ni jardines lujosos, ni guardias visibles. Solo un hombre silencioso que me servía con discreción y lealtad absoluta. Desde allí, lejos de las intrigas de la corte y lejos de las murmuraciones de Manisa, podía observar todo sin ser visto. Los barcos llegaban y partían cada mañana, trayendo noticias de cada rincón del imperio. Y yo esperaba. No con impaciencia, sino con la calma de quien sabe que su plan avanza paso a paso, como un río que inevitablemente desemboca en el mar. Sabía que en Amasya la herida de Mustafa no sanaría solo en su mano, sino que se pudriría en su orgullo cada día que pasaba mirando las puertas que tenía prohibido cruzar. Tarde o temprano, la rabia lo cegaría. Y entonces… caería por su propia mano.
Pasaron los meses. Y finalmente, la noticia llegó al puerto como una tormenta que se avecina: Mustafa había reunido a los pocos hombres que le eran leales en la provincia, había proclamado que su padre estaba ciego por las malas consejeras, y había levantado el estandarte de la rebelión contra la autoridad del Sultán. Marchó con su pequeña fuerza hacia el sur, pero su movimiento era previsible y débil. Las tropas leales lo interceptaron antes de que pudiera salir de los límites de Amasya. No hubo gran batalla. Solo una derrota rápida y triste. Y con ella, llegó la orden que yo había estado esperando: Solimán, con el corazón destrozado pero firme en su deber, había firmado la sentencia de muerte. La rebelión, incluso de un hijo, no podía quedar sin castigo. Mustafa sería ejecutado públicamente en la plaza principal de Amasya, como advertencia para todos aquellos que olvidaran su lugar.
Cuando escuché la noticia, no sentí tristeza. Sentí que el último obstáculo en mi camino se había desvanecido por su propia voluntad. Me eché a reír, no de alegría cruel, sino de la satisfacción fría de ver que cada pieza del tablero caía exactamente donde yo la había colocado. Mi sirviente entró en la habitación y se detuvo respetuosamente al verme.
—Señor —dijo con voz baja—. Ha llegado el momento.
Me levanté, me puse una capa oscura que me cubría el rostro, y le dije con firmeza:
—Prepara todo. Caballos, provisiones y ropas de viaje. Vamos a Amasya. Debo estar allí. No para intervenir, sino para presenciar el final de este capítulo. Quiero verlo con mis propios ojos. Quiero que cuando regrese a Estambul, recuerde este día como el momento en que supo que no hay atajos al trono. Que su cara sea la última imagen que guarde de quien fue mi rival. Y que cuando me presente ante mi padre como el hijo que regresó de entre los muertos, no haya nadie que pueda cuestionar mi lugar. Nadie que diga que no merezco lo que por derecho me pertenece.
—Estará listo en una hora —respondió él, inclinándose—. Pero señor… ¿está seguro de que desea verlo? Es algo que no se puede olvidar fácilmente.
Miré hacia la ventana, hacia el mar que se extendía sereno bajo el sol de la tarde.
—Debo verlo —dije con calma—. No es por placer. Es por certeza. Necesito saber que ya no hay vuelta atrás. Que el camino está libre. Que solo quedo yo. Y cuando me parezca ante mi padre, llevaré en la mirada la fuerza de quien ha visto caer a su enemigo y ha sobrevivido para contarlo. No temas por mí. He sobrevivido a una muerte que todos creyeron real. Ver la caída de quien quiso destruirme… no me romperá. Me hará más fuerte.
Salí de la casa al atardecer. Mi caballo esperaba en la puerta. El sol se ocultaba a mis espaldas, proyectando mi sombra larga y firme sobre el camino de tierra. Hacia Amasya. Hacia el final de la mentira y el comienzo de mi reinado. Que Mustafa pague el precio de su ambición. Que el mundo vea que el destino no se desafía. Y que cuando yo regrese… sea para quedarme.