Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 8
El eco de las cadenas y las pisadas pesadas de los guardias retumbaba contra las paredes de piedra del foso. La orden del Alfa ya había sido dada, y el destino de Alana parecía sellado hacia la penumbra helada de las mazmorras. Sin embargo, al sentir la presión de los dedos de los soldados sobre sus hombros y la frialdad de la muerte rodeándola en aquel lugar, el instinto de supervivencia de Alana se sobrepuso al pánico y al dolor.
Sabía que si la encerraban en una celda subterránea, no saldría jamás. En un mundo desconocido, sin aliados y bajo la sospecha de brujería, la oscuridad de un calabozo significaba una sentencia lenta.
—¡Espera! —gritó Alana con todas las fuerzas que le quedaban en los pulmones.
Su voz resonó en toda la galería subterránea, cortando la orden del comandante y congelando el andar de los soldados. Con un esfuerzo desesperado, Alana se zafó del primer guardia y se aferró con ambas manos al peto de cuero y hierro del segundo. Sus dedos se apretaron contra la armadura con la fuerza implacable del pavor puro.
—¡Puedo ser tu criada personal! —suplicó, mirando en dirección a la imponente espalda del Rey Alfa mientras las lágrimas corrían sin control por su rostro aterrado—. ¡Haré lo que me pidas! Limpiaré, cocinaré, acarrearé agua o haré el trabajo más pesado del castillo, ¡pero no me encierres, por favor! ¡Por favor!
Los guardias intentaron tirar de ella para desengancharla, pero Alana se mantuvo firme, con la respiración entrecortada y el pecho agitado. El vestido de sirvienta, pesado y manchado de polvo y sangre en el dobladillo, marcaba el temblor incontrolable de sus piernas.
Lentamente, el Rey Alfa se detuvo.
El silencio que siguió en el foso fue sofocante. Los guerreros en las alturas contenían el aliento; nadie en la historia de la Manada de la Luna Sangrienta le había suplicado directamente al Rey tras haber sido condenado a las celdas, y mucho menos ofreciéndose para servir en sus aposentos privados.
El Alfa giró sobre sus talones sin prisa. La luz dorada de las antorchas le daba un aspecto casi mitológico a su figura imponente. Su rostro permanecía duro como el mármol, pero en el fondo de sus ojos, un brillo azul helado se cruzó con un destello de curiosidad oscura y calculadora.
Dio tres pasos lentos hacia ella. La presión en el aire se volvió tan pesada que hasta los guardias que sostenían a Alana dieron un paso atrás, inclinando la cabeza.
El Rey se detuvo justo frente a Alana, mirándola desde su enorme estatura. La examinó de arriba abajo: la camisa blanca arrugada, el delantal manchado, la frente cubierta de sudor y esa mirada llena de una mezcla única de terror y desafío que ninguna otra criatura en su reino poseía.
—¿Mi criada personal? —repitió el Alfa. Su voz fue un susurro profundo, grave y rasposo, como el rugido lejano de una tormenta—. ¿Crees que servir en mis aposentos es un privilegio o un refugio contra las mazmorras, humana?
—Es una oferta —respondió Alana, intentando que la voz no le temblara, aunque el pulso le martilleaba en los oídos—. Prefiero serte útil trabajando que morir en una celda por algo que no hice. Te juro que no tengo magia, no sé nada de brujería y no soy una amenaza para ti ni para tu gente. Solo quiero sobrevivir.
El Alfa ladeó ligeramente la cabeza. Inspiró despacio, dejando que el aroma dulce y extraño de Alana volviera a llenar sus sentidos, desafiando la lógica de su bestia interior que aún rugía por la sumisión que el lobo muerto le había rendido.
—Si entras a mis aposentos, tu vida dejará de pertenecerte por completo —dijo el Rey, dando un paso más, reduciendo la distancia hasta que Alana pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su cuerpo—. No habrá descanso. No habrá margen para errores. Si cometes la más mínima falla, si percibo un solo rastro de engaño en tu sangre o si intentas cruzar los límites del ala oeste, no te enviaré a las mazmorras... te degollaré yo mismo en mi propia mesa.
Alana tragó saliva con dificultad. La amenaza era clara, directa y mortal. Sin embargo, sostuvo la mirada de la bestia que tenía enfrente sin bajar la cabeza.
—Acepto los términos —dijo ella en voz baja pero firme.
Un leve movimiento casi imperceptible en la comisura de los labios del Alfa delató su fascinación ante la audacia de la chica. Se erguíó cuan largo era y volvió la vista hacia el comandante de la guardia.
—Suelten a la humana —ordenó el Rey con voz imperiosa—. Llévenla al ala oeste. Que la laven, le den ropa limpia y la presenten en mis aposentos antes de la última campanada de la noche.
Los guardias la soltaron de inmediato. Alana dio un traspié, pero logró mantenerse de pie, mirando cómo el Rey Alfa daba media vuelta y caminaba hacia las escaleras, dejándola con el corazón latiéndole desbocado y la certeza de que acababa de entrar en el juego más peligroso de su vida.