Traicionada, echada a la calle y con su pequeño hijo Thiago al borde de la invalidez tras un trágico accidente, Domenica Montero creía haber tocado fondo cuando su marido la abandonó a su suerte. Sin embargo, el destino le tenía reservada una jugada maestra. Al aceptar un matrimonio de conveniencia con el magnate Alexis Alcalá para salvar a su familia y cumplir la promesa hecha a la matriarca Victoria Montenegro, Domenica pasa de ser la cenicienta humillada a convertirse en la intocable señora de Alcalá, dueña de un imperio y madre de unos gemelos rebeldes a los que curará con amor. Cinco años después, cuando la familia Bracamonte regresa ciega de soberbia para arrebatarle a su hijo y robarle la millonaria herencia que les pertenece, descubrirán demasiado tarde que la mujer a la que intentaron destruir ahora camina de la mano del hombre más poderoso del país. Una historia imperdible de venganza, amor incondicional y justicia divina.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
SOMBRAS DEL PASADO, RITMOS CARIBEÑOS
El tiempo transcurrió con la velocidad de un suspiro y el peso de las grandes transformaciones. Doce meses enteros se desvanecieron en el calendario, dejando atrás un año de profundos cambios en la vida de Domenica. Para el resto del mundo, para los pasillos del colegio Montenegro y para la alta sociedad que frecuentaba los eventos benéficos, Domenica seguía siendo simplemente la brillante y respetada directora general del colegio, una mujer dedicada por completo a su labor educativa y a criar a sus tres hijos como madre soltera. Nadie —absolutamente nadie fuera del círculo más íntimo de los abogados de la familia y de doña Victoria— sabía que ella portaba legalmente el prestigioso apellido de los Alcalá y que estaba formalmente casada con el magnate Alexis Alcalá, quien continuaba gestionando el emporio corporativo desde el extranjero, manteniendo su relación matrimonial confinada a videollamadas de rutina y a la distancia intercontinental.
A miles de kilómetros de allí, en una clínica privada de alta gama, el destino comenzó a sacudirse de la forma más violenta posible. Tomás Bracamonte abrió lentamente los ojos tras haber permanecido en un largo y profundo coma de más de un año a consecuencia del brutal accidente. Su mente, nublada y desorientada, tardó varios días en recuperar la noción de la realidad. Cuando por fin logró articular palabras y preguntar con desesperación por Domenica y por su pequeño hijo Thiago, sus padres —los desalmados y ambiciosos Bracamonte— se apresuraron a rodear su cama con una red de mentiras cuidadosamente tejidas para proteger sus intereses y su orgullo de clase.
—Hijo mío, gracias a Dios despertaste. Has estado dormido todo un año —le dijo su madre, acariciándole el rostro con falsa ternura mientras le inyectaba veneno en los oídos—. En cuanto a esa mujer, Domenica, no te atrevas a nombrarla. En cuanto sufriste el accidente y vió que te quedabas sin un centavo, agarró sus cosas y te abandonó sin importarle nada. Se largó con otro hombre y se desentendió por completo de ti y de su pasado. Es una interesada que jamás te amó.
Tomás sintió que el corazón se le partía en mil pedazos, consumido por un odio ciego y un rencor visceral que comenzó a envenenar cada fibra de su ser. Lo que sus padres se guardaron celosamente, ocultándoselo con absoluta maldad, fue la verdad sobre el estado de Thiago: jamás le mencionaron que el niño había sobrevivido al accidente ni que había quedado temporalmente en silla de ruedas a causa de la negligencia y la miseria a la que lo habían arrojado.
Para colmo de males y atar los hilos de su fortuna familiar, los padres de Tomás ya lo habían comprometido y casado por conveniencia durante su convalecencia con una joven de la más alta y rancia sociedad, una mujer frívola y ambiciosa que respondía a los intereses financieros de los Bracamonte. Creyendo las mentiras de su familia y con el alma podrida por el despecho, Tomás juró hacer hasta lo imposible por encontrar a Domenica y destruirla, ignorando por completo que la mujer a la que maldecía ya no era la maestra indefensa a la que habían echado a la calle, sino la todopoderosa señora de Alcalá.
Mientras tanto, en la imponente y acogedora mansión de los Alcalá, la realidad era un auténtico oasis de alegría, música y color. Los fines de semana se habían convertido en una tradición sagrada que llenaba de vida cada rincón de la casa. Como buena colombiana, Domenica llevaba el ritmo, la sabrosura y la alegría tropical en las venas, una energía contagiosa que ni los años de sufrimiento habían logrado apagar.
Era sábado por la tarde. Los rayos dorados del sol se filtraban por los ventanales de la sala principal mientras la música sonaba a todo volumen, inundando el ambiente con los alegres acordes de una cumbia tropical. Domenica, vistiendo un fresco short corto de mezclilla que resaltaba su esbelta figura, una sencilla camisa blanca de algodón y el cabello recogido en una coleta alta y despeinada que acentuaba la belleza natural de su rostro, comenzó a mover las caderas al compás de la música, dando pasos llenos de gracia y picardía en el centro de la estancia.
—¡A ver, mis muchachos! ¡Menéense un poquito, que el fin de semana se hizo para gozar! —exclamó Domenica entre risas, extendiendo los brazos hacia sus hijos.
Alexander y Alejandro, que ya tenían nueve años y habían dejado atrás la rebeldía del principio para convertirse en unos alegres y fieles protectores de su hogar, estallaron en carcajadas. Sin pensarlo dos veces, se unieron al baile, imitando torpemente los pasos caribeños de su madre y dando vueltas por la sala mientras aplaudían al ritmo de la música.
Pero el momento más tierno y emocionante de la tarde siempre era el dedicado al pequeño Thiago. A sus seis años, y a pesar de haber avanzado notablemente en sus terapias tras su exitosa segunda cirugía, Thiago aún se desplazaba ocasionalmente en su silla de ruedas para descansar las piernas. Al ver a su madre y a sus hermanos bailando con tanta alegría, los ojitos del niño brillaron con una ilusión inmensa.
Domenica se detuvo frente a él, se arrodilló a la altura de su silla y, tomándole las manitas con infinita ternura, comenzó a moverlos al ritmo de la música tropical.
—A ver, mi campeón hermoso, ¡tú también bailas conmigo! ¡Que se note ese swing caribeño! —le animaba Domenica con una voz llena de entusiasmo y amor desbordante.
Thiago soltó una carcajada cristalina, contagiado por la alegría indomable de su madre. Con la ayuda de Domenica, el pequeño movía los brazos al compás de la cumbia, haciendo girar las ruedas de su silla con agilidad mientras sus hermanos mayores se acercaban para hacerle bromas y aplaudirle con fervor.
—¡Eso, Thiago! ¡Eres el mejor bailarín de la casa! —gritó Alejandro riendo a carcajadas, mientras Alexander le daba una vuelta rápida a la silla de ruedas bajo la atenta y amorosa mirada de doña Marta, quien observaba la escena desde el umbral de la cocina con una taza de café en la mano.
En medio de aquel festejo familiar, el teléfono celular de la casa, vinculado directamente a las llamadas corporativas internacionales, comenzó a sonar sobre la mesita auxiliar con insistencia. Al notar el tono de la videollamada, Alexander se acercó corriendo a la pantalla y gritó con emoción:
—¡Es papá! ¡Es papá que está llamando!
Domenica se detuvo de inmediato, secándose un poco de sudor de la frente con una mano mientras respiraba agitada por el baile.
—Contéstale, mi amor, salúdenlo de mi parte —dijo Domenica con naturalidad, dándose la vuelta para buscar una botella de agua en la mesa cercana, sin percatarse de que el ángulo de la cámara abarcaba toda la sala.
Alexander presionó el botón verde de aceptación y el rostro de Alexis Alcalá apareció en alta definición en la pantalla de la sala. El empresario se encontraba en su despacho ejecutivo en el extranjero, vistiendo con impecable elegancia corporativa.
—Hola, mis campeones, ¿cómo están? Quería verlos un momento antes de entrar a otra junta... —comenzó diciendo Alexis con su voz grave, pero de repente sus palabras se detuvieron en seco.
Sus ojos oscuros recorrieron la imagen de la sala y quedaron fijos, de manera absoluta e imantada, en la figura de Domenica. Al verla de espaldas y luego girándose ligeramente con el short corto, la camisa blanca de algodón que se ajustaba a su silueta y el cabello recogido que dejaba al descubierto su elegante cuello, Alexis sintió que el aliento se le escapaba de los pulmones. Durante un año entero solo la había visto con trajes sastre formales o con la rigidez propia de las videollamadas institucionales. Jamás la había imaginado así: vibrante, con una belleza natural avasallante, desbordando vida y gracia caribeña.
El magnate se quedó completamente mudo, con los ojos abiertos de par en par, sintiendo un calor repentino que le recorría el cuerpo y un vuelco extraño en el estómago que no supo cómo catalogar. Su mente se nubló por completo ante la imagen de su propia esposa.
Al notar que la llamada se había quedado en silencio, Domenica volteó hacia la pantalla y frunció el ceño al ver a Alexis mirándola fijamente con una intensidad abrumadora.
—¿Alexis? ¿Sucede algo con la llamada? Los niños te están saludando... —le preguntó Domenica con una ceja alzada, sintiendo una ligera incomodidad por la forma en que la analizaba con la mirada.
Al escuchar su voz y reaccionar ante el peligro de estar perdiendo el control de su propia compostura, Alexis parpadeó con rapidez, presa de un pánico repentino y una turbación impropia de él.
—¡Ah... eh... hola, Domenica! ¡Los dejo, tengo una llamada urgente en la otra línea, nos vemos luego! —balbuceó Alexis con evidente nerviosismo, y sin dejar que los niños siquiera se despidieran, colgó la videollamada de golpe.
En la sala de la mansión, la pantalla se quedó en negro. Alexander y Alejandro parpadearon desconcertados mirando a su mamá, mientras Domenica se cruzaba de brazos, negando con la cabeza ante la extraña y apresurada reacción del hombre con el que estaba casada. Ninguno imaginaba que aquel fugaz vistazo había encendído una chispa imposible de apagar en la mente de Alexis Alcalá.