Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 1
El bullicio en las dependencias de la mansión ducal presagiaba un día que, al menos en teoría, debía ser el más feliz de la vida de Elizabeth. Las sirvientas corrían de un lado a otro con rollos de seda blanca y hilos plateados, procurando que cada pliegue de los pesados faldones quedara impecable. El aire olía a azahar, cera y al perfume dulce de las rosas que decoraban los salones principales para la ceremonia que uniría a la casa ducal con la realeza.
Frente al gran espejo de cuerpo entero, Elizabeth respiraba con lentitud, intentando calmar los latidos acelerados de su pecho. Su loba interior se agitaba en su interior, compartiendo una mezcla de emoción, nervios y el orgullo propio de una mujer que estaba a punto de convertirse en la esposa del príncipe heredero, el hombre que había elegido para gobernar a su lado.
—Te ves deslumbrante, hermana —la voz suave, casi meliflua, rompió la concentración del reflejo.
Elaine cruzó el umbral de la habitación luciendo un vestido de tonos pasteles, perfectamente confeccionado para la ocasión. Con una sonrisa que rozaba la perfección, se acercó despacio, arrastrando la falda con elegancia. Sus ojos brillaban con una luz que, para cualquier extraño, parecería pura admiración y afecto fraternal.
—Gracias, Elaine —respondió Elizabeth, devolviéndole una sonrisa sincera, ajena por completo a cualquier sombra de sospecha—. Significa mucho para mí tenerte aquí, ayudándome en este momento.
—Siempre estaré a tu lado, Elizabeth. Eres la envidia de toda la alta sociedad; el futuro de la nación descansa sobre tus hombros hoy —susurró Elaine con una dulzura exagerada, acomodando con aparente delicadeza el velo de encaje sobre los oscuros cabellos de su hermana mayor, mientras un brillo indescifrable cruzaba fugazmente su mirada—. Sería un pecado que algo arruinara un día tan perfecto, ¿no crees?
Elaine dejó caer las manos con suavidad sobre los hombros de Elizabeth, deteniéndose justo un instante más de lo necesario antes de retroceder un paso. El ambiente en la habitación se sentía denso, cargado de una falsa solemnidad que las criadas disimulaban agachando la cabeza, ocupadas en alisar las últimas cintas del vestido nupcial.
—Los novios ya deben estar reunidos en el altar principal de la catedral —anunció una de las doncellas con voz temblorosa, intentando disipar la tensión que flotaba en el aire—. El príncipe Eduard ha llegado acompañado de su guardia personal. Todo el mundo está esperando a la futura princesa.
Elizabeth asintió, sintiendo que el corazón le daba un vuelco en el pecho, impulsado por una mezcla de orgullo y el frenesí de su loba, que aullaba débilmente en su interior anticipando el lazo definitivo. No cabía duda de que sería una ceremonia inolvidable; después de todo, los años de preparación, las alianzas políticas de su padre y su propia entrega silenciosa culminarían en ese preciso instante.
Tomó el ramo de flores silvestres y cristales de cuarzo que le tendió la doncella principal, sintiendo el frío metal del tallo contra sus guantes de encaje.
—Es hora —murmuró Elizabeth, más para sí misma que para las mujeres que la rodeaban.
Al salir al pasillo principal de la residencia familiar, el sonido de los violines y el murmullo lejano de la alta sociedad comenzaron a filtrarse a través de los gruesos muros de roble. Cada paso hacia la gran escalinata principal se sintió solemne, un ritual de paso hacia el destino que creía escrito para ella. Abajo, al final de los escalones, las puertas dobles de caoba aguardaban abiertas hacia los jardines donde la corte entera observaba con expectación.
El murmullo de los invitados se desvaneció en el momento exacto en que su calzado tocó el último escalón. El sol de la mañana se filtraba a través de los arcos de piedra del jardín principal, iluminando los rostros de la aristocracia que se giraba para admirar la entrada de la novia.
Pero algo andaba mal.
No había notas de marcha nupcial resonando con alegría, ni sonrisas cálidas en los rostros de los nobles congregados. En su lugar, reinaba un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujir de la gravilla bajo las botas de la guardia real.
Elizabeth detuvo el paso en el centro del patio. Su padre, el duque Elias, estaba de pie junto al estrado principal con una expresión rígida, la mandíbula tensa y la mirada fija en el suelo, incapaz de sostenerle la vista. A pocos metros, su madre Tamara se abanicaba con furia contenida, evitando cualquier rastro de contacto visual con su hija mayor, como si temer que la desgracia ajena pudiera manchar su propia reputación.
Al frente, sobre la escalinata del altar, el príncipe Eduard no vestía el traje de novio impecable con detalles de plata que correspondía a la ceremonia. En su mano derecha sostenía un pergamino oficial sellado con la cera escarlata de la corona. Su expresión era fría, distante, desprovista de cualquier rastro del hombre que, apenas unas semanas atrás, le había prometido lealtad eterna bajo la luz de la luna llena.
—Elizabeth de la Casa Ducal —la voz de Eduard retumbó, seca y cortante, sin un ápice de emoción.
El corazón de Elizabeth dio un vuelco doloroso, y su loba se agitó con furia, arañando las paredes de su conciencia en una advertencia estridente.
—Eduard... ¿Qué significa esto? —logró preguntar ella, con la voz apenas un hilo, sintiendo cómo todas las miradas de la alta sociedad se clavaban en su espalda como cuchillos invisibles.
El príncipe dio un paso al frente, desplegando el documento con desdén.
—Significa que los dioses y el destino se equivocaron al unir nuestros caminos. Hoy, frente a los testigos de la nación y con el beneplácito de tu propia familia, yo, el príncipe Eduard, rechazo formalmente a Elizabeth como mi compañera y futura esposa.
El aire pareció evaporarse del jardín. Las palabras cayeron como una sentencia de muerte sobre los hombros de la joven. Pero lo peor no fue la humillación pública, ni el repudio del hombre al que amaba; lo peor vino un segundo después, cuando vio salir de la sacristía a su hermana Elaine, ataviada con un deslumbrante vestido de novia blanco, tomando del brazo al príncipe con una sonrisa triunfante y calculada.
El plan nunca había sido casarse con ella. Todo había sido una trampa tejida en las sombras, y su propia sangre acababa de entregar su cabeza en bandeja de plata.