Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 18
Capítulo 18: La cuenta pendiente
Anya abrió la mosca con la punta del bisturí y la lluvia pegó en la ventana como si quisiera entrar.
Era una mosca del tamaño de un pulgar, traída de la frontera en un frasco, con las alas de un verde que no existía en ningún catálogo. Anya, con el traje blanco cerrado hasta el cuello y la careta levantada, no alzó la vista cuando la puerta se abrió.
—Hay té en la mesa, Lobo. Sírvete. Yo tengo las manos ocupadas.
Lucio se sirvió. Se sentó en el sillón de cuero frente al escritorio, con las botas todavía con lodo del norte, y despachó la salida del jueves en cuatro frases. Anya asintió con las pinzas en la mano.
—Otra cosa —dijo Anya, y giró en el banco para verlo—. ¿No temes que te la robe? Esas cositas son mi debilidad.
—Inténtalo.
Lo dijo con la taza en los labios, y Anya se rio por la nariz.
—Los Sarmiento no son enemigos que quiera —agregó él.
De la chamarra sacó una tarjeta negra y la dejó sobre el escritorio, junto a la mosca abierta.
—Mañana la llevas al mercado de Bocalarga. Teo va con ustedes. Que compre lo que quiera. Antes de las seis la quiero aquí.
Anya no tocó la tarjeta.
—Eso lo pago yo. —Se quitó los guantes, uno y luego el otro—. Lobo… ¿te estás cuidando?
Él ya iba hacia la puerta.
—Lo tengo controlado. No es asunto tuyo.
La puerta se cerró. Anya se quedó mirando la mosca, que ya no era nada, y pensó lo que llevaba pensando desde que le tomó la presión a la conejita: no está embarazada. Todavía tengo oportunidad. Y pensó también, porque era médica y sabía contar, que hay dos cosas que nadie controla: la bala que debía desviarse y el corazón que no debía moverse.
* * *
La pistola no tenía balas y aun así la apunté a la lámpara, a la puerta, al espejo.
Pies al ancho de los hombros. Muñeca firme. Tres puntos, una línea. Me veía en el espejo del baño con el camisón blanco y la Walther en las dos manos y me daba risa y me daba miedo, las dos cosas, y no la soltaba. Era lo primero mío en ese lugar. Un amuleto de acero que no servía para nada.
Doña Meche entró con un vaso de leche y un pan, me vio, y se le fue el color.
—Virgen santísima, niña. Baja eso.
—No tiene balas. —Se la enseñé—. Me la regaló él. Hoy. En el polígono. —Y se me salió, con la voz de cuando llegaba de la escuela con un diez—. ¡Le di al diez! A la primera. Me dijo que tengo talento.
Doña Meche dejó la leche en el buró, muy despacio, sin quitarle los ojos al arma.
—Otros patrones regalan joyas. —Movió la cabeza—. Este regala fierros. —Y después, más bajo, como si no quisiera decirlo—: El patrón casi nunca elogia a nadie. Tómate la leche.
Cuando se fue, no me acosté.
Había aprendido la lección de la vez que me quedé dormida esperándolo y amanecí de rodillas. Me puse el camisón limpio, el blanco de algodón, me senté en la orilla de la cama, y esperé con la pistola en el regazo y la almohada abrazada. Repasé la postura en la cabeza, una y otra vez, para no pensar en qué quería decir él con repasarla. A las doce me dolía la espalda. A la una se me cerraban los ojos y me los abría con los dedos. Me bajé al tapete, con la espalda contra el colchón, para que el frío del piso me despertara.
No sé a qué hora se me cayó la cabeza sobre la orilla de la cama.
Soñé con un dedo en la mejilla. Un dedo tibio, que se quedaba ahí. Y una voz, desde muy arriba, que decía como para sí misma: "Menos mal que no le di balas".
Después una bota me pegó en la pantorrilla.
—Arriba.
Me paré de golpe, y las piernas no me respondieron, y me fui de lado. Una mano me atrapó por el cuello del camisón, por atrás, y me sostuvo en el aire un segundo como a un gato. Me puso de pie. Me soltó.
Estaba oscuro, salvo por la lámpara del buró. El reloj de la pared marcaba la una cuarenta. Él traía la misma camisa negra de la tarde, y olía a lluvia y a motor. Yo tenía la mejilla derecha dormida y caliente, y cuando me la toqué sentí la marca: las líneas de las cachas grabadas en la piel.
—¿Duermes abrazando la pistola?
—Me da… —Tragué—. Me da seguridad.
Se quedó callado. Lo vi repetir la palabra sin decirla, moviendo apenas la boca, como quien prueba un sabor raro. Y algo que traía en los hombros cuando entró, algo apretado, se le aflojó.
—¿Dormirte sin esperarme viola qué regla?
—La cuarta.
—Esta también la apunto. —Se sentó en la orilla de la cama y me miró desde ahí—. Cuando tenga tiempo, ajustamos cuentas. Con intereses.
Con intereses. Lo dijo como un contador, y se me heló la nuca, porque hasta esa noche yo creía que las faltas se pagaban y ya. No sabía que se guardaban. No sabía que en esa casa había una cuenta con mi nombre, y que él era el único que podía leerla.
—Boca abajo.
Me acosté en la cama, boca abajo, con la cara en la almohada. Sentí que levantaba el camisón hasta la cintura y sentí sus dedos, sin prisa, recorriendo lo que había quedado de las otras noches: el borde de un moretón, la piel que ya no dolía. Revisaba. Como quien revisa que una herida cerró.
La primera palmada me sacó un grito corto contra la almohada. La segunda cayó en el otro lado, exacta.
—Intereses —dijo—. Los del día.
Y ya. No hubo tercera. Su mano se quedó plana sobre mi piel ardiendo, quieta, y luego bajó por mi costado hasta que me hizo voltearme, y se posó sobre mi vientre, por encima del algodón, y presionó. Despacio. Hacia abajo. Hasta el punto donde el cuerpo se me tensó entero y el corazón se me fue a la garganta.
Ahí se detuvo.
Se quedó así, con la palma abierta sobre mi vientre, mirándola como si la mano fuera de otro. Yo no respiraba. Él tampoco, creo.
—Todavía no es momento —dijo, muy bajo.
No entendí de qué. No pregunté.
Retiró la mano. Jaló la cobija y me tapó hasta la barbilla, con un movimiento seco, como quien cierra un cajón.
—Estás hecha de papel. Mañana no te levantas. —Se puso de pie—. Duerme.
Fue hasta la puerta. Se detuvo.
—Mañana a las nueve viene Anya. Van al mercado. Compra mucho. —Una pausa—. Si compras poco, castigo. Y no recojas nada de la calle para comer.
La puerta se cerró.
Conté hasta diez, para estar segura. Después me senté de un salto con la cobija enredada en las piernas y me tapé la boca con las dos manos para no gritar.
—¡Veintitrés días! —dije contra las palmas—. ¡Por fin salgo!
Veintitrés días encerrada entre una barda de cinco metros y un hombre que apuntaba mis faltas en una libreta que yo no había visto, y mañana salía. Mañana había un pueblo, y calles, y gente que no traía un lobo en la manga. Y en mi cabeza, entre la almohada y la pistola sin balas, quedó una sola palabra dando vueltas:
La embajada.